Así se preparan los multimillonarios para el fin del mundo

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Los multimillonarios de Silicon Valley y Wall Street se preparan para un colapso de la civilización

Piénselo: si el apocalipsis estuviera cerca, valdría la pena resguardarse en un lugar seguro, pero para algunos la seguridad tal vez no sea suficiente, ya que necesitan refugiarse… con estilo. Decenas de multimillonarios, pertenecientes a las élites económicas de Silicon Valley y Wall Street, se están preparando para un eventual estallido político-social, o bien, cualquier tipo de catástrofe de dimensiones mundiales. El punto es estar listo. Muchos de ellos han comprado, de pronto, kilómetros y kilómetros de terreno en Nueva Zelanda. También tienen vehículos llenos de combustible y armas, sólo por si acaso.

La situación actual del mundo es tan preocupante como impredecible. La presidencia de Donald Trump, como las recientes y radicales medidas que tomó durante la primera semana de su administración, están asustando a muchos: no sólo a los inmigrantes, sino también a los hombres más ricos del planeta. Finalmente, la brecha económica que hay entre las élites y los más pobres es cada vez mayor, y sus efectos se hacen más dolorosos.

Esta no es la primera vez que los humanos creen que el fin de la civilización como la conocemos está cerca, pero  ¿qué nos dice esta reactivación de este antiguo temor? Y, sobre todo, ¿cómo leer la forma en que los ricos se están previniendo para ello?

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Millonarios en fuga

The New Yorker publicó un reportaje enorme y revelador: una gran cantidad de millonarios estadounidenses se está preparando para un quiebre de la civilización, o bien, para un colapso de cualquier otro tipo. La situación actual del mundo parece tenerlos asustados. Así, miembros de las élites económicas –casi todos de Silicon Valley o de Wall Street– están comprando terrenos y propiedades en Nueva Zelanda para “prevenirse”. Estas personas son conocidas como survivalistas, o preppers en Estados Unidos. De acuerdo con Reid Hoffmann, co-fundador de Linkedin, más de la mitad de las élites se está alistando para ello.

Algunos casos y testimonios de esos millonarios hablan por sí mismos. Antonio García Martínez, ex ejecutivo de Facebook que vive en San Francisco, compró cinco hectáreas en una isla del Noroeste del Pacífico, donde colocó paneles solares y resguardó municiones. Además, de acuerdo con el reportaje de The New Yorker, estos millonarios tienen grupos secretos de Facebook donde discuten cuáles son las mejores máscaras anti-gas, los mejores bunkers y los lugares más alejados de los efectos del cambio climático. Uno de sus miembros, jefe de una firma de inversión, dijo allí que él guarda un helicóptero lleno de gasolina y que posee un bunker subterráneo. Por otra parte, Marvin Liao, un ex ejecutivo de Yahoo, dijo que para proteger a su esposa e hija no posee pistolas, pero recurre a otras armas: toma clases de tiro con arco. Justin Kan, co-fundador de Twitch, dijo que entre sus colegas de Silicon Valley deambula la noción de una inminente ruptura social que obligaría a los ricos a atesorar comida.

En este marco, Nueva Zelanda se ha convertido en una especie de código secreto entre los survivalistas. De acuerdo con Reid Hoffman, mencionar que acabas de comprar una casa en Nueva Zelanda es algo como un “guiño-guiño-no-digas-más”. Después de ello, en la conversación entre millonarios vendría alguna sentencia como: “tengo un amigo que vende antiguos silos de misiles a prueba de armas nucleares, tiene que ser muy interesante vivir en uno de ellos”. ¿A qué se debe esta tendencia colectiva?

Los factores son varios. Uno de ellos es la nueva y turbulenta presidencia de Estados Unidos. Durante los primeros siete días de su mandato, Trump ha llevado a cabo varias acciones radicales y preocupantes: la salida del Acuerdo Transpacífico; la construcción del muro en la frontera con México; dejar de financiar organizaciones no gubernamentales dedicadas a la salud reproductiva; un veto migratorio que impide la entrada a inmigrantes de siete países de mayoría musulmana. Hoy por hoy, Trump implica la posibilidad directa del autoritarismo.

