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100 años de la Revolución de Octubre: Cómo Dostoyevski predijo la imposición del comunismo

El verdadero profeta del siglo XIX fue Dostoyevski, no Karl Marx.” Albert Camus.

A pesar de la fascinante y divertida “cobertura” de Russia Today en redes sociales, el Centenario de la Revolución Rusa pasó relativamente desapercibido en su tierra natal. Todo indicaba que el régimen de Vladimir Putin no iba a levantar más de un dedo este 7 de noviembre para conmemorar uno de los eventos más significativos en la historia, no solo de Rusia, sino de toda la era industrial (vaya, si hiciéramos un Top 10 de los momentos más trascendentales del siglo XX, la Revolución de Octubre sin duda estaría figurando en la lista).

¿Pero a qué se debe este menosprecio por parte del Kremlin? ¿Te imaginas el nivel de indignación si el gobierno mexicano no hubiera hecho nada por conmemorar el Centenario de la Revolución Mexicana de 1910? De ser así, ¿por qué Rusia se niega a reconocer su pasado, tan glorioso como sangriento que fue? ¿Será que hoy las nuevas generaciones del pueblo ruso ignoran la raíz de los ideales socialistas de sus antepasados? ¿O será que hoy la sociedad se arrepiente de las millones de personas que perecieron en las hambrunas, en el Gulag y en las purgas del siglo pasado? ¿O será que la oligarquía que hoy controla la economía rusa prefiere tachar como un fracaso las políticas de la llamada dictadura del proletariado?

Para ponderar todas estas interrogantes, primero tenemos que mirar no al presente, sino al pasado, y no tanto a los eventos que desembocaron en el golpe de estado del 7 de noviembre (25 de octubre en el calendario juliano), sino 50 años antes de eso, mucho antes de que Lenin y sus bolcheviques irrumpieran en el Palacio de Invierno y prendieran la mecha de su guerra civil y, más tarde, la imposición del comunismo en la nueva Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

EL PRIMER TERRORISTA

Medio siglo antes de la Revolución de Octubre, el escritor Fiódor Dostoyevski quedó horrorizado al enterarse de boca de un familiar sobre el asesinato de un estudiante por un motivo político. Tal fue el impacto que le provocó que incluso el caso le sirvió de inspiración para alterar una novela psicológica que estaba escribiendo sobre las contradicciones morales del ateísmo. De esta situación se produjo uno de sus libros más aclamados, aunque también una de sus obras más oscuras: Demonios (también conocida como Los poseídos).

Todo empezó en 1869, cuando Serguéi Necháyev publicó su Catecismo del revolucionario (con la bendición del filósofo Mijaíl Bakunin), un polémico manifiesto que hoy se sigue publicando, ya con el subtítulo El libro maldito de la anarquía. Desde su divulgación en las redes del underground ha sido adoptado como una “biblia” dentro de grupos extremistas y anarquistas, incluso en la era moderna. Encima de ser un revolucionario, Necháyev era un fanático y su postura radical (“el fin justifica los medios”) encontró eco en las pequeñas células nihilistas de aquella época que ya habían atentado contra la vida del Zar, entre otros actos de subversión.

Hoy, Necháyev es recordado como el “primer terrorista” aunque no por alguna acción que haya desembocado en la muerte de una multitud. Su relevancia más bien se mide por su influencia histórica, al dejar por escrito la supuesta meta de un auténtico revolucionario, es decir, darle una solución final a la lucha de clases por la vía de la destrucción de la Sociedad y el Estado, incluso si es menester recurrir a tácticas de terrorismo. Adicionalmente, este agitador también exigía someterse a un estilo de vida que sacrificaba todos los deseos materiales del individuo a merced de una causa superior: la causa revolucionaria.

