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La libertad de los otros: A 30 años de la caída del Muro de Berlín

9 de noviembre de 1989. Un aire frío se respira esta noche en Berlín, pero eso no evita que miles de personas salgan a las calles. ¿Qué es todo este alboroto?, pregunta un tipo. ¿No te has enterado?, le responde alguien con un martillo en sus manos y lágrimas en los ojos. ¡Berlín es Berlín otra vez!

Un mar de gente se dirige al muro que ha dividido a la ciudad en dos desde hace veintiocho años. Alguien se acerca y trepa la estructura hasta llegar a la parte superior. Si fuera cualquier otro día, aquel hombre escucharía los gritos de los guardias fronterizos y los ladridos de los perros pero, esta noche en particular, lo único que oye son los gritos de júbilo de la muchedumbre a sus pies.

Al dar las 12, ya son miles los alemanes que bailan y cantan sobre una barrera que no solo dividía a su otrora orgullosa ciudad, también simbolizaba a la Cortina de Acero que partía al mundo en dos ideologías, dos visiones distintas de cómo alcanzar el sueño de una armonía social. El 9 de noviembre de 1989, Berlín volvía a ser el epicentro de un terremoto que tendría repercusiones a una escala global.

Lo que sucedió en Berlín la semana pasada fue una combinación de la caída de la Bastilla y una fiesta de Año Nuevo, de revolución y celebración. A la medianoche del 9 de noviembre, una fecha que no solo los alemanes recordarán, miles de personas que se habían reunido a ambos lados del muro soltaron un rugido y comenzaron a atravesarlo, así como a treparlo. […]

Sacaron martillos y cinceles y golpearon el odiado símbolo del encarcelamiento, extrayendo trozos sueltos de hormigón y agitándolos triunfalmente ante las cámaras de televisión. Salieron a las calles de Berlín Occidental para una fiesta de champán y bocinazos que continuó mucho después del amanecer, hasta el día siguiente y luego al otro amanecer. Como diría el diario BZ: BERLÍN ES BERLÍN OTRA VEZ”. Revista TIME, 19 de noviembre de 1989.

Pero recordemos que la caída del Muro de Berlín no fue un suceso que tuvo lugar de un día para otro, ya sea por un decreto que firmó un funcionario de la República Democrática Alemana, o porque, dos años antes, Ronald Reagan dio un discurso en aquella ciudad, en el cual pronunció su famosa frase, “Mr. Gorbachev, tear down this wall”.

1989: Los momentos que marcaron al mundo hace 30 años

La caída del Muro de Berlín más bien obedece a las consecuencias de varios sucesos que, como una reacción en cadena, desembocaron en el derrumbe de esta estructura que fue el fruto de un anhelo de control social. Este momento no se hubiera concretado si no fuera por las numerosas reuniones clandestinas, las publicaciones del underground y las manifestaciones públicas de estudiantes, intelectuales, obreros y disidentes que, a lo largo de la Guerra Fría, habían luchado por reducir la influencia opresora del Partido, no solo en la la República Democrática Alemana (RDA), también en Checoslovaquia, Polonia, Hungría y las demás repúblicas del Pacto de Varsovia.

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Muro de Berlín, 12 de noviembre de 1989 (AP Photo/John Gaps III)

Muro de Berlín, 12 de noviembre de 1989 (AP Photo/John Gaps III)

Porque verán…

El Partido Comunista de la Unión Soviética tenía una visión del mundo, una visión en la que todo problema era resuelto por un aparato central integrado por las mentes más brillantes del país. Ninguna persona tendría que volver a pasar por hambre siempre y cuando se sometiera al liderazgo del Partido Único y Todopoderoso. Mientras los “cerdos capitalistas” se dejaban llevar por las turbulentas fuerzas del mercado, la dictadura del proletariado iba a tomar las riendas de la economía, para luego domar a esta bestia y garantizar el bienestar de cada trabajador y su familia.

No obstante la nobleza de sus metas, la planificación del Estado para llegar a una sociedad sin desigualdades no era compatible con los anhelos del pueblo en materia de libertades individuales. La libertad de expresarse de acuerdo a sus principios e ideas personales, por ejemplo, era un desafío del individuo al dogma partidista, un desafío que tendría que ser silenciado para no distraer al proletariado de sus objetivos revolucionarios. Irónicamente, la necesidad del Estado de controlar todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos, desde sus acciones a sus pensamientos, era una necesidad que iba en contra de la propia condición humana.

Y bueno, el 12 de agosto de 1961 pasó lo que tenía que pasar…

Al ver cómo y cuántos alemanes orientales se escabullían por la franja divisoria para cruzar al otro lado de Berlín, es decir, al lado administrado por las potencias occidentales (2.5 millones de migrantes a lo largo de una década), el gobierno comunista ordenó la construcción de un muro: más de cien kilómetros de concreto alrededor de todo Berlín Occidental. La versión oficial, claro, es que el muro protegería a la ciudadanía de “influencias fascistas” provenientes del exterior. Pero como era de esperarse, miles de personas intentaron escapar de cualquier forma, lo que resultó en el asesinato de 78 a 235 personas a manos del Estado (en los tiempos de la Stasi no había números que fueran de confiar). Por 28 años, los ciudadanos de la RDA eran prácticamente prisioneros en su propio país.