Por otra parte, el miedo de los millonarios tiene que ver con su propia acumulación de capital. La sociedad está cada vez más molesta con las élites: los ricos se hacen más ricos, los pobres son más y más pobres. La brecha se expande. En diciembre, el Buró Nacional de Investigaciones Económicas publicó un análisis hecho por los economistas Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman. En él, encontraron que la mitad de los adultos estadounidenses han estado excluidos del crecimiento económico desde los años setenta. Aproximadamente 117 millones de personas ganan, en promedio, el mismo ingreso que percibían en 1980. Mientras tanto, el capital del 1% más rico de Estados Unidos se ha triplicado. Este grado de desigualdad provoca miedo entre la élite: un buen día, tal vez, las clases más bajas se levanten con antorchas. Robert A. Johnson, importante economista estadounidense, menciona que:

“si tuviéramos una distribución de ingreso más equitativa, y mucho más dinero y energía yendo hacia los sistemas de educación pública, parques, recreaciones, artes y atención médica, eso podría retirar muchos malestares en nuestra sociedad, hemos descuidado esas cosas”.

La fantasía del fin de la civilización, la catástrofe o el apocalipsis, no es nueva. De acuerdo con el artículo de The New Yorker, el miedo a la distopía emerge en momentos concretos: cuando hay una notable inseguridad política y rápidos cambios tecnológicos. De acuerdo con Richard White, historiador de la Universidad de Stanford, a finales del S.XIX hubo todo tipo de novelas utópicas y distópicas. Jack London, por ejemplo, publicó El talón de hierro en 1908, que trata sobre un Estados Unidos regido por una oligarquía fascista que posee casi toda la riqueza disponible. En esa época, los estadounidenses estaban maravillados con los nuevos usos de la luz eléctrica, pero también protestando por sus bajos salarios y por sus pobres condiciones de trabajo. De acuerdo con White, entonces existía la sensación de que el poder político ya no podía tratar con una sociedad legítimamente molesta.

Libro ‘1984’ de George Orwell. (Getty Images)

Libro ‘1984’ de George Orwell. (Getty Images)

La situación anterior posee dos aristas específicas que llaman la atención:

  • a) Los survivalistas temen un colapso institucional. Dicha situación la conocen como W.R.O.L., without rule of law, es decir, “sin el mando de la ley”. En este sentido, la vida contemporánea como la conocemos yace en un consenso cada vez más frágil: si no hay instituciones que avalen el derecho de propiedad, entonces esa propiedad puede ser arrebatada de un momento a otro. En una situación de crisis política, ello aparece como un escenario plausible.
  • b) Los millonarios pueden hacerse de armamento y equipo de supervivencia privados, es decir, pueden gestar una especie de milicia personal.

El artículo de The New Yorker lo dice con una claridad inigualable: la actitud de la élite no es preventiva, sino de escape, es decir, no están buscando ayudar a resolver las causas del malestar, sólo planean cómo huir de los conflictos.

Más allá de eso, ¿qué tiene Nueva Zelanda que de pronto se ha vuelto tan atractiva?

Nueva Zelanda: pequeño paraíso post-apocalíptico

De acuerdo con una publicación de The New Zealand Herald, en 2016 más de 3 mil 500 kilómetros cuadrados de terreno de ese país fueron adquiridos por ciudadanos extranjeros. Por otro lado, según el reportaje de The New Yorker, durante los primeros siete días después de la elección de Trump, 13 mil 401 estadounidenses se registraron ante las autoridades inmigratorias de Nueva Zelanda, es decir, dieron el primer paso hacia la búsqueda de residencia. Dicha cantidad de solicitudes es más de 17 veces el promedio normal.

Nueva Zelanda posee hermosos cielos azules. Además, en evaluaciones globales, está en la lista de los diez países mejor evaluados en democracia y seguridad. Por otro lado, de acuerdo con un reporte del Banco Mundial, este país ha desplazado a Singapur como el mejor país en el mundo para hacer negocios. En The Guardian también se menciona algo al respecto: si uno quiere sobrevivir el apocalipsis, no hay mejor lugar. Cuando el resto del mundo esté estallando, el aislamiento de Nueva Zelanda –que se concebía como su mayor defecto– se vuelve un gran atractivo: la isla está muy lejos como para invadirla. Para llegar a ella desde San Francisco, hace falta tomar un vuelo de 13 horas. Además, el clima político es mucho más estable que en Estados Unidos.

