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Alain Badiou: ¿Qué cambios políticos provocará el coronavirus?

Alain Badiou, uno de los filósofos vivos más importantes, nos habla sobre los cambios políticos que pueden avecinarse por la crisis de coronavirus.
marzo 31, 2020

Alain Badiou es probablemente el filósofo vivo más importante de Europa. Alumno de Althusser, Sartre, de Beauvoir, Lacan y maestro de Slavoj Žižek, Badiou nos comparte, desde su propio confinamiento en casa obligado por la crisis del coronavirus, un breve análisis filosófico-político de la situación epidémica actual, desde una perspectiva europea y mundial.

(Pascal Le Segretain/Getty Images)

Sobre la situación epidémica por Alain Badiou

Siempre he considerado que la situación actual, marcada por la pandemia viral, no tenía nada verdaderamente excepcional. Desde la pandemia (también viral) del SIDA, pasando por la gripe aviar, el virus del Ébola, el virus SARS 1 –sin mencionar numerosas gripes, incluso el regreso del sarampión o tipos de tuberculosis que los antibióticos ya no pueden curar–, sabemos que el mercado mundial, combinado con la existencia de vastas zonas submedicalizadas y de la insuficiencia de disciplina mundial en las vacunaciones necesarias, produce inevitablemente epidemias serias y devastadoras (en el caso del SIDA, varios millones de muertos). Excepto por el hecho de que, esta vez, la situación de la pandemia actual impacta a gran escala al tan confortable mundo llamado occidental – hecho en sí mismo desprovisto de un significado innovador y que llama, más bien, a lamentos sospechosos y estupideces revueltas en las redes sociales –, yo no veía que hiciera falta exagerar demasiado las cosas, más allá de las medidas de protección evidentes y del tiempo que tomará para que el virus desaparezca en la ausencia de nuevas víctimas.

Por lo demás, el verdadero nombre de la epidemia en turno debería indicar que ésta, en un sentido, se refiere a que “no hay nada nuevo bajo el sol contemporáneo”. Este nombre verdadero es: SARS 2, o sea, “Severe Acute Respiratory Syndrome 2”, denominación que inscribe, de hecho, una identificación “en un segundo momento”, posterior a la epidemia del SARS 1, que se había propagado en el mundo en la primavera de 2003. Esta enfermedad había sido llamada en aquellos días: “la primera enfermedad desconocida del siglo XXI”. Está claro entonces que la epidemia actual no es, de ningún modo, el surgimiento de algo radicalmente nuevo ni inédito. Se trata de la segunda de este siglo en su género, ubicable según su filiación. Al punto que la única crítica seria de hoy contra las autoridades, en materia de predicción, es la de no haber apoyado seriamente, después del SARS 1, la investigación que habría puesto a disposición del mundo de la Medicina los verdaderos medios de acción contra el SARS 2. Y es, de hecho, una crítica grave que muestra la carencia que tiene el Estado frente a la ciencia, una relación esencial en la situación actual. Pero esto es pasado…

No veía entonces que se pudiera hacer otra cosa más que intentar, como todo mundo, secuestrarme en mi propio hogar, y no tenía nada más que decir más que exhortar a todo el mundo a hacer lo mismo. En lo que a esto se refiere, respetar una estricta disciplina es aún más necesario, puesto que constituye un apoyo y una protección fundamental para quienes se encuentran bajo mayor riesgo: por supuesto, todo el personal médico, que se encuentra directamente en el frente, y que deben guardar una disciplina estricta, e incluso las personas infectadas, pero también las personas más débiles como los adultos mayores, particularmente aquellos en casas de retiro, y asimismo quienes salen a trabajar y corren el riesgo de contagio. Esta disciplina de quienes pueden obedecer el imperativo “quédate en casa”, debe también encontrar y proponer los medios para que quienes apenas tienen un hogar o incluso no tienen ninguno puedan, a pesar de esto, encontrar un refugio seguro. Podemos pensar, en este caso, en la expropiación de ciertos hoteles y la creación de “brigadas” de jóvenes voluntarios que puedan encargarse del abastecimiento de comida, como se hizo, por ejemplo, en Niza.

