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Caso Ayotzinapa: Los 43 estudiantes desaparecidos

Ayotzinapa: El recuento del caso de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos de Guerrero.

A través de los años se ha dicho que el ímpetu de la juventud es capaz de cambiar la historia, que son los jóvenes y los estudiantes quienes pueden corregir a una sociedad al ser los guías que la conduzcan hacia un mejor destino, y que en ellos, en sus manos, se alojan las esperanzas que en algún momento pudieron parecer utopías.

Sin embargo, el 26 de septiembre de 2014 el municipio de Iguala, en Guerrero, se convirtió en el escenario de una de las peores tragedias que se han registrado en la historia reciente de México, nuestro país: 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos” fueron atacados por un grupo presuntamente formado por civiles y cuerpos de seguridad del Estado. Los jóvenes viajaban desde Ayotzinapa a Iguala y de allí se dirigirían a la Ciudad de México para reunirse con un colectivo que marcharía, con motivo de la conmemoración del 2 de octubre, al Zócalo de la capital.

A este saldo se sumó la muerte de seis personas y más de 40 heridos. Al final de la jornada, solo 30 sobrevivieron a las agresiones que serían tan solo el comienzo de una larga historia que hasta la actualidad se sigue escribiendo.

El origen y la noche de Iguala

La escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos” está ubicada en el estado de Guerrero, y en ella, año con año se inscriben jóvenes que desean convertirse en normalistas para más tarde dar clases a los alumnos de su comunidad y así, mejorarla. Entre ellos se encontraban los 43 estudiantes que hasta el día de hoy siguen desaparecidos. Estos también participarían en la toma de una serie de camiones para viajar a la ciudad y después los devolverían en una tradición que ya formaba parte de su historia.

Por desgracia, aquella tarde de 2014 ocurriría algo diferente que nadie esperaba: el colectivo subiría a dos camiones Estrella de Oro (el 151 y el 1568), dos Costaline (el 2012 y el 2510) y un Estrella Roja Ecotur (3278) con dirección a Periférico Norte y Sur, por las calles de Galeana y Altamirano sin saber que no regresarían.

Un percance había sucedido antes, en el que hubo un altercado entre los estudiantes y uno de los conductores de los vehículos. Los jóvenes habían quedado encerrados en el autobús para impedir que se llevaran el camión de pasajeros, pero gracias al apoyo de sus compañeros pudieron seguir la marcha. Desde tempranas horas de la tarde, el ambiente era tenso.

Al poco tiempo de haber avanzado, los vehículos fueron detenidos por presuntos cuerpos policíacos, los cuales habrían abierto fuego simultáneamente en dos partes del camino contra los estudiantes y los civiles que se encontraban en la carretera. Un ataque habría ocurrido en la parte norte de la calle Juan N. Álvarez y otro frente al Palacio de Justicia del Estado de Guerrero. La razón que originó los disparos sigue siendo desconocida.

A 56 meses de la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa, padres de familia, normalistas e integrantes de la sociedad civil marcharon pidiendo justicia. (Foto: Galo Cabañas/Cuartoscuro.com)

Dentro del caos se registraron en total nueve sitios de violencia alrededor del estado. Los primeros en perder la vida fueron dos normalistas que recibieron una serie de disparos a quemarropa hechos a una distancia menor de 15 centímetros. Los otros atentados se sucitarón, de acuerdo a las investigaciones, alrededor de las 23:30 horas y las 00:30 horas, tiempo en que la desaparición forzada tuvo lugar.

El 27 de septiembre, un día después, aparecería el cuerpo de Julio César Mondragón hallado extrajudicialmente. Este fue un normalista de 22 años que durante el ataque viajaba en el primer autobús y que con su celular grabó varios videos que nunca verían la luz. Su rostro había sido desollado y con su muerte dejaba a una niña huérfana.

En un sitio web en el que se recrea su vida y enaltece su memoria, se indica que alrededor de la media noche Julio y sus compañeros establecieron contacto con un pequeño grupo de medios de comunicación que llegó al lugar para cubrir los hechos. Se encontraban en la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico cuando un segundo tiroteo comenzó.

