Terapia familiar en la anorexia y los trastornos alimenticios

CIUDAD DE MÉXICO, México, jun. 23, 2014.- ¿Por qué hablar de familia? Tomando en cuenta que el trabajo con trastornos de la alimentación requiere de un abordaje multidimensional, la familia juega un papel muy importante en la detección, prevención y  tratamiento de los mismos.  La familia como sistema implica una unidad interactiva, un “organismos vivo” y por tanto en transformación constante, compuesto por distintos individuos que se relacionan unos con otros.   Para entender su funcionamiento no basta entender a cada individuo por separado, la familia es más que la suma de sus integrantes ya que la relación que entre ellos se genera forma una unidad diferenciada, más compleja, que influye a quienes la integran y a su vez es influida por ellos.   La familia vista como un sistema relacional es generadora de  interacciones entre sus miembros así como trasmisora de creencias y mitos que permean de generación en generación.   Cuando al interior del grupo familiar las jerarquías se trastocan, las interacciones se rigidizan y los mitos y creencias se pasan como legados no cuestionables en el aquí y el ahora, se abre la posibilidad de que un miembro de la familia, -dando voz a un sistema que no puede adaptarse a las necesidades cambiantes de sus miembros-, presente algún síntoma o enfermedad, que pida de manera velada el cambio del sistema.   Así como el individuo que desarrolla el trastorno alimentario afecta a todo su contexto familiar, generando por un lado una serie de problemas relacionados con su enfermedad y exigiendo por otro una serie de adaptaciones para la adecuada resolución de su conflicto,  los trastornos alimentarios en sí mismos pueden ser mirados como síntomas que hablan por un sistema rígido que necesita -y no puede- cambiar.   Si casi todos los jóvenes afectados por estos trastornos viven con sus familias de origen, ¿cómo afecta esta convivencia el desarrollo de los trastornos alimentarios  y como afectan estos mismos la convivencia familiar?, ¿existen factores familiares que pueden predecir la evolución del trastorno alimentario?   ¿Qué clase de cambios en la familia ayudan a que la enfermedad cambie?   Es importante que la familia entienda que es un problema de salud y a la vez, emocional, donde el síntoma o la enfermedad tienen una función en el sistema familiar, una “voz” que habla de algo que no se puede o no se vale decir, o que es una alerta a un sistémica rígido donde el cambio no es permitido, por lo que el síntoma o trastorno de la alimentación es un “grito” que invita al sistema familiar a moverse de lugar. Explorar esto es relevante para el tratamiento, ya que la perspectiva sistémica ha demostrando su utilidad y la importancia de incorporar a la familia en el proceso de recuperación de las pacientes.   El trabajo del psicoterapeuta y autor Giorgio Nardone, como de otros autores recientes , ha demostrado que  intervenciones enfocadas a trabajar con los diferentes subsistemas en los que se mueve el paciente, pueden llegar a ser muy útiles en su tratamiento.   De manera particular se observan algunos factores que han contribuido, desde la familia, al incremento de estos trastornos:   Los hijos han pasado de una posición periférica al interior de la familia a una posición absolutamente central: los padres giran en torno a las necesidades y deberes de los hijos.   La prolongación de la fase de dependencia de los hijos con respecto a los padres, haciendo de la adolescencia una etapa muy larga, genera una postergación de las responsabilidades de auto cuidado en el ciclo vital de los hijos.   No es extraño entonces que se genere un juego familiar en el que, generalmente la hija desate su ira contra los padres y contra sí misma, mediante una huelga de hambre que muestre “lo ineficaces que son como padres”, sin percibir como suya la posibilidad de su cuidado personal.   Paternidad tan exigida se sobrepone y merma la calidad de la conyugalidad;  la creciente insatisfacción de la pareja conyugal, favorece al mismo tiempo la dificultad de que los padres se desprendan de los hijos pues  resulta amenazante pensar en un reacomodo de ellos como pareja.   Esta situación favorece que algunos de los padres, en medio del conflicto,  se alíen con un hijo como estrategia para desacreditar al cónyuge. El hijo queda así atrapado en un conflicto de lealtades del cual no puede escapar: apoyar a algún padre implica traicionar al otro. El síntoma bulimia o anorexia podría surgir como el emergente de esta interacción que atrapa a toda la familia, la sintomatología alimentaria desvía el conflicto conyugal a la vez que mantiene estática a la familia que se resiste al cambio.   Es común encontrar las siguientes características entre las familias con un miembro que presenta síntomas anoréxicos y bulímicos principalmente:   • Padres sobreprotectores y sobreexigentes, con rasgos obsesivos y perfeccionistas, preocupados por el éxito y la apariencia externa.   • Padres con roles tradicionalmente complementarios y rígidos. Hijos que experimentan la sensación de nunca cumplir las altas expectativas de los padres y del grupo familiar.   • Familias que tienden a la evitación de conflictos: la negociación explícita de las diferencias es inexistente. Las constantes discusiones familiares se caracterizan por interrupciones continuas y cambios de tema impidiendo la resolución del problema. En otros casos simplemente se niega el conflicto.   • Familias con patrones rígidos de comunicación donde los mensajes verbales  contradicen los mensajes no verbales, creando situaciones de ansiedad y confusión ante la imposibilidad de dar respuestas adecuadas a las demandas ambivalentes y contradictorias. Por otro lado los diálogos son altamente “ritualizados”: pareciera que todos supieran exactamente lo que los otros van a decir. Así se mantienen conversaciones redundantes a nivel de contenido manteniendo un mensaje relacional inmodificable.   • Familias  “entrelazadas”, con falta de límites al interior (“todo es  de todos, nos gusta lo mismo, por lo tanto lo que como, cómo lo como,  será distinto a los demás y de esta manera pondré un límite claro”). Esto crea el debilitamiento personal de los miembros de la familia así como la incapacidad de definir y proteger su espacio individual. Todos quedan atrapados en una dependencia mutua donde la entrega, la lealtad y el bienestar del grupo son fundamentales. El logro de la autonomía se convierte en una tarea difícil de cumplir.   • Familias muy cerradas hacia el exterior (“somos diferentes y lo nuestro es mejor”) por lo que tienen dificultad para hacer intercambios flexibles y saludables con el entorno. Cuando algún tercero, ya sea novio o amigo, entra a la familia, si bien no es rápidamente expulsado, pronto se integra al estilo de la familia.   • Familias con estructuras jerárquicas difusas: Poca distinción de límites entre padres e hijos, incluso entre estos y las generaciones precedentes. Esto favorece la aparición de alianzas encubiertas y coaliciones de algún miembro contra otro, generando un esquema estereotipado de convivencia que puede atrapar a la familia en círculos viciosos relacionales difíciles de cambiar.   • Renuencia al cambio pensando que el único problema de la familia es la enfermedad del miembro sintomático, por lo que todos los conflictos de la familia se depositan en el enfermo. Así vemos como la familia apoya la somatización de los conflictos a través del trastorno alimentario.   LLH