Osama bin Laden, Zbigniew Brzezinski, Unión Soviética, Afganistán

El político estadounidense que creó al Qaeda para vencer al comunismo

Pocas figuras en los pasillos del poder en Washington han gozado de tanta influencia sobre la política exterior de Estados Unidos como Zbigniew Brzezinski. Oficialmente, el polémico politólogo es reconocido por el puesto que ejerció como Consejero de Seguridad Nacional durante la presidencia de Jimmy Carter (1977-1981), y aunque fue bastante considerable el impacto que tuvo en los cuatro años de Carter, Brzezinski se mantuvo por el resto de su vida como una de las voces más relevantes dentro del marco de las relaciones internacionales.

Zbigniew Brzezinski falleció el viernes, 22 de mayo, en un hospital de Falls Church, Virginia, de acuerdo al anuncio que hizo su hija, Mika Brzezinski, conductora de MSNBC. Tenía 89 años de edad.

Aunque Zbigniew Brzezinski (pronunciado ‘se-BIG-nev bre-ZINS-ki’) solía ser asociado con el partido Demócrata por su relación de trabajo con Carter y Lyndon B. Johnson, su postura ideológica se inclinaba todavía más a la derecha de varios halcones del partido Republicano, incluyendo su contemporáneo, Henry Kissinger. Al igual que el exsecretario de estado de Richard Nixon, él no era estadounidense por nacimiento.

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Zbigniew Brzezinski, Jimmy Carter (AP Photo/Bob Daugherty, File)

Zbigniew Brzezinski, el enemigo de la Unión Soviética

Brzezinski nació en Varsovia en 1928, hijo de un diplomático polaco que estuvo estacionado en Alemania a inicios de los 30, y luego en la Unión Soviética a mediados de aquella década tan turbulenta. Ya desde la infancia, Brzezinski fue testigo de los excesos cometidos en ambos extremos del espectro político: la Alemania Nazi de Hitler y la Unión Soviética de Stalin. Afortunadamente, la familia de Brzezinski fue enviada a Canadá en 1938 para que el padre fungiera como cónsul en Montreal. Al año siguiente, Polonia fue invadida por Rusia y Alemania. Alrededor de 6 millones de polacos murieron durante la Segunda Guerra Mundial.

Muchos años después, Brzezinski dijo en una entrevista:

La extraordinaria violencia que se perpetró contra Polonia afectó mi percepción del mundo y me hizo mucho más sensible al hecho de que una gran parte de la política mundial es una lucha fundamental.

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Jimmy Carter con José López Portillo. Zbigniew Brzezinski en medio. (AP Photo)

Zbigniew Brzezinski, el enemigo de la Unión Soviética

La reputación política de Brzezinski se mide en base a su desprecio por el sistema comunista en general, y la Unión Soviética en particular. Algunos de sus críticos ven su afán contra los rusos como una vendetta personal por el control soviético de Polonia, su país natal, durante la Guerra Fría. No había conflicto internacional en el que Brzezinski no buscaba la forma de propinarle un golpe a los acérrimos rivales de la democracia occidental, no obstante las consecuencias a largo plazo.

En su obsesiva misión de socavar la influencia soviética, directa o indirecta, Brzezinski jugó un papel clave en operaciones como el fallido rescate de los rehenes estadounidenses en Irán (el consejero creía que el ayatolá Jomeini buscaba entablar un diálogo con Rusia), también construyó lazos con China para evitar que Vietnam -apoyada por los soviéticos- triunfen sobre la Camboya de Pol Pot. Pero quizás no hay otra decisión con ramificaciones tan dramáticas para los Estados Unidos como el financiamiento multimillonario de los muyahidín ante la invasión soviética de Afganistán.

La mayoría de los estadounidenses están cerca de la ignorancia total sobre el mundo. Son ignorantes. Es una condición poco saludable en un país en el que la política exterior tiene que ser respaldada por el pueblo si se desea apegarse a ella. Y hace mucho más difícil para cualquier presidente perseguir una política inteligente que le haga justicia a la complejidad del mundo.”

A pesar de la poca fe que mostró hacia la sociedad que lo adoptó, Brzezinski era un hombre convencido en el liderazgo de Estados Unidos como la base que aporta estabilidad bajo el tablero mundial, “el portador de la esperanza humana”. En uno de los tantos libros que escribió a lo largo de su trayectoria (Power and Principle) escribió: “Pensé que era importante tratar de aumentar el impacto ideológico de América en el mundo.”

