Por qué el fantasma de Watergate sigue acechando la Casa Blanca

Richard Nixon, Donald Trump, Roger Stone, Watergate

(AP Photo/Jae C. Hong)

Watergate, el nombre de una manzana en Washington D.C. ocupada por varios inmuebles, entre ellos, el edificio de oficinas de Watergate, donde se prendió la mecha de uno de los escándalos políticos más importantes y trascendentes de la historia de Estados Unidos.

Fue la madrugada del 17 de junio de 1972 cuando cinco hombres ingresaron a este inmueble a escondidas. Su objetivo: el sexto piso, el cual albergaba al Comité Nacional Demócrata. Pero antes de que pudieran cumplir su meta, los ladrones fueron descubiertos y arrestados por la policía.

Aunque al principio los medios no le dieron mayor importancia al incidente, la labor periodística de Bob Woodward y Carl Bernstein terminó por destapar un escándalo que desembocaría en la renuncia de un presidente. Los reporteros del Washington Post descubrieron que los ladrones fueron reclutados por el Comité para Reelegir a Richard Nixon, y su intención en Watergate era esconder micrófonos para espiar a los demócratas.

Bajo el juicio de los historiadores, Nixon no ha sido el peor presidente de la Unión Americana. Desde que arrancó su administración en 1969, se empeñó en reparar las relaciones con China, empujó a las fuerzas militares hacia una retirada de Vietnam, y creó la Agencia de Protección Ambiental. Sin embargo, su lugar en la historia fue manchado por eventos desafortunados como su declaración de guerra contra las drogas o la recesión económica provocada por el embargo de la OPEP.

Pero su defecto más grande fue su personalidad paranoide.

A pesar de que Nixon ganó la campaña presidencial de 1972 sin problema alguno, el presidente republicano le exigió a sus asesores y estrategas que estuvieran al corriente de cada paso, cada estrategia, cada conversación de sus rivales. Aunque el apoyo otorgado por el pueblo americano era bastante amplio y sólido, Nixon no se mostraba abierto a otro recurso más que a la “guerra sucia”.

Los medios rastrearon las huellas que dejaron los arrestos de Watergate y el sistema de justicia tuvo que cumplir con su labor, no obstante los obstáculos que interpuso el poder ejecutivo. A final de cuentas, la Casa Blanca fue implicada en el caso de espionaje gracias a una serie de grabaciones que involucraban al presidente y a su círculo interno.

Antes de someterse a la humillación de un juicio político, Nixon prefirió dimitir a la presidencia. Esto fue el 9 de agosto de 1974, a dos años y medio de que concluyera su mandato.

Las heridas que dejó la renuncia de Nixon nunca terminaron de cicatrizar en la conciencia colectiva de la nación estadounidense. Todavía en la actualidad podemos escuchar ecos de aquel escándalo, solo que ahora, en la era Trump, los podemos oír con mayor claridad que nunca.

Esto se debe a tres factores:

Richard Nixon, Donald Trump, Roger Stone, Watergate
Ex-director del FBI, James Comey (AP Photo/Alex Brandon)

De Richard Nixon a Donald Trump: el fantasma de Watergate

1. RUSSIAGATE

Cuando las investigaciones por Watergate empezaron a tocar las puertas de la Casa Blanca, Nixon hizo todo lo posible por obstaculizar los avances del FBI y, más tarde, del Congreso estadounidense controlado por los demócratas. Los paralelos entre Nixon y Trump son inquietantes.

Trump actualmente es investigado por el FBI, sospechoso de establecer contactos con agentes rusos, lo cual indicaría una potencia extranjera tuvo influencia directa sobre las elección presidencial de 2016. Así como Nixon se deshizo de los asesores que tenían conocimiento del espionaje en Watergate, Trump exigió la renuncia de oficiales que hayan tenido contacto con Rusia, incluyendo su Consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn.

Irritado por la inexorable investigación del FBI sobre Flynn, Trump le pidió directamente al director del Buró, James Comey, que desistiera de una vez por todas. Al recibir una negativa a su solicitud, el presidente halló el momento para despedir a Comey, cortando la cabeza de la entidad encargada de investigar a la Casa Blanca. Por esta acción, los críticos del presidente ya lo tienen en la mira por abuso de autoridad.

2. ROGER STONE

El fantasma de Watergate ronda los pasillos de la Casa Blanca, casi de manera literal. Donald Trump tiene un vínculo directo con este escándalo y esto se debe a Roger Stone, el excéntrico estratega política que jugó un papel importante en la campaña presidencial de Trump.

Aparte de tener un altar de parafernalia de Nixon en su hogar (¡incluyendo un tatuaje de Nixon en su espalda!), Stone es el manual encarnado de cómo emprender la guerra sucia en el terreno electoral estadounidense, un atributo que Trump supo aprovechar en los primeros meses de su campaña.

El documental Get Me Roger Stone nos cuenta que el estratega apenas tenía 19 años cuando dio su declaración al Gran Jurado por el incidente en Watergate, el más joven de los testigos. Aunque Stone no se vio directamente implicado por el escándalo, sí trabajó para su ídolo personal en el polémico Comité para la Reelección de Richard Nixon.

Fueron varias las mañas que aprendió en aquellos días de las cuales él mismo se jacta.

Richard Nixon, Donald Trump, Roger Stone, Watergate
(AP Photo/Seth Wenig)

De Richard Nixon a Donald Trump: el fantasma de Watergate

3. TWITTER

La paranoia de Richard Nixon era tal que el presidente permitió que se instalaran micrófonos escondidos en la Casa Blanca, incluyendo en el Depacho Oval (Nixon alega que los micrófonos estaban ahí desde la administración de Lyndon Johnson, pero él dejó que se quedaran). Este truco sucio del presidente terminó por perjudicarlo cuando la Suprema Corte de Justicia negó la petición de la Casa Blanca de mantener la privacidad de las grabaciones, citando privilegio ejecutivo.

El equipo de Nixon no tuvo otra opción más que entregar las cintas al fiscal especial. El contenido de las cintas terminaron por proporcionar la evidencia necesaria para abrir el debate en el Congreso sobre un juicio político, desenmascarando el abuso de autoridad del presidente de los Estados Unidos.

Donald Trump tal vez no tenga cada rincón de la Casa Blanca bajo la mirada de las cámaras o con micrófonos escondidos, pero si hay algo que lo puede implicar en un futuro es su empleo sin mesura de Twitter.

El presidente ha sido criticado en numerosas ocasiones por proporcionar información engañosa o exagerada por esta red social. También ha usado Twitter para promover los negocios de su familia (algo que está prohibido mientras funge como servidor público) e incluso sus propios asesores le han pedido que le ponga un freno a sus publicaciones, especialmente cuando se trata de contenido sensible en política exterior.

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