Estas obligaciones, es cierto, son cada vez más imperiosas, pero no implican, al menos en un primer examen, grandes esfuerzos de análisis o de constitución de un pensamiento nuevo. Son similares a lo que fue creado bajo el nombre de “Rescate Popular”.

Alain Badiou (Wikimedia Commons / CC)

Pero heme aquí, en verdad, leyendo demasiadas cosas, escuchando demasiadas cosas, incluso en mi entorno próximo, que me desconciertan por el desconcierto que estas cosas manifiestan, y por su total inadecuación a la situación, en realidad simple, en la cual nos encontramos. Muchas personas, como lo notó Elisabeth Roudinesco, piensan más en gozar la tragedia que en combatirla eficientemente.

Estás declaraciones concluyentes, estos llamados patéticos, estas acusaciones enfáticas, aunque son de distinta especie, tienen en común, sin excepción, un curioso desprecio de la temible simplicidad y la ausencia de novedad, propias de la situación epidémica actual. O bien, son inútilmente serviles ante los poderes que hacen únicamente lo que están obligados a hacer, conforme a la naturaleza del fenómeno. O bien, vuelven a evocar al Planeta y su mística, lo cual no nos aporta nada. O bien, ponen todo sobre las espaldas del pobre Macron, quien solo hace, no peor que cualquier otro, el trabajo de un jefe de Estado en tiempos de guerra o epidemia. O bien, llaman al acontecimiento fundador de una revolución inédita, cuya relación con la erradicación del virus no se ve, y para la cual, además, nuestros “revolucionarios” no disponen de ningún medio nuevo. O bien, se ensombrecen en un pesimismo sobre el fin del mundo. O bien, se desesperan porque que el “Yo primero”, regla de oro de la ideología contemporánea, no es de ningún interés, ni de ninguna ayuda, y puede incluso aparecer como cómplice de una continuación indefinida del mal.

Se diría que la prueba epidémica disuelve, en todos lados, la actividad intrínseca de la Razón, y obliga a los sujetos a volver a los tristes afectos – misticismo, fabulaciones, rezos, profecías y maldiciones –, que eran costumbre de la Edad Media cuando la peste barría los territorios. De hecho, me siento un poco obligado a reunir algunas ideas simples, que con gusto llamaría: cartesianas.

(Sylvain Lefevre/Getty Images)

Convengamos en comenzar por definir el problema, por lo demás tan mal definido y, por tanto, tan mal abordado.

Una epidemia es tan compleja porque es, siempre, un punto de articulación entre determinaciones naturales y determinaciones sociales. Su análisis completo es transversal: hay que comprender los puntos donde las dos determinaciones se cruzan, y extraer las consecuencias.

Por ejemplo, el punto inicial de la actual epidemia se sitúa muy probablemente en los mercados de la provincia de Wuhan. Los mercados chinos son conocidos todavía hoy por su peligrosa suciedad y por su incontenible gusto por la venta al aire libre de todo tipo de animales vivos amontonados. De ahí que en un momento dado el virus se haya hecho presente, bajo una forma animal proveniente ella misma de murciélagos, en un medio popular muy denso y con una higiene rudimentaria.

