Sartori y sus ideas sobre democracia, televisión e Islam

Giovanni Sartori: ¿crítico acérrimo o conservador cuestionable?

A las vacas sagradas hay que leerlas con cuidado, sobre todo después de que mueren

Giovanni Sartori, pensador importantísimo de las democracias y los sistemas de partidos políticos, ha muerto. Italiano, fue periodista, teórico y catedrático. Dejó generaciones enteras de lectores y estudiosos de su trabajo: académicos, políticos, activistas, filas y filas de personas que aún discuten y problematizan su obra.

Sartori era dueño de un estilo crítico, casi feroz, muy despreocupado de la corrección política. Emprendió una crítica severa a la injerencia de la televisión en la vida intelectual y política de la gente; se distinguió, además, por su laicismo y su mirada aguda, escéptica, en cuanto a los efectos de la propagación de la Iglesia en sociedades pobres. Sartori, por otro lado, tuvo un contacto continuo y relevante con México: desde un proyecto de reforma constitucional que fabricó junto a Jorge Carpizo, hasta la recepción de la Orden del Águila Azteca de manos de Enrique Peña Nieto.

Siempre es preciso leer cabalmente a los maestros: letra por letra, sin imposiciones de sentido. Es que, finalmente, un autor muerto puede convertirse en material de legitimaciones cuestionables. El caso de Sartori es relevante: cuenta, por un lado, con una obra rica que ofrece mucho para explorar; por otro, posee algunas declaraciones que deben tomarse con cautela.

En efecto: lo políticamente correcto comienza a convertirse en un problema. Sin embargo, ello no puede contrarrestarse con una adscripción acrítica de la incorrección.

Sartori

Giovani Sartori (TV UNAM).

Giovani Sartori (TV UNAM).

En cierta ocasión, a Sartori le preguntaron si no era demasiado altanero. “Ciertos personajes son pigmeos. Es inevitable mirarles desde arriba”. Sartori siempre fue crítico contra algunos miembros la clase política italiana. En esa sentencia lo deja claro. Nació en mayo de 1924. Su trabajo de análisis de democracias y sistemas de partidos se ha convertido en uno de los más relevantes en la teoría política contemporánea. Sartori, que es poseedor de una mirada aguda, mordaz y humorísticamente combativa, fue profesor en la Universidad de Florencia y, desde 1976, comenzó a dar clase en Estados Unidos. Se ha consagrado como uno de los paradigmas del estudio sobre la comunicación: sus teorías sobre los efectos de los medios en la sociedad han fundado una importante línea de lectores, detractores y seguidores.

Sartori ganó el Premio Príncipe de Asturias en 2005. Durante la entrega, se definió como intelectualmente extravagante. Es que su discurso siempre se ha postrado fuera de las líneas del establishment intelectual. Varias de sus obras han provocado ruido y movimiento en el ambiente político y mediático: ¿Qué es la democracia? (1997), Homo videns: la sociedad teledirigida (1998) y su última obra, La carrera hacia ninguna parte: diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro (2015), son sólo algunos ejemplos. Además del premio mencionado, Sartori obtuvo diversos nombramientos por su trabajo: el doctorado Honoris Causa por la Universidad de Guadalajara, en 1996; el mismo título por la Universidad Complutense de Madrid, en 2001; la Orden del Águila Azteca en 2015, de manos de Enrique Peña Nieto, cuando fue reconocido como “máxima referencia mundial en materia de ingeniería constitucional”.

Homo videns, uno de sus títulos más leídos, plantea un análisis profundo de la influencia de los medios de comunicación en la sociedad. La televisión implica un riesgo: el empobrecimiento en nuestra capacidad para comprender la realidad, para leer el mundo fuera de los controles y contenidos mediáticos. Sin embargo, Sartori concebía la televisión como un arma de filo doble: en efecto, una exposición exhaustiva ella plantea peligros, pero puede convertirse en un artefacto serio y responsable si se instruye y educa a un público que desee ver mejores contenidos.

Jenaro Villamil escribió que “gracias a su teoría política, el PRI dejó de ser clasificado como un ‘partido de Estado’ para ser clasificado, según Sartori, como un ‘partido hegemónico’ que cumplía formalmente con las reglas de la democracia, pero dominaba los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial)”. Esta precisión es de una sutileza apabullante: ella permite crearse una imagen más certera de cómo el Revolucionario Institucional ha ejercido su dominio, su opresión, a lo largo de los años.

Pero hay que ser francos. Como recuerda el mismo Villamil, Sartori adoptó un giro marcadamente conservador en temas de islam y multiculturalismo: estaba manifiestamente contra la integración de inmigrantes y refugiados en Europa. “Si negamos que hay una guerra contra el islam, la perderemos”. En 2003, habló a La Jornada sobre los riesgos que implicaría dicha integración: podría ser que los refugiados de estos países sintiesen que su tierra, propiedades y creencias estaban siendo destruidas por Occidente. Sartori dijo que: “el fundamentalismo es como el agua que permite que florezca el terrorismo. La agresión está desarrollando la situación”.

