¿Por qué hay en EEUU un mes entero para recordar la historia negra?

Celebrar la historia para hacer historia

Elegir una fecha para recordar algo importante ayuda a darle sentido a nuestra vida en común: celebraciones como la de año nuevo o las fiestas de cumpleaños son el antecedente de algunas otras más recientes. La ONU, por ejemplo, tiene una larga lista de “días internacionales”, creados para colocar temas relevantes en las agendas de los países integrantes de la organización, como el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial (que es el 21 de marzo) o el Día Internacional del Migrante (que es el 18 de diciembre).

Este tipo de memoria colectiva, hecha como un ejercicio consciente y consensuado, puede ser parte de los esfuerzos por hacer justicia a sectores de la sociedad que han sufrido violencia o discriminación. Sin embargo, hay ocasiones en que dedicar un solo día a hablar y difundir un tema no es suficiente. Cuando un grupo de personas ha sido excluido y silenciado sistemáticamente en los discursos oficiales, es necesario hacer algo más. Por ello, en Estados Unidos y Canadá febrero es el Black History Month, mes destinado a recordar, celebrar y alimentar la memoria de la comunidad afrodescendiente en América del Norte.

(Photo by Justin Sullivan/Getty Images)

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El origen de esta costumbre se remonta al principio del siglo XX, cuando Carter G. Woodson decidió alzar la voz sobre el hecho de que la versión oficial de la historia de EE. UU. dejaba de lado a la comunidad negra, que parecía tener un papel secundario o inexistente en el desarrollo de la nación. Woodson conocía a la perfección los programas de Historia de unas de las universidades más prestigiosas de su país: realizó sus estudios de maestría en la de Chicago (concluidos en 1907) y, los de doctorado en Harvard (en 1912).

Con el afán de transformar el estado de las cosas, Woodson y algunos amigos formaron en 1915 la Association for the Study of Negro Life and History. Un año después, en enero de 1916, Woodson fundó The Journal of Negro History (que más adelante fue renombrada The Journal of African American History), publicación dedicada al estudio de la vida y la historia de los afroamericanos.

Diez años después instituyó la “Negro History Week”, una semana destinada para hablar de temas silenciados largo tiempo alrededor de los ciudadanos afrodescendientes. En principio, se eligió febrero para la celebración por ser el mes en que nacieron Abraham Lincoln (el 12 del mes) y Frederick Douglass (el 14). La respuesta fue muy entusiasta: se formaron grupos de estudio de la historia afroamericana, se solicitaron cambios en los textos escolares para que dejaran de callar parte de la historia del país y, finalmente, un problema ignorado durante décadas salió a la luz. Medio siglo más tarde, en el marco de las celebraciones por el bicentenario de la nación en 1976, el presidente Gerald R. Ford extendió la celebración de una semana a un mes y ofreció un comunicado:

El último cuarto de siglo ha podido atestiguar finalmente avances significativos en la integración completa de la gente negra en todas las áreas de la vida nacional. Al celebrar el Mes de Historia Negra, podemos sentir satisfacción por este reciente progreso en la actualización de los ideales visualizados por nuestros Padres Fundadores. Pero, aún más, podemos albergar la oportunidad de honrar los muy frecuentemente negados logros de los estadounidenses negros en todos los ámbitos donde el progreso ha tenido lugar a lo largo de nuestra historia.

Desde luego, la disposición presidencial no hubiera existido sin el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, término comúnmente usado para referirse a una larga lucha contra la discriminación de personas afroamericanas.

Todo comenzó un 1 de diciembre de 1955 cuando una mujer negra, llamada Rosa Parks, se negó a ceder su asiento en un autobús público para un pasajero blanco. Desde luego, Parks fue denunciada y castigada por causar “desórdenes públicos”; sin embargo, un gran número de personas se manifestó para exigir su liberación y demandar un trato igualitario. A partir de ese momento, el mundo dejó de ser el mismo. El boicot a los autobuses de Montgomery logró que disminuyera la segregación racial en el transporte público.

(Photo by Justin Sullivan/Getty Images)

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Por medio de acciones directas no violentas, los simpatizantes de la lucha por los derechos civiles fueron ocupando cada vez más espacios que les habían sido negados históricamente. Desde menciones en los libros de historia hasta lugares en restaurantes públicos, los afroamericanos reclamaron un sitio visible y respetable en un Estado que los ignoraba de forma sistemática.

Los sucesos de Montgomery, así como el brutal asesinato de Emmet Till (un chico negro abatido a golpes por silbarle a una mujer blanca) y muchos otros crímenes de odio contra afroamericanos, levantaron una oleada a lo largo de todo el país, que llegó a una de sus cimas durante la Marcha por el Trabajo y la Libertad, realizada en Washington en agosto de 1963. En el mitin de cierre, frente al monumento a Lincoln, Martin Luther King pronunció un discurso que avivó la resistencia y se convirtió en referente obligado de las luchas pacifistas por los derechos humanos:

Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel sino por su reputación. Tengo un sueño hoy. […] Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la cárcel juntos, de ponernos de pie juntos por la libertad, sabiendo que un día seremos libres.

Tres meses después John F. Kennedy, el presidente que había entablado diálogo con los manifestantes, fue asesinado. Sin embargo, su sucesor, Lyndon B. Johnson, logró hacer pasar por el Congreso parte de la agenda pendiente y en 1964 se aprobó la Ley de Derechos Civiles, que prohibía expresamente la discriminación por motivos de raza, origen, religión o sexo. Sin embargo, eso no fue suficiente para detener prácticas de discriminación y violencia arraigadas por siglos en la sociedad estadounidense. En 1968 Luther King fue asesinado y con la llegada de la presidencia de Richard Nixon los avances en este camino se desaceleraron.

(Photo by William Lovelace/Express/Getty Images)

Si consideramos que hace sólo medio siglo era legal ejercer violencia contra personas por su color de piel o su origen, la llegada de Barack Obama a la presidencia es un símbolo sin precedentes en la historia de los Estados Unidos. Durante su mandato, Obama celebró de formas singulares el Black History Month: en el último bajo su dirección, recibió en la Casa Blanca a una mujer de 106 años de edad, llamada Virginia McLaurin, que fue víctima de la discriminación generalizada a principios de siglo, más tarde, atestiguó el movimiento de los años 60 y, finalmente, vivió para ver a un presidente negro.

Como todos sabemos, el presente no es muy alentador. El actual presidente de los Estados Unidos, el señor Donald Trump, ha mostrado posturas abiertamente racistas. En la inauguración de este Black History Month, llamada por Trump “Listening Session”, sólo dedicó 12 minutos para una rueda de prensa y recibió a una docena de afroamericanos simpatizantes con él, entre los que no hubo ni representantes de la cultura afrodescendiente, ni analistas políticos, ni integrantes de defensorías de derechos civiles. Entre los hechos más destacados del evento estuvieron la aclaración de que un busto de Luther King no fue removido de la Casa Blanca y una foto del presidente con Kanye West.

Ocultar o impedir la memoria de una comunidad es una forma de ejercer control violenta sobre ella. Desde esta perspectiva, no es sorprendente que un discurso de discriminación esté sustentado en la ignorancia de la historia propia: muchos regímenes totalitarios se han levantado sobre narrativas de intolerancia y odio. Lo que queda por hacer es retomar el trabajo que se hizo durante décadas por el reconocimiento de los derechos civiles de comunidades vulneradas repetidamente. Quizás es momento de que despertemos en ese sueño nombrado por Martin Luther King frente a más de 200 mil personas una tarde de los años sesenta.

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