Julio César Ramírez Nava y Daniel Gallardo Solis perdieron la vida, pero Mondragón y el resto de sus compañeros trataron de correr para ocultarse entre los vehículos y las faldas de los cerros de sus agresores. Estos tiraban a matar.

Con motivo del cuarto aniversario de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, miles de personas marcharon del Ángel de la Independencia al Zócalo capitalino. (Foto: Galo Cañas/Cuartoscuro.com)

Se cuenta que algunos pobladores les ofrecieron sus casas como refugio, pero que los jóvenes se negaron a dejar a sus compañeros a la deriva en medio de los tiroteos. A pocas horas de la madrugada, Julio y otros normalistas ya habían desaparecido del lugar sin dejar ningún rastro aparente.

El autobús donde viajaban Los Avispones, un grupo de fútbol local, también fue agredido por presuntos uniformados junto a dos taxis y otros vehículos, en los que murieron mujeres y niños. Aquella noche, los caminos de Iguala fueron testigos de una ráfaga de disparos que no tuvo ninguna explicación.

La noticia que rompió el sueño

Cuando todo terminó, en medio de un silencio sepulcral, los estudiantes fueron llevados a un lugar desconocido y la noticia de su desaparición circuló en medios de comunicación de todo el país.

La radio, televisión, prensa e internet divulgaron los atroces actos cometidos en la carretera de Iguala contra los normalistas, pasajeros, civiles y los jugadores. 43 nombres de 43 desaparecidos comenzaron a repetirse sin cansancio con la esperanza de que alguno respondiera al llamado. Las universidades, preparatorias, colegios, bachilleratos y centros de estudio de la capital y la República Mexicana, así como otras partes del mundo, se pronunciaron a favor de varios días de paro de actividades en solidaridad con las víctimas y los estudiantes.

Se señaló al Estado y al presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca y su esposa, María de los Ángeles Pineda, como los principales responsables de los atentados por tener una relación con los Guerreros Unidos, un grupo del crimen organizado que controlaba la plaza.

En un primer instante, incluso circuló un rumor en que se decía que los estudiantes habían sido confundidos con provocadores que buscaban interrumpir el segundo informe del DIF municipal, pero con el paso del tiempo esta teoría se desechó debido a lo reportado en los informes del Grupo Interdisciplinario de Expertas y Expertos Independientes (GIEI), quienes mediante un acuerdo con la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH), llegaron a México el 18 de noviembre de aquel año para ayudar a los familiares de los desaparecidos a encontrarlos.

“Lo más alarmante del caso es que los cuerpos policiales y el ejército colaboraron en coordinación para impedir la salida de ese autobús”…

El paso del tiempo y los primeros años…

Después de que se movilizara una sociedad entera en repudio a los atroces actos cometidos contra estudiantes de no más de 26 años, y se mostrara la unión con los integrantes de las familias incompletas, en las calles de la ciudad y del país marcharon miles de personas con un coraje no visto desde hacía más de veinte años.

Se criticó duramente que presuntos policías y civiles levantaran fuego contra jóvenes inocentes e indefensos, razón  por la que las autoridades correspondientes no tuvieron más alternativa que poner manos a la obra e iniciar la búsqueda de los normalistas.

Durante los primeros años se abrieron carpetas de investigación, llegaron especialistas extranjeros y se divulgaron cientos de posibles teorías en redes sociales sobre el paradero de los jóvenes.

Como era de esperar, los últimos días de septiembre de 2014 transcurrieron en medio de una crisis; de sol a sol los mensajes de apoyo, los titulares con avances y retrocesos en las investigaciones, los presuntos culpables y hasta las fake news con imágenes de jóvenes torturados divulgaron la noticia alrededor del mundo de lo que había pasado en La Noche de Iguala. En cada rincón del país se pronunciaron los nombres perdidos.

El 30 de septiembre se confirmó que de los 56 desaparecidos, 13 habían regresado y sobrevivido al horror, pero que 43 aún seguían lejos de casa. El miedo invadió, por unos instantes, a los padres de familia de los miles de jóvenes y estudiantes mexicanos. “Pudieron ser mis amigos”, decían estos, “pudieron ser mis alumnos”, mencionaban los profesores que se sumaban a las marchas y suspendían sus clases en pro de la búsqueda y rescate. “Pudieron ser mis hermanos, pudimos ser nosotros”, repetían las voces enojadas y atónitas a lo largo de la ciudad mientras que padres de familia se unían a una conciencia revolucionara con un “pudieron ser mis hijos” apenas pronunciado entre sus secos labios.