¿Cuáles son los alcances actuales de la crítica mediática emprendida por Giovanni Sartori?

Medios, noticias, reafirmaciones

(Photo by Peter Trulock/Fox Photos/Hulton Archive/Getty Images)

(Photo by Peter Trulock/Fox Photos/Hulton Archive/Getty Images)

En entrevista para FOROtv, Jesús Silva-Herzog Márquez dijo que Sartori fue “un ingeniero de los mecanismos electorales que confiaba en los votantes como generadores de decisiones públicas a partir de cierta racionalidad”. Por ello, según Silva-Herzog, Sartori fue “tan crítico de la televisión, por eso le parecía tan terrible el efecto de las cápsulas contemporáneas en las redes sociales en donde no nos acercamos a las ideas de los otros, sino que nos envolvemos en el espejo de lo que reiteran nuestros prejuicios”. Y es que es cierto: la televisión ya no es el medio de comunicación por excelencia. Las redes sociales han traído consigo una profunda reconfiguración en la forma en que se difunde y asimila la información. Y ello tiene efectos políticos.

Un estudio de Pew Centre muestra que el 62% de los adultos estadounidenses reciben las noticias mediante redes sociales. En este juego interviene un factor que, hoy por hoy, ha demostrado tener efectos en los electorados de democracias supuestamente ejemplares: las noticias falsas.

Según un artículo de BBC, los sitios de noticias falsas pueden ser muy rentables. Los administradores de las páginas han llegado a sustituir los títulos satíricos, obviamente falaces, por otros que también son falsos pero son más verosímiles, creíbles, y más aptos para su difusión y asimilación. Brooke Binkowski es integrante de Snopes, una de las páginas web más relevantes en cuanto a revisión y verificación de la información en red. Ella dice que, conforme pasa el tiempo, el daño potencial de las noticias falsas es mayor: “hay mucho sesgo de confirmación: mucha gente queriendo probar que su visión del mundo es la apropiada y la correcta”. Un elector, pues, podría asimilar acríticamente una noticia quees falsa, pero que también le ayuda afianzar sus creencias.

La anotación de Silva-Herzog se impone aquí: si la difusión informativa implica, en muchos de los casos, reiterar las propias nociones y no acercarse a la palabra del otro, el fenómeno de las noticias falsas adquiere aquí su punto más álgido y preocupante. Uno estaría dispuesto a creer lo que sea en aras de sostenerse. Esto, claro, sin poner en crisis las propias creencias. Para que haya democracia, es necesario el debate y la confrontación de ideas.

No obstante, ¿qué pasa con la otredad en las palabras y el pensamiento de Giovanni Sartori?

Islam, México: apuntes sobre una cuestionable incorrección política

(Photo by Dan Kitwood/Getty Images)

(Photo by Dan Kitwood/Getty Images)

Sartori tenía una posición polémica en cuanto a la inmigración de musulmanes a suelo europeo: estaba preocupado porque pudiera formarse una mayoría en Europa que dictase actos políticos con base en el islam. No es un secreto, pues, que en este tema adoptó una postura cabalmente conservadora. Y ello hizo eco entre algunos sectores conservadores del viejo continente.

ABC publicó hace tiempo un artículo de Ángel Gómez Fuentes, su título es “Giovanni Sartori: ‘el islam es incompatible con Occidente’”. De evidente corte conservador, el texto hace una recopilación de citas enunciadas por el politólogo italiano.

a) “El islam es incompatible con nuestra cultura. Sus regímenes son teocracias que se fundan en la voluntad de Alá, mientras que en Occidente se fundan en la democracia, en la soberanía popular”.
b) “Los musulmanes de tercera generación no sólo no se han integrado, sino que son los más rebeldes. Odian a Occidente porque no tienen trabajo y muchos se sienten atraídos por el islam fanático”.
c) Respecto al Estado Islámico: “en una guerra hay que emplear todas las ramas que uno tiene a su disposición. Nosotros, Occidente, somos los agredidos, con un terrorismo de una ferocidad que nuestra memoria histórica no recuerda”.

Gómez Fuentes se sirve de esto para abanderar, además, algo que parece su propia postura: integrar a los inmigrantes es imposible, poseen una gran falta de respeto por los ‘grandes valores’ de la cultura europea. La inmigración, pues, significaría un profundo ‘enfrentamiento de dos civilizaciones’. Sartori elabora una noción del islam que puede caer en generalizaciones peligrosas, parece decir que todos los musulmanes son potenciales terroristas, odian a Occidente porque no tienen trabajo.