Sin embargo, la historia nos ha enseñado que el fanatismo y la paranoia van de la mano, y por cada nuevo aliado que Necháyev lograba reclutar para su lucha, él también veía un espía, un infiltrado o un delator en potencia. Cuando Necháyev y sus seguidores asesinaron a un compañero del que sospechaban de ser un traidor, la noticia estremeció a la sociedad rusa y Dostoyevski sintió la urgencia de escribir una novela satírica que alertara sobre “el problema más urgente de nuestros tiempos”.

Quizás de todos los tiempos…

Las ocho personalidades más grandes del Partido Bolchevique. Primera fila, de izquierda a derecha, Lenin, Trotsky, Stalin, Radek. Segunda fila, de izquierda a derecha, Mólotov, Bujarin, Beria, y Kírov. (Photo by Keystone/Getty Images)

¿QUIÉNES SON “LOS DEMONIOS”?

Como ya fue mencionado arriba, Dostoyevski se inspiró en Necháyev para darle voz y forma al personaje de Piotr Stepánovich Verjovenskii, uno de los personajes principales de la novela. Verjovenskii es un agent provocateur que regresa del extranjero al pequeño pueblo donde vive su padre para montar el escenario y desatar la reacción en cadena necesaria para “realizar la magna obra” y darle a la Humanidad libertad para organizarse socialmente en la realidad y no en el papel. Con el apoyo de un puñado de simpatizantes, Verjovenskii se inmiscuye en todas las esferas de la comunidad, buscando la amistad tanto de la aristocracia burguesa como de la clase obrera, para así manipular con más facilidad los hilos del descontento social.

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De acuerdo al planteamiento de Dostoyevski, los “demonios” no son los seres humanos de su obra, sino estas ideas provenientes del exterior que terminan poseyendo la conciencia humana (es decir, todos estos -ismos importados de Occidente como liberalismo, socialismo, nacionalismo, etc) y que amenazan con destruir la identidad cultural propia de Rusia. Sin embargo, su escasez de experiencia y falta de argumentos para contrarrestar el contagio de las ideas progresistas hace que la comunidad se vuelva susceptible a la siembra y cosecha de una nueva conciencia social.

Ahora bien, cualquier daño podía anularse al permitir que esta “cosecha de ideas” fuera paulatina para ser analizada y debatida dentro del contexto de una sociedad rural como lo era la Rusia del siglo XIX. Pero Verjovenskii y su círculo exigían un cambio inmediato, o sea, una revolución fugaz y violenta, siempre dispuestos a pagar el precio, aunque éste fuera “cien millones de cabezas” para lograr su objetivo: la igualdad completa. Solo hacía falta aprovechar ciertas oportunidades en las que brotaran los síntomas del descontento social (como una manifestación de obreros que protestaban la omisión de pagos) para que Verjovenskii pudiera mover sus piezas.

(AP Photo/Alexander Zemlianichenko)

¿Cómo se llega a la igualdad completa de clases? “Cada uno les pertenece a todos y todos a cada uno. Todos esclavos y en la esclavitud, iguales,” le dijo Verjovenskii a su antagonista, el aristócrata Nikolai Vsevolódovich Stavrogin. Para alcanzar esta meta sería necesario “organizar la obediencia”, uno de los pilares del totalitarismo impuesto por el régimen de Stalin, pero lo más impresionante son los paralelos entre la propuesta central de un personaje ficticio como Verjovenskii y las políticas que un siglo después caracterizaron a la revolución cultural de Mao y la sociedad agraria de Pol Pot:

Ante todo, rebajar el nivel de la cultura, de la ciencia y los talentos. El alto nivel de la ciencia y los talentos solo se obtiene merced a las altas inteligencias superiores, y no queremos altas inteligencias superiores. Las inteligencias superiores siempre se apoderaron del Poder y se convirtieron en déspotas. Las inteligencias superiores no pueden menos que ser despóticas, y siempre producen más daño que beneficio; hay que expulsarlas o imponerles el suplicio.