Tan solo pensar que el destino que estaban atravesando los normalistas podría ser el de cualquier adolescente, académico y estudiante mexicano, hacía que la lucha siguiera y los puños se levantaran para decir “basta”.

Los “datos oficiales” señalaban al crimen organizado como el culpable, mismo a quien se adjudicó un vínculo con el alcalde de Iguala. Al saber que éste estaba prófugo y no había ningún otro responsable, el descontento social clamó más detalles, evidencias y pruebas verídicas con una exigencia: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Después se detuvo al alcalde de Cocula y el mundo entero volteó sus ojos hacia México. Con un #EPNBringThemBack todas las latitudes exigieron el regreso de los estudiantes sanos y a salvo, pues no era posible que se detuvieran sus sueños a raíz de una horrible pesadilla.

Los medios de comunicación, tanto masivos como independientes, se dieron a la tarea de informar al minuto a minuto sobre lo que sucedía y se acercaron a las movilizaciones y megamarchas que para octubre, a un mes de las desapariciones, ya sucedían en todo el mundo. En ellas se contaba del 1 al 43 con respeto y empatía para clamar al final el grito de “¡justicia!”.

Los colectivos alcanzaron cifras históricas, se rebasaron fronteras y se desprestigió la imagen de una falsa política de seguridad y tolerancia, ya que no era posible creer que la tierra se hubiera tragado a 43 de sus hijos para alejarlos de sus hogares sin la más mínima muestra de piedad.

“A las 8:00 pm reportan disparos contra estudiantes normalistas de Ayotzinapa, por parte de la Policía Preventiva Municipal de Iguala y además por miembros de Guerreros Unidos, un grupo del crimen organizado. Este tiroteo deja un saldo de 6 personas muertas, entre ellas 3 estudiantes, un joven futbolista, un chofer y un ama de casa”

relataban algunas crónicas para preservar el recuerdo de los hechos y evitar confusiones con posibles vacíos de información. Las autoridades ofrecieron hasta un millón de pesos a las investigaciones para dar con el paradero de los jóvenes, pero estos simplemente no regresaban.

Cuando en aquel 2014 llegó el 2 de octubre, 10 mil personas tomaron las calles y en Chilpancingo, Guerrero, el dolor de la ausencia no perdonó nada. Osorio Chong, el entonces secretario de Gobernación, pidió a las autoridades estatales asumir las responsabilidades de los actos y exigió que se encontrara a los estudiantes aunque la sociedad no confiaba en la figura de la administración y palpitaba, enfurecida, por encontrarse cada vez más rota.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) condenó la desaparición y el Gobierno Federal se dedicó a clausurar la Semana Nacional de Transparencia con su pueblo herido. La popularidad del entonces presidente, Enrique Peña Nieto, fue en declive y los medios internacionales, como Time, levantaron fuertes críticas ante las acciones con que se trataba el caso de Iguala. En este los damnificados alcanzaron las 700 personas.

Varios movimientos surgieron entonces, en su mayoría integrados por jóvenes, quienes sin miedo a represalias comenzaron a divulgar lo que pocos decían casi siempre a escondidas. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, y el #YoSoy132 hicieron una alianza con los padres de los normalistas y se dedicaron a acompañarlos en su largo peregrinar. Junto a ellos estos colectivos hicieron posible que la información viera la luz y llegara a los ojos de las personas para que éstas supieran la verdad.

Se unieron a las manifestaciones un gran número de personas, quienes hicieron del dolor su tejido y de él sacaron fuerzas para seguir adelante en la búsqueda que, en ocasiones, pareciera infinita.

En 2018, la generación de los normalistas desaparecidos egresó de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos” y hoy conforman un grupo profesionistas que sigue recordando La Noche de Iguala.

El día de la ceremonia, las primeras 43 sillas estuvieron vacías y reservadas con los rostros y nombres de quienes no habían regresado. La esperanza se entremezcló con el silencio en el patio de la institución porque “esta generación, como lo dijo el maestro, el director de esta escuela, nunca ha de olvidarse, como tampoco toda la sociedad, de los caídos, los heridos, las víctimas”.