La propagación natural de un virus de una especie a otra transita entonces hacia la especie humana. ¿Cómo exactamente? Aún no lo sabemos, solo los procesos científicos nos lo enseñarán. Estigmaticemos, de paso, a quienes lanzan, en las redes de Internet, fábulas típicamente racistas, apoyadas con imágenes manipuladas, según las cuales todo proviene de que los chinos coman murciélagos casi vivos…

Este tránsito local entre especies animales hasta el hombre constituye el punto de origen de todo el asunto. Después de lo cual opera solamente un dato fundamental del mundo contemporáneo: el acceso del capitalismo de Estado chino a un rango imperial, una presencia intensa y universal en el mercado mundial. De ahí las innumerables redes de propagación, antes de que el gobierno chino estuviera en condición de confinar totalmente el punto de origen – de hecho, una provincia entera, cuarenta millones de personas –, lo cual terminaría empero por hacer con éxito, pero demasiado tarde para impedir que la epidemia tome los caminos – y aviones y barcos – de la existencia mundial.

Un partido a puerta cerrada en París durante la Champions League 2020 (UEFA – Handout/UEFA via Getty Images)

Un detalle revelador de lo que llamo la doble articulación de una epidemia: actualmente el SARS 2 se encuentra frenado en Wuhan, pero hay muchísimos casos en Shanghai de personas, chinos en su mayoría, que llegaron del extranjero. China es entonces un lugar donde se observa el anudamiento – por una razón arcaica, luego moderna –, de un cruce naturaleza-sociedad entre los mercados con mal mantenimiento, de forma antigua, causa de la aparición de la infección, y la difusión planetaria de este punto de origen, llevada a cabo por el mercado mundial capitalista y sus desplazamientos tan rápidos como incesantes.

Después de lo cual, entramos en la etapa en la cual los Estados intentan frenar, localmente, esta difusión. Apuntemos, de paso, que esta determinación permanece fundamentalmente local, mientras que la epidemia es transversal. A pesar de la existencia de algunas autoridades transnacionales, está claro que son los Estados burgueses locales los que están a la defensiva.

Nos aproximamos aquí a una contradicción mayor del mundo contemporáneo: la economía, incluido el proceso de producción en masa de objetos manufacturados, depende del mercado mundial. Sabemos que la simple fabricación de un teléfono móvil moviliza trabajo y recursos, incluso minerales, en al menos siete estados distintos. Pero, por otro lado, los poderes políticos permanecen esencialmente nacionales. Y la rivalidad de los imperialismos, antiguos (Europa y Estados Unidos) y nuevos (China, Japón…), impide todo proceso de un Estado capitalista mundial. La epidemia es también un momento en el que esta contradicción entre economía y política es patente. Frente al virus, ni siquiera los países europeos consiguen ajustar a tiempo sus políticas.

Presas ellos mismos de esta contradicción, los Estados nacionales intentan hacer frente a la situación epidémica, respetando en la medida de lo posible los mecanismos del Capital, aunque la naturaleza del riesgo les obligue a modificar el estilo y los actos de poder.

El presidente francés Emmanuel Macron (Sean Gallup/Getty Images)

Sabemos desde hace tiempo que, en casos de guerra entre países, el Estado debe imponer medidas considerables, no solo a las masas populares, sino también a los burgueses mismos, esto para salvar el capitalismo local. Hay industrias que son casi nacionalizadas en beneficio de una producción desenfrenada de armamentos, pero que por el momento no produce una plusvalía monetizable. Hay cantidad de burgueses que son movilizados como oficiales y expuestos a la muerte. Los científicos buscan día y noche inventar nuevas armas. Numerosos intelectuales y artistas son requeridos para alimentar la propaganda nacional, etc.

Frente a una epidemia, este tipo de reflejos estatales es inevitable. Es por esto que, contrario a lo que se dice, las declaraciones de Macron o de Philippe respecto al Estado, reconvertido de repente en “Estado-Providencia” (un gasto de apoyo a las personas desempleadas o trabajadores independientes que tienen que cerrar sus tiendas comprende miles de millones del dinero del Estado, el anuncio mismo de “nacionalizaciones”): todo esto no tiene nada sorprendente o paradójico. Y de esto se sigue que la metáfora de Macron “estamos en guerra” sea correcta: guerra o epidemia, el Estado está obligado a poner en marcha prácticas más autoritarias y, a la vez, con una destinación más global, sobrepasando a veces el juego normal de su naturaleza de clase, para evitar una catástrofe estratégica. De ahí que utilice el léxico arcaico de la “nación”, en una especie de regreso caricaturesco a De Gaulle, que hoy es peligroso por la cercanía del nacionalismo con una extrema derecha vengativa.