El país posee un esquema de inversión que permite a los inmigrantes ciertos beneficios: si invierten poco más de 6 millones de dólares estadounidenses en Nueva Zelanda durante tres años y se quedan allí al menos 44 días, los extranjeros pueden ganar residencia permanente. Al departamento migratorio no le importa si esos compradores están asustados por la llegada del apocalipsis.

No obstante, ya se han alzado algunas voces inconformes. Iain Lees-Galloway, del Partido Laborista de Nueva Zelanda, mencionó que las leyes gubernamentales deberían desalentar que los no residentes compren propiedades sólo por miedo. Además, dijo que:

“Nueva Zelanda es percibido como un país muy estable, seguro y amigable, así que puedo imaginar que no sólo los ricos, sino todo tipo de gente, podría pensar que le gustaría vivir aquí. […] Vamos a responder a esta nueva realidad en nuestros propios términos”.

No obstante, el paraíso de Nueva Zelanda no es la única opción para los survivalistas. Hay otras alternativas más específicas, más simbólicas.

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El reportero de The New Yorker relata una experiencia impactante. Fue en Kansas, cerca del poblado de Wichita y poco después de Concordia. Estaba buscando un búnker y lo encontró. Llegó a una enorme puerta de acero, resguardada por un guardia vestido en camuflaje que portaba un rifle. Entró en el lugar y llegó hasta donde estaba Larry Hall, el CEO de The Survival Condo Project. El sitio es un complejo de departamentos de lujo construido en un antiguo silo de misiles, es decir, un lugar que almacenó arsenal nuclear desde 1961 hasta 1965. Así es: en un sitio concebido para la amenaza nuclear de la Guerra Fría, Hall creó departamentos exclusivos para los millonarios que buscan resguardarse del fin de la civilización. Los ultra-ricos, dice, “pueden venir aquí, ellos saben que hay guardias armados afuera. Los niños pueden correr por ahí”.

El condominio cuenta con doce departamentos: los pisos completos se anuncian en 3 millones de dólares y los medios pisos se cotizan a la mitad del precio. Hall ya ha vendido todas las unidades, menos una, que es para él. Así pues, en caso de una crisis severa, su equipo de camionetas blindadas recogerá a los inquilinos dentro de un radio de 400 millas.

Hall tuvo que diseñar un ambiente para evitar la depresión entre sus compradores, una vez que estén viviendo allí. Entre las medidas que tomó para ello, hay una que llama la atención: en las paredes del condominio hay “ventanas” de luces LED. Estas muestran videos del paisaje exterior que está sobre el refugio. No obstante, el inquilino es libre de elegir el video que más le plazca. Una residente de Nueva York quiere imágenes de Central Park: todas las estaciones del año, día y noche, el ruido de las calles. Para proteger este pequeño paraíso, el sitio está permanentemente rodeado de guardias y tiradores.

El condominio posee un gran poder simbólico: es un lugar que primero funcionó como almacén de armas nucleares y que luego se convirtió en un refugio ultra exclusivo. La idea de las pantallas que simulan el exterior –el que se desee– es particularmente sensible: los consumidores de los departamentos están dispuestos a vivir en un escenario sintético durante el fin de la civilización. No sólo se trata de sobrevivir la hecatombe, ni de la añoranza por un mundo perdido. Se trata de sobrevivir con estilo, esto es, sin perder los beneficios de su gran acumulación de capital. Y para defenderlo, para proteger su riqueza, también se han procurado un pequeño ejército de resguardo.

El fenómeno de los millonarios survivalistas arroja preguntas importantes, concernientes a los tiempos que corren. El miedo de estas élites parte, en una medida importante, de la brecha entre su ingreso y el de las mayorías más pobres: yo, como pocos, tengo muchísimo y el resto podría sublevarse, pues vive muy precariamente. En vez de atacar la raíz del problema, de despojarse de sus excesos, los survivalistas optan por huir y garantizarse sus acumulaciones.

La pregunta, pues, es qué tipo de relación sostienen estos millonarios con su propia riqueza, quién rige a quién: ¿los ejecutivos son capaces de controlar su dinero con templanza, o es el dinero quien dirige las acciones de los ejecutivos?

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