¿Dónde hemos escuchado eso antes?

Sartori sostuvo una relación cercana con México. No sólo recibió la Orden del Águila Azteca de manos de Enrique Peña Nieto, sino que estuvo en nuestro país unas 20 veces. Además, festejó el triunfo de Vicente Fox como una apertura democrática. Por otra parte, trabajó en un proyecto de reforma a la Constitución mexicana junto a Jorge Carpizo, fallecido académico mexicano y alto funcionario público durante la administración de Carlos Salinas. Horas antes de recibir la Orden, un corresponsal de El Universal lo entrevistó en Roma. En ese diálogo, Sartori enfatizó que, para acabar con la corrupción, había que aumentar las penas a los mafiosos y los políticos: él estaba consciente de que “en ocasiones, los que deben tomar este tipo de decisiones también son corruptos, lo que afecta enormemente al funcionamiento fisiológico de un Estado democrático”. Este adquiere valor si se considera que, más tarde, recibiría un premio de manos de Enrique Peña Nieto. No obstante, en algún momento se le preguntó por el problema el crimen organizado en México.

– Usted conoce bien el país [México] y sabe de la violencia que ha generado el narcotráfico: ¿podríamos adoptar el modelo italiano para combatir este flagelo?

– Italia en este momento no es modelo de nada, salvo del caos. Hace tiempo escribí un texto, que defino audaz, en que sugiero que para acabar con este tipo de delitos debería ser aplicado el código militar, que contempla el fusilamiento, porque se trata de una auténtica guerra y porque los narcotraficantes pensarían dos veces antes de seguir delinquiendo.

Leído con cuidado, Sartori no dice a ciencia cierta que México deba aplicar el código militar para combatir al crimen organizado. Y si lo dice, entonces habría que cuestionarlo: ¿en verdad la amenaza del fusilamiento detendría a los cárteles?

Los seguidores de Sartori parecen celebrar su demarcación a los códigos, tan dañinos y cuestionables, de la corrección política. Alan Santacruz Farfán, quien escribe de sí como un lector ávido de las teorías de Sartori, escribió un artículo para La Jornada Aguascalientes. En él, Santacruz asume que el juicio del pensador fue ese: que México debía aplicar el código militar contra el narcotráfico. Después, añade: “así, sin ambages ni medias tintas, expresó (para repelús de los buenpedistas) algo que en otras ediciones de esta columna se ha planteado también: la posibilidad de que nuestro Estado ha fallado y que nos encontramos –de facto– en una guerra civil todavía no ideologizada”.

Sí: existe claramente la posibilidad de que nuestro Estado haya fallado y de que nos encontremos en un tipo de guerra civil. Eso es cierto. Pero esa expresión, “el repelús de los buenpedistas”, me hace ruido: ¿debemos aceptar una propuesta así sólo porque proviene de un pensador lúcido, siempre dispuesto a desmarcarse de lo políticamente correcto?, ¿no será que el imperio de la nociva corrección política ocasiona, como reacción inmediata –acrítica–, una admiración ciega hacia todo lo que huela a incorrección? Cuestionar el uso del Ejército para combatir el crimen, como las ulteriores implicaciones del fusilamiento en México, no nos hace buenpedistas.

Ya sabemos de los riesgos que implican las iniciativas para la Ley de Seguridad Interior.

¿Qué implicaba para Giovanni Sartori, en esa precisa entrevista, el código militar más allá del fusilamiento, del castigo ejemplar? No lo sabemos. Pero sus palabras podrían ser utilizadas, por ejemplo, para legitimar una operación bélica más grande de la que ya tenemos. En palabras de Carlos Dávila, “otorgar un margen de acción tan amplio a las fuerzas armadas es altamente riesgoso para la institucionalidad democrática de cualquier país”. No se necesita ser ningún Sartori para saberlo. Fusilamiento y luego qué: ¿que bajo argumento de “acciones que se consideren necesarias” el Ejército pueda hacer lo que sea, sin vigilancia ciudadana e institucional?

Giovanni Sartori es uno de los pensadores políticos y sociales más importantes de nuestro tiempo. ¿Cómo leerlo, reconociendo su labor, sin que algunas de sus sentencias provoquen una admiración impulsiva a la incorrección política?, ¿cómo hacer para que sus palabras no ayuden a legitimar la segregación o el militarismo?

En efecto, la corrección política tiene efectos nocivos: desconsideraciones, eufemismos, omisiones delicadas. Pero el antídoto a ella no yace en una celebración de todo lo que aparezca como incorrección. La incorrección por la incorrección puede traer situaciones terribles. A Sartori, pues, habría que leerlo más allá de esa vena tan celebrada de desobediencia.

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