¿Qué estamos haciendo en México por la vida animal?

¿Vale la pena salvar cualquier tipo de vida?

En el mundo quedan vivos menos de treinta ejemplares de vaquita marina. Cuando esos individuos mueran, será una especie tan extinta como los dinosaurios. Durante los últimos veinte años, sabíamos que esta situación podía cumplirse y hubo varios esfuerzos por impedir que sucediera. Sin embargo, hicieron falta acciones más determinantes para lograrlo. ¿Cómo es que una especie puede extinguirse justo frente a nuestros ojos? ¿Qué ocurrió para que no pudiera hacerse lo necesario? ¿Valía la pena poner en juego más cosas con tal de salvar a la vaquita marina?

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Una mexicana del norte

La vaquita marina es una especie endémica de nuestro país. Eso significa que su hábitat natural sólo existe en México. Se trata de un cetáceo chico con dientes, que pertenece a la familia de las marsopas; es decir, un tipo de ballena pequeña. Su hogar es el alto golfo de California (ese pedazo de mar que está entre Baja California Norte y Sinaloa).

Casi desde el momento en que la especie se registró de manera formal, fue visible que se trataba de una población escasa. Así que las labores de rescate comenzaron hace varias décadas. Desde el año 2000 Horacio de la Cueva Salcedo, que trabaja para el Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (CICESE), ha coordinado varias investigaciones sobre la vaquita marina.

En una entrevista, el académico narra algunas de las dificultades para el estudio de este animal, tan huidizo que es casi imposible de ver. Para hacer los conteos de población, los investigadores colocaron una serie de sensores acústicos que graban los sonidos emitidos por las vaquitas marinas. De acuerdo con el doctor de la Cueva, desde que el número de ejemplares fue menor a cien, la extinción se hizo casi inevitable: por la extensión del espacio donde nadan las vaquitas, es muy difícil que se formen parejas con capacidad de reproducirse.

El problema más grande que enfrenta la vaquita marina es la pesca incidental. A pesar de que es difícil ver un ejemplar en el mar por su carácter tímido y sus costumbres de nado, es muy común que algunos queden atrapados en las redes de enmalle que se usan para pescar totoaba (otra especie en peligro de extinción), camarones o curvina gólfica. Para recuperar el número de ejemplares que existía entre 1960 y 1970 (cuando se hicieron los primeros conteos) sería necesario detener la pesca en la zona durante setenta años. Desde luego, eso es imposible.

Otro investigador, llamado Ignacio Lanzagorta, explica que las vaquitas marinas tienen varios factores en su contra: se reproducen muy lentamente, su tasa de natalidad es baja, no tienen valor en el mercado de pesca y es posible que, como especie, sufran “una vulnerabilidad genética de la especie para enfrentar infecciones y enfermedades”. Estos factores, aunados a que las costumbres de alimentación de la vaquita son tan dóciles que su desaparición, concluye Lanzagorta, no causaría un gran impacto ambiental. Entonces, ¿por qué es importante mantener con vida a las vaquitas marinas?

Los esfuerzos por la conservación vs el sistema

Mariposas monarca. (Photo by Susana Gonzalez/Newsmakers)

Mariposas monarca. (Photo by Susana Gonzalez/Newsmakers)

Si hay algún responsable de la conservación de la fauna y la flora de México, es el Estado. Al menos así está asentado en nuestras leyes federales. El apartado III del artículo 79 de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente (1988), señala que “la preservación de las especies endémicas, amenazadas, en peligro de extinción o sujetas a protección especial” es responsabilidad del Estado.

