La aterradora historia de H. H. Holmes, el “Don Juan del crimen”

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Herman Webster Mudgett, el "Don Juan del crimen".

La historia de Herman Webster Mudgett, estafador y asesino serial estadounidense, es tan perturbadora como fascinante, pues reúne varios elementos que parecen sacados de una novela exagerada de suspenso.

Doctor Seductor

Mudgett nació un 16 de mayo de 1861, en New Hampshire. El rumbo que seguiría su breve pero intensa vida empezó a delinearse desde sus primeros años, cuando tuvo que lidiar con una madre puritana y un padre abusivo. Poco a poco, empezó a sentir un profundo odio contra las mujeres, esto lo llevó a buscar la forma de aprovecharse de ellas.

Además de ser físicamente agraciado y vestir de forma elegante, Mudgett tenía un encanto especial para atraer a las mujeres. Aprovechando este talento a los dieciocho años enamoró a una joven llamada Clara Louering, perteneciente a una familia rica de la época. Al poco tiempo se casó con ella y se pagó los estudios de medicina en la Universidad de Michigan. Al graduarse, Mudgett dejó a su esposa.

Su próxima víctima fue una viuda propietaria de una casa de huéspedes, de la que se aprovechó por varios meses antes de viajar a Chicago; ahí sedujo a la también millonaria Myrta Belknap y mediante la falsificación de documentos le estafó 5 mil dólares.

Al poco tiempo cambió su nombre a H. H. Holmes, y se volvió amante de otra viuda. De manera quirúrgica se aseguró de alterar sus documentos contables y luego la desapareció para volverse dueño de sus bienes.

El Hotel del Terror

Con todo el dinero que juntó engañando mujeres, el Dr. Holmes empezó a construir un castillo que funcionaría como hotel. Fue inaugurado en 1892, justo a tiempo para comenzar a recibir a los visitantes que llegarían a Chicago con motivo de la Exposición Universal que comenzaría el 1 de mayo de 1892.

Durante los seis meses que duró ese evento, el hotel operó bajo una prospera y aparente calma, sin embargo, en su interior ocurrían verdaderas atrocidades.

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Y es que desde su construcción, Henry Howard Holmes se encargó de que cada habitación pudiera cerrarse herméticamente, tuviera trampas y accesos secretos a una red de pasillos laberínticos, además de que los espejos en realidad eran ventanas desde las que Holmes podía espiar a los clientes.

De entre las mujeres que llegaba al hotel, Holmes elegía a las que fueran ricas, se hospedaran sin compañía y provinieran de un estado lejano.

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En el momento menos pensado, un sistema oculto liberaba gas para asfixiar a la ocupante de la habitación.  Después, los cadáveres eran llevados en un montacargas y eran arrojados en unos toboganes que llevaban hasta una bodega; ahí los cuerpos eran disueltos en cubetas de ácido sulfúrico o incinerados.

Otras veces la víctima no moría, y era torturada de diversas formas, por ejemplo, había una máquina les hacía cosquillas en los pies hasta matarlas de risa, o bien, se les hundía en un bote lleno de cal.

Cambio de giro

Al terminar la Exposición Universal en Chicago, el hotel empezó a perder clientela y los costos de mantenimiento lo hicieron inviable. Entonces el doctor encontró una nueva forma de subsistir: Estafando a empresas aseguradoras.

Primero incendió el último piso de su hogar para reclamar una prima de 60 mil dólares. Para su desgracia la aseguradora descubrió su plan, y Holmes escapó a Texas donde siguió realizando estafas. Una de ellas incluso lo llevó a la cárcel, aunque pagó una fianza y pronto salió libre.

Al salir de prisión se asoció con un hombre conocido como Pitezel y juntos idearon un nuevo golpe delictivo: Pitezel contrataría un seguro de vida en Filadelfia y poco después conseguirían un cadáver al que desfigurarían para hacerlo pasar por el asegurado; la mujer de Pitezel cobraría el seguro, mientras el “supuesto muerto” se escondería un rato en Sudamérica. El dinero obtenido sería repartido entre Holmes y su cómplice.

El plan sufrió una pequeña variable, cuando Holmes decidió asesinar al Pitezel real (y así evitarse el problema de buscar un  cadáver). Una vez que la señora Pitezel cobró el seguro, Holmes se deshizo tanto de ella como de sus hijos.

El descubrimiento

Cuando estuvo preso, Holmes fue compañero en prisión de Marion Hedgepeth y le contó varios de sus crímenes. No pasó mucho tiempo antes de que Hedgepeth presentara una denuncia y Holmes fuera investigado por un detective contratado por la aseguradora defraudada.

Las investigaciones demostraron que Holmes asesinó de Pitezel y su familia. Cuando las autoridades catearon el hotel se toparon con hallazgos macabros, como instrumentos de disección, herramientas de tortura, o un horno con capacidad para quemar cuerpos humanos. En el juicio varios ex trabajadores de Holmes declararon en su contra (uno de ellos recibía 36 dólares por cada cadáver que descarnaba).

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Finalmente Holmes confesó haber asesinado a veintisiete personas (aunque en realidad varios criminólogos le atribuyen más de 200 muertes) y el Tribunal de Filadelfia lo condenó a muerte.

“El Don Juan del Crimen” fue ahorcado un 7 de mayo de 1896, a la edad de 34 años.

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