Migrantes mexicanos no quitan el trabajo a estadounidenses: Sixta Delgado

Sixta es originaria de Arcelia, en la Tierra Caliente de Guerrero. (Noticieros Televisa)

Sixta es originaria de Arcelia, en la Tierra Caliente de Guerrero. (Noticieros Televisa)

Antes de que salga el Sol, a las 05:00 horas, Sixta Delgado se prepara para ir a trabajar.

Diez minutos antes de las 06:00 horas, uno de sus hijos la recoge para llevarla a un viñedo ubicado a nueve kilómetros de su casa, en Lodi, California, ahí comienza su jornada.

Sixta se encarga de una cuadrilla de 18 mexicanos, todos indocumentados, quienes reciben 10.50 dólares, por hora.

“Yo no he visto a un americano que venga y que se ponga a podar unas matas de uva. Eso es lo que me da coraje, porque yo digo: ¿Por qué dicen que vinimos a quitarles el trabajo? Porque yo no vine y les dije: Soy mejor que tú y déjame el lugar”, asegura.

Agrega que como trabajadores del campo no tienen ningún beneficio, “nosotros no tenemos días festivos, no tenemos prestaciones, no tenemos aguinaldos, no tenemos nada”.

Hace 18 años, el esposo de Sixta fue asesinado en Cuernavaca, Morelos; era policía municipal.

Debido a las amenazas, en el verano de 1999 cruzó la frontera para escapar de los riesgos e intimidaciones contra ella y su familia.

Afirma que “deportada no voy a salir, antes de que me deporten prefiero irme por mi voluntad”.

Sixta es originaria de Arcelia, en la Tierra Caliente de Guerrero; además de sus cuatro hijos, dos de ellos “dreamers”, tiene ocho nietos y uno que está por nacer.

“¿Sabe qué es lo que me da tristeza? Cuando yo voy a un parque, que quiero llevar a mis nietos a que se diviertan un poco en el parque, hay mucho americano que está tomando, drogándose, pidiendo dinero”, comenta.

Tras 10 horas en el campo, termina la jornada; para Sixta es cosa de todos los días tener cansancio, dolores en el cuerpo y las manos rasgadas.

“Mis manos no eran para que yo las tuviera maltratadas, porque soy una mujer, soy una dama, aunque no tenga una preparación. Mis manos están maltratadas, mis manos tienen callos como si fueran de hombre y no me avergüenzo de mostrar mis manos ante millones de personas, que miren mis manos porque estas manos les han dado de comer a mis hijos, estas manos han ayudado a mis padres, estas manos le han dado dinero al Gobierno, estas manos le han llevado una fruta a su mesa al Donald”, señala.

“Cómo es posible que nos traten de esta manera, cómo es posible que no se den cuenta que somos gente que podemos producir, que podemos ayudar al país a salir adelante”, apunta. ​

 

Con información de Alan Pérez.

 

RMT

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