Sin ciencia no hay paraíso

(Photo by Christopher Furlong/Getty Images)

Los mexicanos no sabemos de ciencia y es más grave de lo que pensamos

Los mexicanos confían más en los horóscopos que en la ciencia. El dato proviene de José Franco, titular de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ciencia y Tecnología (2015), llevada a cabo por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en 5.2 en una escala de 10, los mexicanos califican pobremente en el terreno del conocimiento científico.

La situación exige una mirada aguda, desprovista de simplismos: ante un dato así, podría resultar fácil hacer una división entre los cultos y los incultos; sin embargo, el problema toca algunas de las aristas más importantes de nuestra economía, nuestra educación y de nuestra vida política.

¿Qué sucede con una ciudadanía desentendida del saber científico y su investigación, cuáles son las causas y los efectos de dicho marco?

(Photo by Peter Macdiarmid/Getty Images for Somerset House)

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Los datos, las funciones

Los mexicanos poseemos una relación de ambivalencia con la ciencia y la tecnología: hay nexo de confianza-desconfianza con ellas y, además, existen diferencias generacionales en cuanto a la forma de acoger dichos saberes. Los adultos mayores aprecian menos el saber científico, los jóvenes lo acogen más. De acuerdo con José Franco, astrónomo, existe “una mezcla entre la valoración y el miedo, el desprecio y el desinterés. Ambos aspectos conviven: por un lado, se aprecia el conocimiento científico, pero también el mágico, las creencias religiosas o esotéricas”. En cuanto al aspecto generacional, la diferencia más notable radica en los grupos de 15 a 24 años, y de 55 a 64: los primeros responden con una calificación de 6.2, mientras que los segundos tienen una de 3.8. Por otra parte, más allá de la edad, también hay factores en cuanto al grado de estudio y nivel socioeconómico: los encuestados sin escolaridad registraron una nota de 3.1; los que tienen la primaria calificaron con 4.4; los que terminaron la secundaria sacaron 5.1; los que poseen bachillerato obtuvieron 6.3; los que terminaron estudios universitarios o de posgrado, calificaron con 6.5. Ante la pregunta sobre si los científicos mexicanos hacen grandes aportes a la sociedad, el 34.2% estuvo muy de acuerdo, el 35.9% estuvo algo de acuerdo y el 30.6 se manifestó nada de acuerdo.

Los datos anteriores significan poco si no se hace una pequeña revisión del concepto de ciencia. De acuerdo con un artículo de René Drucker Colín, la ciencia es un conjunto sistematizado de conocimientos adquiridos mediante un riguroso método. Así, la labor del científico consiste en generar conocimiento. Además, hay algo importante que señalar: si en el mundo se invierte en disciplinas científicas, esto se debe a la búsqueda de alcanzar conocimientos que se traduzcan en beneficio económico como en mejoras en la calidad de vida de la gente. Es decir, la ejecución científica, cuando se lleva a cabo responsablemente, cumple una función de bienestar social. ¿Desde cuándo se investiga y enseña la ciencia en México?

CENAPRED monitoreando actividad de volcán.
CENAPRED monitoreando actividad de volcán. (Photo by Susana Gonzalez/Newsmakers)

CENAPRED monitoreando actividad de volcán. (Photo by Susana Gonzalez/Newsmakers)

 

De acuerdo con un artículo firmado por varios autores, entre los que figura José Franco, el proceso inició en nuestro país a partir del siglo XIX, durante el gobierno de Benito Juárez. Su proyecto hizo énfasis en dos pilares: la educación y el desarrollo de instituciones científicas. Después, durante el siglo XX, hubo un fortalecimiento del sistema educativo mediante la gestación de instituciones de educación superior. Durante los primeros años del siglo XXI, aún se gestan reformas para impulsar ciencia y tecnología en el país.

Entonces, ¿qué sucede que tantos mexicanos califican tan pobremente en estos terrenos? Y sobre todo, ¿cuáles son los efectos de dicho desentendimiento?

Investigación e industria

En un comunicado de prensa, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) informó que, desde hace tres años, el gobierno federal decidió apostar más a la ciencia y a la tecnología. ¿Cómo? Con un incremento a su presupuesto. Así, de 2012 a 2016 aumentó un 46% el recurso federal en ciencia y tecnología: pasó de 59 mil 323 millones de pesos a 91 mil 650 millones. Además, el gasto en investigación y desarrollo experimental (GIDE) pasó de 0.43% del producto interno bruto (PIB), lo asignado en 2012, a 0.57% en 2016. La razón de dichos aumentos fue, según el comunicado, impulsar el conocimiento y la innovación como una vía hacia el crecimiento económico sustentable, favorecer el desarrollo humano, posibilitar una mayor justicia social, democracia, paz y soberanía nacional.