En esta escuela, lugar que supuso su segunda casa, el tiempo se detuvo, se enraizó junto a emociones que hicieron que los sobrevivientes y los familiares no pudieran ser silenciados, pues una semilla solo sabe crecer. La PGR suspendió el trabajo del GIEI durante la administración de EPN. De su labor se obtuvieron dos informes con una posible explicación de lo ocurrido aquel 26 de septiembre, pero todo ello no fue suficiente.

“De hecho en Iguala también se han tomado autobuses, pero nunca habíamos recibido este tipo de agresividad, que era… como si fuéramos los peores delincuentes que mereciéramos la muerte, creo que un narcotraficante o un sicario, lo tratan mejor. Nosotros era como si nada, nosotros íbamos por las unidades y nos regresábamos a nuestra Normal”

… fue la declaración de uno de los estudiantes integrada en el primer informe del Caso Ayotnizapa, en el que se detalla que las investigaciones periciales tuvieron fallas, que se presentaron trabas y que en ocasiones parecía que el proceso se detenía a propósito mediante una acción coordinada y compleja de la que muchos fueron testigos.

Con motivo del cuarto aniversario de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, miles de personas marcharon del Ángel de la Independencia al Zócalo capitalino para exigir justicia. (Foto: Galo Cabañas/Cuartoscuro.com)

Caso Ayotzinapa: seis años después

En la escuela incompleta, donde aún faltan 43 alumnos, un letrero en color rojo fue pintado para los visitante y para  que quien llegue a sus puertas no olvide lo que se vive a diario en la institución:

“Bienvenidos a lo que no tiene inicio, bienvenidos a lo que no tiene fin, bienvenidos a la lucha eterna. Unos la llaman necedad, nosotros la llamamos ESPERANZA”.

Sobre Paseo de la Reforma, en la capital mexicana, cerca de una escultura de Sebastián y la estación del metro Hidalgo, se erigió un antimonumento como recordatorio de que los normalistas no han vuelto. Sus rostros surcaron el cielo de Oaxaca en papalotes, las escuelas de todo el país reprodujeron estas imágenes sin cansancio y, a seis años de los hechos, muchos se han sumado al recuerdo conmemorando aquella noche con la promesa de seguir en la lucha año con año sin dejar de llevarla a las calles.

Los jóvenes normalistas, seguidores de Lucio Cabañas, comparten junto a él, Zapata, el Subcomandante Marcos y el ‘Che’ los muros mexicanos donde sus nombres e ideales no se olvidan. La búsqueda sigue, sus padres y familiares no se cansan, mucho menos la sociedad.

En septiembre, cuando se acerca el día 26, el clima en todo el país se vuelve tenso y hasta el Sol ilumina con un rojo violento los cielos de la Ciudad de México y de Guerrero. El luto por quienes perdieron la vida pesa, y Ayotzi vuelve a ponerse de pie exigiendo que vuelvan sus 43 jóvenes perdidos que salieron a manifestarse y no regresaron a casa jamás.

De los hechos de La Noche de Iguala un propósito que explica el inicio de los disparos fue la orden dada de que no salieran los autobuses de Iguala. Que se controlara la situación, y que se detuvieran los cinco vehículos. Sin embargo, para la Procuraduría uno de ellos se volvió invisible, el Estrella Roja. De este, el GIEI no obtuvo declaración, pues la PGR interrogó al chofer sin la presencia del Grupo Interdisciplinario.

“Se dice que el autobús habría salido por la calle de atrás de la estación de autobuses y pocas cuadras más adelante, en la misma calle y debido al nerviosismo, los estudiantes habrían pensado que el vehículo no funcionaba bien, se habrían bajado y dirigido a la estación de nuevo a tomar otro. Sin embargo, todos los testimonios de normalistas que iban en ese autobús señalan que este siguió su camino de salida más adelante y que el chofer pidió a los normalistas detenerse para que una mujer le trajera documentación y ropa que necesitaba. Tras quedarse detenido esperando y de que una mujer llegara en moto y hablara con el chofer, lo que retrasó la salida, llegaron finalmente a la salida de Iguala hacia Chilpancingo (…) Un testigo señala que en ese escenario, a unos 100 metros del autobús, antes de donde se encontraba el autobús Estrella de Oro, el autobús Estrella Roja fue detenido por una patrulla de la Policía Federal. Una declaración manuscrita en el expediente de otro testigo también lo señala. Estas circunstancias no se han investigado hasta ahora”

… puede leerse en el Resumen Ejecutivo, Informe Ayotzinapa I.