Qué era este muro sino un factor limitante de los deseos individuales de cada hombre y mujer en la Alemania Oriental. Por supuesto, el Muro de Berlín era una barrera que fracturó a familias y amistades dentro de una misma comunidad (es decir, los días de esta estructura siempre estuvieron contados), pero incluso los muros que dividen a una etnia de otra siempre terminan por caer, ya sea por el camino de la violencia (una invasión armada) o la vía pacífica (una migración). Toda muralla a lo largo de la historia ha sido un obstáculo que intenta bloquear el potencial que alberga el ser humano, por lo que no hay muro que pueda mantenerse de pie, llámese el Muro de Jericó, el Muro de Berlín o el Muro de Trump. Y aún así, se siguen construyendo.

DE MURALLAS A FRONTERAS

Desde tiempos antediluvianos, la gente de un incontable número de civilizaciones ha sido persuadida por sus líderes y sus jefes sobre los beneficios de construir murallas alrededor de sus territorios. Les han dicho que los muros son necesarios para proteger a los cultivos de las bestias salvajes y del poder destructivo de los elementos, pero sobre todo, son necesarios para defender a sus familias de la amenaza extranjera, aquellas personas que desean despojarles de todo lo que es suyo, sus tierras y sus bienes materiales, y que son capaces de quitarles la vida o de abusar de sus seres queridos.

De tal forma, el muro siempre ha cumplido una función protectora pero, detrás de esta función tan loable, yace el recordatorio del miedo que debemos tener al mundo exterior, a toda entidad que presuntamente, ¡no!, seguramente trama y maquina nuestra perdición. Porque en su esencia, el muro tiene un beneficio adicional, un beneficio que obtiene de manera exclusiva el Poder, y es que una población con miedo es una población más fácil de controlar.

En efecto, el muro no solo es una estructura física hecha de concreto, piedra o acero, porque también cuenta con su poder simbólico. Una nación amurallada es una nación que abandona sus ideales de libertad, ya que ha desarrollado un terror a las costumbres y tradiciones que le son ajenas. Abordemos un ejemplo. Mucho se ha escrito de la obsesión no tan reciente de Estados Unidos de construir un muro en la enorme frontera que comparte con México, sí, pero también de restringir quién tiene acceso o no al país de acuerdo al número y tipo de visas que otorga. Y es que detrás de la estricta política migratoria del gobierno estadounidense se encuentra la paranoia de un pueblo que desde hace décadas se ha creído en la cima del mundo, y por lo tanto, el foco de una supuesta envidia global. Si antes de 2001, los extranjeros eran vistos con sospecha por buena parte de los estadounidenses, ahora son vistos con odio y terror.

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Nogales, Arizona, frontera con Estados Unidos (AP Photo/Jae C. Hong)

Los muros de concreto, piedra o acero gozan de un poder simbólico, muy cierto, pero a final de cuentas, estos pueden ser derrumbados porque son materia y ocupan un lugar en el espacio. Por su mera naturaleza física, están destinados a ser polvo. Y si bien es cierto que la gran mayoría de alemanes, polacos, checos y húngaros están satisfechos con los cambios a su estilo de vida tras el colapso del comunismo, ¿cómo habrá sido la desilusión de esta gente al descubrir que las democracias liberales también tienen sus muros?, solo que son más sutiles, más psicológicos, y aunque no son tan opresivos como la Cortina de Acero, no dejan de ser obstáculos al deseo individual de satisfacer las necesidades de su persona y su familia.

¿Hay una manera “correcta” de protestar?

Claro, algunos de estos muros pueden ser superados de acuerdo a los principios básicos del sueño americano: si trabajas duro y de manera honesta, alcanzarás tus metas. Pero no todas, ¿verdad? De hecho, si nos fijamos en el creciente número de protestas que han surgido en los últimos años y en los países con democracias liberales (aparentemente descompuestas), parece que cada vez son más los muros intangibles en las sociedades que aún se aferran a las aspiraciones básicas de libertad, igualdad y fraternidad.

Algunos muros son impuestos por el Estado. Otros se generan en el sector privado. Y claro, hay muros más grandes que otros, pero todo están ahí para frenarte, o al menos, para verte tropezar.

La cantidad de documentos necesarios para rentar un departamento.

El proceso interminable para tramitar una visa a Estados Unidos.

El dolor de cabeza producido en el proceso de cambiar de Afore.

Los puestos de trabajo que son negados a una persona por ser indígena.

La dificultad de avanzar en la jerarquía de una empresa por ser mujer.

El derecho de piso que un grupo delictivo le exige cada semana a un comerciante.

Darle su mordida a un funcionario para que agilice el trámite de una licencia para vender alcohol.

Las horas que una víctima debe esperar en el Ministerio Público para presentar una denuncia contra un acosador.

El salario miserable de un policía municipal para poder llevar una vida digna y honesta.

Decirle que No a un niño que quiere comprar un libro porque el padre cree que leer es una pérdida de tiempo.

El doctor que se niega a darle atención médica a una persona por ser gay.

La fila de granaderos que contiene a un grupo de pobladores que se manifiesta frente a un palacio de gobierno porque una construcción dejó a su comunidad sin agua.

Las leyes contra la interrupción del embarazo.

Las leyes contra el matrimonio igualitario.

Las leyes que impiden que un migrante pueda transitar con libertad por el país.

Las leyes que son muros en realidad.

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Ciudad Juárez, frontera México con Estados Unidos (AP Photo/Christian Torres)

Ciudad Juárez, frontera México con Estados Unidos (AP Photo/Christian Torres)

Imagen principal: Valentina Avilés

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