Axolote.
Axolote. (AP Photo/Dario Lopez-Mills)

Axolote. (AP Photo/Dario Lopez-Mills)

 

Por otra parte, Enrique Cabrero Mendoza, director general de Conacyt, mencionó hace algunos meses que, si México no apuesta por una política que lo inserte en la economía del conocimiento, sufriremos las consecuencias en 25 años. Es que, con una frecuente automatización de los procesos de producción, el bajo costo de obra mexicana puede dejar de ser atractivo para la industria y cada vez llegarán menos capitales extranjeros. En 25 años, los sectores en los que México es productivo se automatizaran en un 85%.

Es preciso señalar aquí dos preguntas importantes:

  1. ¿Qué pasará con esa mano de obra de bajo costo una vez que México alcance el estándar competitivo de automatización industrial?
  2. ¿No será que la función de la ciencia y la tecnología, desde sus órganos estatales, está demasiado enfocada a sus aplicaciones industriales?

En efecto, la inversión en ciencia debe buscar repercusiones y efectos favorables en la economía del país. Sin embargo, los incrementos presupuestales mencionados no han tenido consecuencias deseables en cuanto a la relación de los mexicanos con el conocimiento científico. La razón es que hay otro factor más allá de la industria que debe ser considerado: la educación.

(Photo by John Moore/Getty Images)

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Crisis de educación

No estamos bien en materia educativa. De acuerdo con el estudio anual de la ONU, nuestro problema en educación es grave: el promedio escolar de los estudiantes mexicanos está debajo del de algunos países clasificados en estado de “bajo desarrollo”. La escolaridad media –los años que han estudiado los adultos– de los mexicanos tiene un promedio de 8.5 años, es decir, la mayoría de nosotros no terminó la secundaria. La expectativa de escolaridad –el tiempo que se estima que un alumno pase en la escuela antes de dejarla– es de 12.8, esto es, la mayoría de los estudiantes sólo llegarán al final de la preparatoria.

Recordemos: según la Encuesta Nacional de Ciencia y Tecnología, los encuestados que cuentan con secundaria calificaron con 5.1 y los que poseen bachillerato obtuvieron 6.3 en conocimientos sobre temas científicos. En efecto, el Estado ha incrementado sus inversiones en ciencia y tecnología durante los últimos años. Entonces, ¿por qué los mexicanos estamos tan mal en dichos conocimientos?

Existe una brecha notable entre la inversión a ciencia y tecnología y su divulgación. Cierto enfoque industrialista de la ciencia tiene un papel en los resultados de la Encuesta Nacional de Ciencia y Tecnología: si el sentido del conocimiento científico se dirige sólo a la industrialización, entonces la ciencia queda desposeída de su vertiente intelectual y humana.

Y si hay una brecha educativa en materia de ciencia, también hay algo de política en el problema.

Ciencia y democracia

Fernando Broncano, catedrático de Filosofía de la Ciencia, nos recuerda algo que debemos tener en cuenta: si se secan las raíces de la ciencia, también se secan las raíces de la democracia. Ciencia y democracia son dos artefactos que se determinan y alimentan uno a otro. Broncano nos recuerda que las democracias contemporáneas se fundamentan en buena parte en políticas públicas de sanidad, medio ambiente, seguridad, control de la economía. Todos estos terrenos exigen capacitación científica y tecnológica. Es cierto: el conocimiento de los expertos es una parte medular de las instituciones democráticas. No obstante, ese mismo saber experto puede ser el responsable de la brecha y la distancia respecto de la sociedad no científica. En ocasiones, reconoce el académico, el saber de la ciencia puede caer en elitismos intelectuales.

¿México padece un problema así? Algo queda claro: nuestras instituciones públicas encargadas del fomento a la ciencia, parecen más preocupadas por su aplicación industrial que por su divulgación educativa.

¿Cómo saber de qué manera funcionan nuestras instituciones si sus mecanismos y objetivos son desconocidos por una gran parte de la población? He allí una de las preguntas más sensibles de este problema.

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