Todas estas retóricas son una consecuencia completamente lógica de la situación, cuyo objetivo es frenar la epidemia – ganar la guerra, por retomar la metáfora de Macron – del modo más seguro posible, permaneciendo en el orden social establecido. No es, de ningún modo, una puesta en escena, sino una necesidad impuesta por la difusión de un proceso mortal que entrecruza la naturaleza (de ahí el papel eminente de los científicos en este asunto) y el orden social (de ahí la intervención autoritaria del Estado que no puede ser de otra manera).

Es inevitable que en este esfuerzo aparezcan grandes carencias. Es el caso de la falta de máscaras protectoras o de la falta de preparación respecto a la magnitud del confinamiento hospitalizado. ¿Pero quién puede realmente presumir haber “previsto” este tipo de cosas? En ciertos aspectos, el Estado no había previsto la situación actual, es cierto. Puede decirse que al debilitar, desde hace décadas, el aparato nacional de salud, y en realidad todos los sectores del Estado que estaban al servicio del interés general, el Estado había actuado, más bien, como si nada semejante a una epidemia devastadora pudiera afectar nuestro país. De lo cual el Estado es culpable, no solamente bajo la encarnación de Macron, sino bajo la encarnación de todos aquellos que le precedieron desde hace al menos treinta años. Y es posible que la discusión sobre el desmantelamiento y la privatización de los servicios públicos -que es también una discusión sobre la propiedad privada y, entonces, del comunismo- se vea renovada, en la opinión pública, por la crisis epidémica.

(Pascal Le Segretain/Getty Images)

Sin embargo, también es correcto decir aquí, a pesar de todo, que nadie había previsto, ni siquiera imaginado, el desarrollo en Francia de una pandemia de este tipo, excepto quizás algunos expertos aislados. Muchos pensaban probablemente que este tipo de historias era adecuada para el África tenebrosa o la China totalitaria, pero no para la Europa democrática. Y la izquierda – o los chalecos amarillos, o incluso los sindicatos – no puede tener un derecho particular de formular críticas sobre este punto y de continuar armando escándalos contra Macron, el blanco de sus burlas desde siempre. Tampoco ellos contemplaron nada de este tipo. Muy por el contrario, mientras que la epidemia ya estaba propagándose en China, ellos multiplicaron, hasta hace muy poco, las reuniones descontroladas y las manifestaciones escandalosas, lo cual hoy debería impedirles pavonearse, sean quienes sean, frente a los retrasos de parte del poder en la toma de medidas correspondientes a lo que sucedía. Ninguna fuerza política en Francia, en realidad, tomó antes estas medidas, antes del Estado macroniano y su establecimiento de un confinamiento autoritario.

Por su parte, en lo que respecta a este Estado, la situación es que el Estado burgués debe, explícitamente, públicamente, hacer que prevalezcan intereses de alguna forma más generales que aquellos propios de la burguesía, preservando estratégicamente, para el porvenir, el primado de los intereses de clase que representa este Estado de manera general. Dicho de otro modo, la coyuntura obliga al Estado a únicamente poder gestionar la situación mediante la integración de los intereses de la clase para la cual es el fundamento de poder, con intereses más generales, y esto a razón de la existencia interna de un “enemigo”, él mismo general, que puede ser, en tiempos de guerra, el invasor extranjero, y que es, en la situación presente, el virus SARS 2.