Desde el punto de vista de Brzezinski, Estados Unidos quedó traumada con la derrota en Vietnam. El país necesitaba una nueva oportunidad para recuperar su orgullo y para reafirmar la fuerza de las instituciones de la democracia liberal ante la amenaza comunista. Dicha oportunidad se presentó en un remoto país de Asia Central controlado por un gobierno subordinado a las políticas de su vecino, la Unión Soviética, liderada en aquel entonces por Leonid Brézhnev.

Los muyahidín agrupaban a varios grupos inconformes con el sistema socialista impuesto por el Partido Democrático Popular de Afganistán tras el golpe de estado de 1978. Estos grupos, de tendencia tradicionalista, veían el conflicto como una guerra santa, o un “yihad”. Al año siguiente, grupos rebeldes habían entrado en conflicto abierto con el gobierno afgano en amplios territorios del país. Mientras tanto, del otro lado del mundo, Brzezinski le escribió a Carter sobre los beneficios de apoyar a los rebeldes con ayuda económica.

Una vez que la inteligencia soviética se percató de la intervención de la CIA en Afganistán, Brézhnev se vio obligado a enviar tropas a este país para apoyar al gobierno aliado y demoler a la resistencia local. ¿Quién iba a suponer que unos pobres yihadistas iban a ofrecer tanta resistencia contra uno de los ejércitos más poderosos del mundo?

Pues bien, los rusos nunca tuvieron una estrategia sólida para contrarrestar las tácticas guerrilleras de los rebeldes en las zonas montañosas del país. Más de medio millón de soldados soviéticos murieron en una guerra que terminó diez años después, con la humillante retirada del Ejército Rojo.

Brzezinski había puesto la trampa, y como resultado, logró darle a la Unión Soviética su propio Vietnam.

Poco sabía el estratega polaco que esta maniobra iba a plantar las semillas del nuevo conflicto global tras el término de la Guerra Fría.

El apoyo económico y táctico de la CIA -a través de la Operación Ciclón- a los grupos subversivos en Afganistán les dio no solo el armamento necesario, sino el impulso que requerían para promover su lucha fuera de sus fronteras, donde había mucho islamista radical dispuesto a ser reclutado para dar su vida en pro de una “causa noble”. Un joven idealista que pertenecía a una familia influyente en Arabia Saudita escuchó el llamado y viajó hasta Pakistán para unirse a los combatientes islamistas en la lucha contra la maquinaria soviética. Su nombre: Osama bin Laden.

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(Foto por Getty Images)

Zbigniew Brzezinski, el enemigo de la Unión Soviética

El carismático bin Laden gozaba de tanta influencia entre los muyahidín -principalmente los sunitas no afganos- que en 1988 fue uno de los hombres que fundó al-Qaeda. Bajo su postura radical, Afganistán no era más que un frente más en la guerra santa entre los imperialistas judeocristianos y los seguidores del profeta Mahoma. El triunfo de los muyahidín en Afganistán daría lugar a la formación del movimiento fundamentalista del Talibán a mediados de los 90, y éste llegaría a controlar el país de 1996 hasta su derrocamiento por tropas estadounidenses en 2001. Pero una fuerza más ambiciosa como al-Qaeda tenía su vista puesta sobre otros campos de batalla como Palestina y Kashmir.

Al-Qaeda formó una red de operaciones cuyo medio preferido de combate no era el conflicto armado sino el acto terrorista. Bin Laden comprendía que las guerras del siglo XXI no se iban a decidir sobre el campo de batalla sino en los medios de comunicación. La guerra mediática iba a permitir que su mensaje pudiera resonar en todos los rincones del mundo a través de un solo acto que despertara la atención de 6 mil millones de personas: una explosión en una embajada o en un camión de pasajeros, o un par de aviones dirigidos contra el máximo símbolo del capitalismo moderno.

Ni siquiera un estratega tan brillante como Brzezinski era capaz de percibir el potencial destructivo de aquel grupo de rebeldes pobres. Es probable que Brzezinski haya menospreciado a sus humildes aliados, así como los soviéticos menospreciaron a sus enemigos.

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