A pesar de esta retórica, hay que tener claro que Demonios no es una crítica del socialismo (“una gran idea…” decía el liberal Stepán Trofímovich Verjovenskii) sino del fanatismo (“…pero sus propagandistas no siempre lo son”). Dostoyevski escribió su novela desde el punto de vista del viejo experimentado que le tocó vivir en su juventud su propio periodo de euforia idealista cuando participaba en tertulias donde se discutían las polémicas teorías liberales de la época. Un día, el escritor y sus compañeros fueron arrestados y condenados a muerte. Pero minutos antes de enfrentar al pelotón de fusilamiento, la sentencia fue reducida a cuatro años de prisión en Siberia. Gracias a su roce con la muerte y su agobiante experiencia en un campo de trabajo, Dostoyevski pudo encontrar la redención en los versos de la Biblia (aunque nunca perdió su vicio por las apuestas, su demonio personal).

En los complicados años que sucedieron a su liberación, Dostoyevski escribió no pocas de las obras literarias más importantes de toda la historia: Memorias del subsuelo (1864), Crimen y castigo (1866), El idiota (1868), Los hermanos Karamázov (1879), y claro, la novela aquí reseñada, Demonios (1871). El vínculo en común entre estas obras es el argumento del escritor que señalaba al ser humano como una criatura que anhelaba la felicidad personal, pero que nunca perdía cierto talento por caer en el sufrimiento. No obstante las promesas y las políticas introducidas por una sociedad progresista, siempre hay un espacio para que podamos ser miserables. Afortunadamente, aún podemos encontrar esperanza en la belleza de la obra artística.

Es muy importante comprender esto ya que ahí reside el meollo del discurso político del escritor. Aunque para los demonios radicales “el ansia de la cultura es de por sí un ansia aristocrático” porque “la familia y el amor llevan consigo el deseo de la propiedad”, para Dostoyevski (en la voz de Stepán Trofímovich):

Shakespeare y Rafael (por mencionar un par de ejemplos de la más noble aspiración artística) están por encima de la emancipación de los siervos, por encima del nacionalismo, por encima del socialismo, por encima de la joven generación, por encima de casi toda la Humanidad, porque son el fruto, el verdadero fruto de la Humanidad toda, y puede que el fruto más alto que lograrse pueda.”

Por supuesto, Stepán Trofímovich es abucheado del escenario al emitir estas palabras en público.

(AP Photo/Alexander Zemlianichenko)

LA MADRE DE TODAS LAS REVOLUCIONES

¿Cuál sería la sorpresa de Dostoyevski si supiera que casi 50 años después de la publicación de Demonios, el mundo vería la conquista del poder de un Piotr Stepánovich Verjovenskii de carne y hueso.

Su nombre era Vladímir Lenin, y al igual que Verjovenskii, Lenin era hijo de un padre liberal que se dejó seducir en su juventud por la izquierda radical. Perseguido por su actividad política, el joven conocido en aquél entonces como Vladímir Ilich Uliánov huyó de Rusia, viajó por el mundo, se hizo de varios amigos y aliados en las redes socialistas de Europa (previo a la Primera Guerra Mundial), y fungió como dirigente del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia.

Cuando la Gran Guerra estalló el 28 de julio de 1914 y la Rusia Imperial de Nicolás II le declaró la guerra a las Potencias Centrales, los movimientos socialistas se mantuvieron al margen del conflicto… por un tiempo. A inicios de 1917, ante la creciente escasez de recursos y las pésimas condiciones de vida provocados por un conflicto bélico interminable, el descontento del pueblo ruso se hizo más profundo. Curiosamente, fue una manifestación de mujeres la que detonó la Revolución de Febrero, desembocando en la abdicación del zar Nicolás II.