Este tipo de situación (guerra mundial o epidemia mundial) es particularmente “neutra” en el plano político. Las guerras del pasado han provocado una revolución solo en dos casos excéntricos, si puede decirse, frente a lo que significaban las potencias imperialistas: Rusia y China. En el caso ruso, fue porque el poder zarista era, en todos los aspectos y desde hacía mucho tiempo, atrasado, incluso como poder posiblemente ajustado al nacimiento de un verdadero capitalismo en aquel inmenso país. Y con los bolcheviques existía, además, una vanguardia política moderna, fuertemente estructurada por dirigentes notables. En el caso chino, la guerra revolucionaria interior precedió a la guerra mundial, y el Partido Comunista encabezaba ya, en 1937, cuando fue la invasión japonesa, un ejército popular que ya se había puesto a prueba. Por el contrario, en ninguna de las potencias occidentales la guerra provocó una revolución victoriosa. Incluso en el país derrotado en 1918, en Alemania, la insurrección espartaquista fue rápidamente reprimida. Es un sueño inconsistente y peligroso pensar que el capitalismo contemporáneo, que goza de la caída en todas partes de la hipótesis comunista, y que puede presentarse, entonces, como la única forma histórica posible para una sociedad de clases contemporánea, esté seriamente amenazado por lo que sucede actualmente.

(Veronique de Viguerie/Getty Images)

La lección de todo esto es evidente: la epidemia actual no tendrá, en tanto tal, en tanto epidemia, ninguna consecuencia política notable en un país como Francia. Incluso bajo la suposición de que nuestra burguesía piense, por el aumento de tantos gruñidos deformes y eslóganes inconsistentes, pero extendidos, que le momento ha llegado de deshacerse de Macron, eso no representará en lo absoluto ningún cambio notable. Los candidatos “políticamente correctos” se encuentra ya tras bambalinas, como los detentores de las formas más enmohecidas de un “nacionalismo” tan obsoleto como repugnante.

En cuanto a nosotros, quienes deseamos un cambio real de la organización política en este país, debemos aprovechar el interludio epidémico e incluso el confinamiento – completamente necesario –, para trabajar mentalmente, por escrito y por correspondencia, en nuevas figuras política, en el proyecto de nuevos lugares políticos y en el progreso transnacional de una tercera etapa del comunismo, después de aquella, brillante, de su invención, y de aquella otra, fuerte y compleja, pero finalmente derrotada, de su experimentación estatal.

Habremos de pasar también por una crítica aguda de toda idea según la cual fenómenos como el de una epidemia inauguran, por sí solos, algo políticamente innovador. Además de la transmisión general de datos científicos sobre la epidemia, solo tendrán una fuerza política aquellas nuevas afirmaciones y convicciones con respecto a los hospitales y la salud pública, las escuelas y la educación igualitaria, el acogimiento de personas de la tercera edad, y otras cuestiones del mismo tipo. Estas son las únicas que podremos eventualmente articular como un balance de las debilidades peligrosas del estado burgués, puestas en evidencia por la situación actual.

De paso, mostraremos valientemente, públicamente, que las pretendidas “redes sociales” muestran una vez más que son – más allá de que enriquecen a los más grandes millonarios del momento–, primero, un lugar de propagación de la parálisis mental bravucona, de rumores incontrolables, del descubrimiento de “novedades” antediluvianas, cuando no se trata de un oscurantismo fascistoide.

No demos crédito, incluso y sobre todo durante el confinamiento, más que a las verdades controlables de la ciencia y a las perspectivas fundamentadas de una nueva política, de sus experiencias localizadas -sobre todo las que se enfocan en la organización de las clases más vulnerables, singularmente, del proletariado nómada extranjero-, así como de su dirección estratégica.

(Veronique de Viguerie/Getty Images)

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Agradecemos a Isabelle Vodoz y a Alain Badiou por facilitar el manuscrito original de este texto para su publicación en español autorizada.

Agradecemos a Óscar Palacios por la traducción y a Nicolás Ruiz por la edición.