En 2019, La Fiscalía General de la República (FGR) comunicó su postura luego de que un Juez de Distrito otorgara libertad a policías que habían sido procesados por los acontecimientos de Iguala. En mayo de aquel año, un Tribunal Colegiado emitió una sentencia de amparo para sustituir el procedimiento y aplicarlo de manera independiente de la entonces Procuraduría General de la República (PGR).

Uno de los objetivos, de acuerdo con lo dicho por Alejandro Encinas, actual Subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migraciónes, fue garantizar el derecho a la verdad y la justicia sobre Ayotzinapa. El primer paso, de muchos encaminado hacia la pacificación del país, generando un compromiso con la sociedad y familiares de los normalistas para dar resultados verídicos sobre su desaparición. También para reparar en la medida de lo posible los daños cometidos contra los derechos humanos de las víctimas y sus familiares.

El nuevo equipo de trabajo, autónomo e interdisciplinario fue constituido por los padres, familiares y personal especializado para que, en colaboración, se esclarezcan los hechos sin dejar de lado el apoyo legal que se requiera. La información tomada desde entonces ha sido la recabada por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Organización de las Naciones Unidas y el Grupo Interdisciplinario de Expertas y Expertos Independientes que ya había trabajado con el caso.

Aunque a través de los años se han mostrado varias irregularidades en las investigaciones y en las declaraciones de distintos cuerpos involucrados en el caso de Ayotzinapa, el presidente de México, Andrés Manuel Lopez Obrador, promulgó que durante su sexenio el caso no quedaría impune. Durante un diálogo con los padres de las víctimas de Iguala, AMLO logró tres acuerdos fundamentales donde la prioridad será una reunión bimensual en la que se esclarezcan los avances de las nuevas investigaciones.

El 29 de junio de 2020, la Fiscalía General de la República (FGJ) informó sobre la detención de Ángel Casarrubias Salgado, ‘El Mochomo’, presunto líder de los ‘Guerreros Unidos’ y señalado como responsable de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

La noche de Iguala sigue presente y, sin lugar a dudas, sigue siendo un punto de quiebre para que las nuevas generaciones de padres, hijos, madres y administradores de la política pública tengan presente lo que las grietas de un sistema de violencia, miedo e ira constante provocan en la sociedad. Como si la historia pareciera repetirse, en algunos estados del país los estudiantes se siguen manifestando, a las protestas y marchas -que han cambiado con la llegada de la pandemia- se siguen sumando más y más voces que despiertan de ese letargo profundo que llamábamos realidad.

La promesa de perseguir y dar con los culpables de la desaparición de los normalista ha dado nombres, mismos que entretejen un nuevo mapa que resuelve un misterio que parecía inacabable. Carlos Gómez Arrieta, extitular de la Policía Federal Ministerial, se entregó a la Fiscalía General de la República de forma voluntaria tras ser acusado de tortura, cumpliendo así con una orden de aprehensión que corrió en su contra desde marzo de 2020 a petición de los padres de los estudiantes desaparecidos.

Tal como el presidente lo ha señalado, “la investigación de Ayotzinapa estaría llegando a un punto crucial en el que no se han dejado de lado las reuniones con los padres y madres de los desaparecidos”.

“Son, yo diría, buenos los resultados (de las pesquisas). No puedo hablar más por el sigilo que requiere toda la investigación que está abierta, yo les diría que en el momento crucial para avanzar”, aseveró en una de sus conferencias matutinas desde Palacio Nacional.

Otros policías fueron removidos de su cargo en la desaparecida Policía Federal luego de que su participación dentro de la noche de Iguala supusiera una negativa en su historial profesional. Como lo señalaron las investigaciones, estos elementos habrían participado en el segundo ataque a los normalistas.