Por si están interesados en un resumen de los acontecimientos más importantes de aquel año (y para no desviarnos del tema central de esta columna), les recomiendo el siguiente de bloque de Es la hora de opinar, con la participación de Rainer Matos Franco:

 

Y en efecto, Lenin aprovechó su oportunidad en el contexto de una sociedad en caos y un gobierno provisional bastante débil, y volvió del extranjero para encabezar la revolución desde abajo. Después de todo, los bolcheviques no eran más que una minoría casi insignificante entre los tantos grupos de izquierda que conformaban el Congreso de los Sóviets. Pero Lenin era un provocador y supo mover las piezas para crear alianzas y aumentar los números entre su partido. Empezó por capitalizar sobre los errores del gobierno liberal para agitar a las masas y terminó como máximo dirigente de los soviets.

EL FRACASO DEL PROYECTO

Aunque Verjovesnkii y su contraparte real, Serguéi Necháyev, eran todavía demasiado irrelevantes para que la sociedad los tomara en serio, el inicio de la era Industrial, el armamentismo militar y las nuevas fuerzas emergentes en el tablero del Poder, despertaron a los sectores campesino y obrero de buena parte de la población mundial. Rusia y México fueron de los primeros experimentos de una revolución subrayada por una consciencia social, aunque los resultados no podrían ser más distintos (sin desechar sus contadas aunque evidentes similitudes).

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En Rusia prefirieron conmemorar el 76 aniversario de un desfile en Moscú durante la Segunda Guerra Mundial que el Centenario de su Revolución (AP Photo/Ivan Sekretarev)

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¿Pero por qué fracasaron estos experimentos por alcanzar objetivos tan nobles como la igualdad de clases, la eliminación de la propiedad privada y la distribución de los medios de producción?

Quizás una respuesta la tenga Stavogrin, el rival de Verjovenskii en Demonios, quien afirma lo siguiente (parafraseado por un viejo seguidor suyo de nombre Schátov):

Ningún pueblo se ha organizado todavía con arreglo a los principios de la ciencia y la razón. El socialismo, por virtud de su misma esencia, tiene que ser ateísmo, ya que concretamente declara, desde las primeras líneas, que es una institución atea y que tiende a estructurar con arreglo a los principios de la ciencia y la razón exclusivamente.

Schátov argumenta que la ciencia y la razón siempre habían desempeñado un papel secundario y servil en la vida de los pueblos. ¿Cuál es la fuerza principal, entonces, que es capaz de desplazar y mover a los pueblos? Stavroguin explica que esta fuerza se le ha bautizado con distintos nombres, pero en su esencia, es lo mismo: el principio estético, el principio moral, la búsqueda de Dios:

La finalidad de todo movimiento de un pueblo, en toda nación y en todo periodo de su vida, es únicamente la búsqueda de su dios, indefectiblemente suyo, y la fe en él como en el único verdadero. Dios es la personalidad sintética de todo el pueblo, tomado desde el principio hasta el fin. Nunca aún ha sucedido que todas o muchas naciones tuviesen un dios común; sino siempre cada uno ha tenido el suyo. Es indicio de la destrucción de las nacionalidades el que los dioses empiecen a ser comunes.

Cuánto nos está revelando Dostoyevski, no solo sobre el inevitable colapso interno de una superpotencia como la Unión Soviética, sino también sobre la raíz de un problema contemporáneo como es el conflicto contra las organizaciones fundamentalistas del mundo. Esta mención aparte ya es tema de análisis para otra columna, pero volvamos a la caída de la Unión Soviética, y es que nunca antes del siglo XX había existido un pueblo sin religión, es decir, sin idea del mal y del bien.

Cuando empiezan a generalizarse en muchas naciones las ideas del mal y del bien, sucumben las naciones, y la misma distinción entre lo bueno y lo malo empieza a esfumarse y desaparece. Jamás la razón estuvo capacitada para definir lo malo y lo bueno, ni para separar lo malo de lo bueno, aun de una manera aproximada. La ciencia ha dado únicamente soluciones con los puños.

¿Había alguien leyendo a Dostoyevski en 1917? ¿Qué tal en 2017?

Texto: @ShyNavegante

Ilustración principal: @esepe1

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