¿Por qué nos da tanta hambre después de beber?

Todos hemos ido, alguna vez, por un último taco después de una noche de copas. Ese taco bien conocido, es un rito que se repite en todo el mundo: puestos de hot dogs afuera de antros y bares, hamburguesas, kebabs, pizzas o cualquier tipo de delicia local, suelen acompañar a los más desvelados.

La relación entre beber considerables cantidades de alcohol y comer más de lo normal ha quedado ya comprobada científicamente. ¿Pero por qué comemos tanto después de beber? ¿Qué significa ese singular apetito que se dispara, sin otra razón, en las altas horas de la madrugada?

El alcohol es el segundo nutriente con mayor densidad de calorías -después de la grasa- y, en principio, después de beber grandes cantidades de este embriagante, no deberíamos sentir hambre. Así, es evidente que, cuando comemos después de una noche de copas, no lo hacemos por hambre o por necesidad calórica. Pero, es un hecho, el alcohol se ha utilizado para estimular el apetito desde hace más de quince siglos: hoy, por ejemplo, todavía existe una amplísima cultura del llamado aperitivo.

Así que se crearon una buena cantidad de hipótesis científicas para explicar este comportamiento. Algunos argumentaron que el alcohol provoca una estimulación en nuestra sensibilidad olfativa hacia la comida; otros pensaron en una aproximación más social: el alcohol inhibe, entre muchas otras cosas, nuestras restricciones sociales a la hora de comer y nos permite dejar de lado la pena para consumir calorías sin recato. Sin embargo, ninguna de estas hipótesis laterales explicaba completamente este misterio común del hombre… hasta ahora.

Kjersti Magnussen

Científicos explican por qué beber mucho causa hambre

¿Por qué nos ponemos hambrientos con el alcohol?

Un grupo de científicos del Instituto Francis Crick del Reino Unido ha encontrado una posible hipótesis para responder a esta extraña pero elusiva pregunta. Los investigadores inyectaron una dosis similar a nuestra ingesta de alcohol en una noche de juerga en el abdomen de unos ratones de laboratorios. El equivalente, para estos pequeños roedores, era de unas diez cervezas o dos botellas de vino en un humano. Una buena noche, pues.

Luego, los científicos midieron, durante tres días, su ingesta de comida. Y sí, como era de esperarse, los ratones que habían ingerido alcohol comieron un 25% más que los bien portados ratones sobrios del grupo de control. Así, los investigadores probaron también una hipótesis en este experimento. Midieron la actividad de las neuronas que regulan la proteína r-Agouti (o AgRP por sus siglas en inglés) en el cerebro de los ratones embriagados. Esta proteína está íntimamente relacionada al ciclo alimenticio de estos roedores: se trata de un neuropéptido que se origina en el hipotálamo y que regula diferentes funciones de su ingesta energética cotidiana.

Así, los científicos se dieron cuenta de que había mucha más actividad eléctrica en estas neuronas dentro de los cerebros de los ratones que habían ingerido cantidades considerables de etanol. Al mismo tiempo, cuando los científicos suprimieron los efectos de la AgRP, el apetito de los ratones regresó a la normalidad.

¿Pero qué quiere decir esto para los humanos y sus tacos de madrugada? Pues que los ratones tienen una regulación del sistema alimenticio particularmente cercana a la del hombre (que también produce la AgRP). Y eso significa que es muy posible que el etanol estimule una proteína que despierta nuestro apetito.

¿Por qué importa este estudio?

Si se preguntan, ahora, por qué importa tanto este estudio, deben saber que la ingesta de alcohol es una de las principales causas de obesidad en el mundo. El hecho de que se compruebe científicamente la relación entre una alta ingesta de alimentos y el consumo de alcohol es un principio para comprender y prevenir la obesidad ligada a estos hábitos.

Así que, sin duda, debemos agradecer a esos valientes pequeños ratones borrachos por hacernos entender mejor por qué las madrugadas saben tan delicioso… y por qué estos hábitos pueden ser peligrosos.

Con información de Science Alert

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