“Omitieron desarrollar una investigación completa y diligente, respecto de los hechos ocurridos el 26 de septiembre de 2014 en la ciudad de Iguala, Guerrero, ya que no proporcionaron información útil para el esclarecimiento de los hechos que solicitó investigar el ministerio público de la federación, únicamente se limitaron a intentar entrevistarse sin éxito alguno con algunas personas, decidieron retirarse y rendir su informe de investigación sin información útil para el esclarecimiento de los hechos”, dijo el magistrado Juan Manuel Jiménez Illescas.

Neftalí Pérez de Jesús, alias ‘el pan crudo’, también fue involucrado en el caso de Ayotzinapa tras ser acusado de entregar a los 43 normalistas al grupo criminal Guerreros Unidos ya fue puesto bajo arresto por las autoridades. Entre los delitos de los que se le acusó se enlistó el de reportar los movimientos de las corporaciones federales a la célula criminal, así como secuestrar a los jóvenes estudiantes. El exagente fue internado en el penal federal de Ocampo en Guanajuato. Las nuevas detenciones continúan y han sido anunciadas por el presidente, el fiscal Gertz Manero y el presidente de la SCJN.

Por otra parte, las manifestaciones que exigen justicia siguen sucediendo en Guerrero, donde normalistas tomaron las casetas de la autopista Chilpancingo y también incendiaron el Congreso de Guerrero. Entre otras investigaciones se expuso que en Mexicali, Baja California, uno de los 43 jóvenes podría hallarse con vida, su nombre es Jorge Antonio Tizapa.

 

Familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, acudieron a la exposición, “Restablecer Memorias” del artista chino Ai Wei Wei, quien retrato los rostros de los alumnos desaparecidos. (Foto: Rogelio Morelos/Cuartoscuro.com)

La tortuga que sostiene al mundo

Desde aquel fatídico 26 de septiembre de 2014, en México se realizan movilizaciones que buscan una solución justa en la que los culpables sean encontrados y las manifestaciones se adapten al nuevo contexto mundial.

A lo largo de este duro caminar, artistas, creadores, creadoras, escritores, escritoras y creativos del planeta entero se sumaron a los hechos de Iguala brindando su obra a espacios como el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, donde se mostró una exposición interactiva que sirvió para trazar las líneas narrativas que juntaron los testimonios de los involucrados en el crimen atroz.

Allí se contaron las perspectivas relacionadas con el caso Ayotzinapa en una sola. Se detalló paso a paso cómo fue la desaparición de los normalistas, y a su vez, se añadió información que había pasado desapercibida.

Mural de la Exposición ‘Forensic Architecture: Hacia Una Estética Investigativa’ . (AYOTZINAPA. Una cartografía de la violencia)

“La desaparición de personas no es sólo un acto de violencia contra las personas, sino también contra la evidencia. Esta incluye la destrucción física de los cuerpos, así como la destrucción de evidencia y la fabricación de falsas narrativas.

Este mural traza las trayectorias narrativas de diferentes participantes —víctimas y perpetradores— de los hechos atroces ocurridos en Iguala. La narrativa simplista presentada por la Procuraduría General de la República, anunciada como ‘la verdad histórica’ (dibujada aquí como una gruesa línea negra), es contrastada con la compleja versión que se desprende de los testimonios dados por los sobrevivientes y aquéllos que recogió el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, creado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (GIEI).

Por su parte, el artista plástico, Ai Weiwei realizó en el mismo museo su primera exposición en este país, en la que retrató los rostros de los estudiantes hechos con un millón de bloques de Lego. La llamó “Restablecer Memorias” y la acompañó con una serie de textos que narraron de forma cronológica la desaparición de los jóvenes estudiantes.

A seis años de la la desaparición de los 43 normalistas, los días 26 y 27 de septiembre se pintan de rojo y de gris. En las calles el cántico “Ayotzi vive y vive, la lucha sigue y sigue” cimbra los corazones de la ciudad, Iguala, Chilpancingo y América Latina, así como muchas partes del mundo, saben que este hecho no puede olvidarse y que a su alrededor se gesta una historia que no debe volver a repetirse.

Si se atenta contra un estudiante, se atenta contra el futuro y la esperanza de un mundo mejor, por eso ningún nombre se olvida, y desde cada trinchera, se sigue la huella de sus imborrables pasos hasta que puedan regresar.

Con información de Noticieros Televisa

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