Esto implica que las políticas públicas que regulan actividades como la pesca, la caza o la extracción de mineral del subsuelo deben estar respaldadas por estudios científicos de las regiones afectadas. Sin embargo, el caso de la vaquita marina planteó, desde el inicio, algunas dificultades. En primer lugar, cuando se hizo el primer conteo sistemático ya era una especie escasa (567 individuos en 1997). En segundo, la pesca es una de las actividades primordiales de los habitantes de la zona: aunque en 2015 un mandato presidencial prohibió pescar en el alto golfo de California, la actividad siguió llevándose a cabo. Finalmente, su extinción no causaría una alteración grave en el ecosistema, aunque la pérdida simbólica no sea menor.

No obstante, recientemente la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) anunció que hará una inversión de 3 millones de pesos para rescatar a la vaquita marina por medio del cautiverio. Los riesgos de hacer esto son altos debido es imposible pronosticar cómo reaccionará la especie en aislamiento: podría ocurrir que el estrés emocional por la mudanza y una incapacidad de adaptación provocaran su muerte.

El problema de la desaparición de una especie radica, primero que nada, en que se trata de un tipo de seres vivos que puede dejar de existir por influencia del hombre. Si valoramos la vida animal en algo, esto debería bastar para ser un primer motor. Además, la pérdida de una especie rara vez implica sólo eso. Aunque en el caso de las vaquitas el daño ambiental de su aniquilación sea menor, la falta de políticas ambientales integrales es una cuestión que afecta la vida humana en general. La prueba mayor de esto es el cambio climático que, en gran medida, está ocurriendo por una débil comprensión de las interacciones entre los humanos y su entorno.

Ni la creación de la Reserva de la Biosfera Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado en 1993; ni la conformación del CIRVA en 1997; ni la creación del Área de Refugio para la Protección de la Vaquita y su Programa de Protección en 2005; ni otros programas de conservación, publicados en 2007 y 2008, pudieron detener la disminución de ejemplares.

Las alertas del Comité Internacional para la Recuperación de la Vaquita (CIRVA), que se ha reunido en 1997, 1999, 2004, 2012, 2014 y 2015, siempre han ido en el mismo sentido: el factor de riesgo más importante para esta especie es la pesca incidental. Sin embargo, la impunidad y la corrupción de autoridades locales, así como el poder del comercio ilegal, han impedido que se cumpla el veto de pesca en el hábitat de la vaquita.

Cuando Peña Nieto prohibió la pesca con redes de enmalle en 2015, se planeó una compensación monetaria para los pescadores afectados; sin embargo, la entrega de los recursos económicos fue irregular. En la última reunión del CIRVA quedó claro lo siguiente:

Queda un año para que la prohibición de redes verticales expire, y es necesario tomar una decisión para que la prohibición se extienda a perpetuidad. Durante el último año de la prohibición, habrá otra estación de pesca ilegal de la totoaba. Mientras siga existiendo la demanda de la vejiga de totoaba en China, y continúe la corrupción en México, la crisis de la extinción de la vaquita se intensificará.

¿Qué pasará cuando se extinga la vaquita marina?

Vaquita marina

Vaquita marina

La respuesta es simple: nada que no esté ocurriendo ya. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cada día se extinguen 150 especies de por influencia del hombre. El planeta Tierra no veía algo así desde la extinción de los dinosaurios. La pérdida de la biodiversidad y el cambio climático son consecuencia directa del comercio desmedido y de la corrupción de los gobiernos. En tanto que la lógica que regule las relaciones entre los seres humanos y su entorno sea la del mercado, no habrá forma de encontrar vidas que valga la pena salvar.

Evitar la extinción de especies animales en riesgo es una forma de preservar la vida humana. No es necesario priorizar las luchas ni elegir la salvación de las vaquitas marinas por sobre el bienestar de las familias de pescadores. Eso sería una falsa decisión. Si para salvar a las vaquitas marinas las comunidades locales ven afectadas sus ingresos y, por tanto, su calidad de vida, entonces el problema no se está resolviendo. Mientras lo que importe sea la acumulación de bienes en manos de unos cuantos a costa de la explotación del resto, la vida humana y natural seguirá sufriendo las consecuencias.

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