Mujer quema bandera de la Unión Europea (centro), hombre en contra de Brexit sostiene pancarta (derecha).

¿Realmente vivimos en la post-verdad? Más allá de las noticias falsas

Hay mucho más que las noticias falsas para considerar

El Diccionario Oxford eligió, como la palabra de 2016, el término post-verdad, o post-truth en inglés. Este concepto designa las situaciones en que

[L]os hechos objetivos son menos influyentes en la formación personal de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal.

La palabra no es nueva, pero ella ganó importancia gracias a dos fenómenos de tipo político: el Brexit y el triunfo de Donald Trump en la carrera hacia la presidencia de Estados Unidos. La post-verdad refiere esos casos en que una verdad sentida, cargada de emoción, es más importante que una verdad sustentada en hechos concretos.

Algunos análisis y artículos periodísticos han comenzado a mencionar algo que vale la pena mirar con atención: 2017 será el año en que varias elecciones importantes van a celebrarse. En el contexto de la post-verdad, dicha situación puede tomar giros tan inesperados como preocupantes. Por otro lado, el concepto no ha estado exento de críticas: según algunas opiniones, se trata de un término que evidencia la preferencia del establishment por las estadísticas y los hechos, o mejor, los hechos que a dicho sector conviene que sean concebidos como tales.

¿Estamos realmente en la era de la post-verdad?

Post-verdad: decidir con las vísceras

Discusión entre partidario de Trump (izquierda) contra manifestante anti-Trump (derecha).
Discusión entre partidario de Trump (izquierda) contra manifestante anti-Trump (derecha). (Photo by Bill Pugliano/Getty Images)

Discusión entre partidario de Trump (izquierda) contra manifestante anti-Trump (derecha). (Photo by Bill Pugliano/Getty Images)

El término post-verdad apareció hace una docena de años. Sin embargo, se ha impuesto como la palabra del año 2016 gracias a una serie de hechos democráticos interesantes y de repercusiones ulteriores: la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos; la salida de Reino Unido de la Unión Europea; el fracaso del referéndum de las FARC en Colombia. El concepto hace referencia a las circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos que las emociones y las creencias personales a la hora de formarse una opinión sobre asuntos públicos. Así, en la era de la post-verdad, los hechos no son fundamento ni base primaria a la hora de ir a una votación. Los personajes públicos, además, pueden difundir noticias falsas –con todo conocimiento de causa– para obtener beneficio de ello: se trata de juicios falsos que, una vez que se han hecho camino, logran imponerse en el discurso público.

Los fenómenos electorales mencionados han puesto en jaque plumas y cabezas de políticos y periodistas. Post-verdad, pues, también designa la conmoción que dichos eventos han producido: no es un secreto que, después del triunfo de Trump, el mundo sufrió una sacudida honda. La clase política se ha descubierto rebasada en sus iniciativas de plebiscito y elección, los medios informativos han visto mermados sus esfuerzos de sensatez y objetividad editorial. Si este fenómeno llega a normalizarse, ello implicaría un reto enorme para el periodismo del mundo: la base del trabajo de los medios está en los hechos, en su recopilación, su reporte y, sólo después, su comentario en términos de opinión.

En el acto periodístico, el hecho es la base de cualquier tentativa de enunciar la verdad. De acuerdo con Rubén Amón, en un artículo para El País, la post-verdad evidencia un “hueco semántico que discrimina la verdad revelada de la verdad sentida”. Dicha situación, además, no se hubiera producido sin la agencia de la emoción, la creencia o la superstición. Una post-verdad se nutre de la confianza en afirmaciones falaces que se sienten verdad pero no se apoyan en la realidad. Se trata de una noción falaz que se refuerza como creencia compartida en el discurso de la sociedad.

Hombre en protesta se expresa contra Barack Obama con letrero que dice: “¡[Ser] ilegal es un delito! Obama= Coyote #1”
Hombre en protesta se expresa contra Barack Obama con letrero que dice: “¡[Ser] ilegal es un delito! Obama= Coyote #1”(Photo by Chip Somodevilla/Getty Images)

Hombre en protesta se expresa contra Barack Obama con letrero que dice: “¡[Ser] ilegal es un delito! Obama= Coyote #1”(Photo by Chip Somodevilla/Getty Images)

 

Es aquí que vale la pena mirar con más atención el proceder de Trump en campaña. De acuerdo con Politifact, un sitio web de fact checking que se encarga de investigar la veracidad de lo que dicen los políticos, Donald Trump miente sin control. Según la organización, sólo el 2% de sus declaraciones son verdaderas, mientras que las falsas alcanzan un 43%. ¿Recuerdan cuando, en 2011, el magnate sostuvo y difundió que Barack Obama no había nacido en Estados Unidos, sino en Kenia?, ¿recuerdan cuando, cinco años después, tuvo que admitir la falsedad de dicho juicio? Bueno, su mentira no impidió que ganara la presidencia.

Ello plantea un reto enorme en 2017: si la credibilidad de la información está en el nervio más íntimo del funcionamiento democrático, entonces es ese funcionamiento lo que está en riesgo. El año que inicia será lugar y escenario de varias elecciones europeas muy importantes. Se llevarán a cabo en Holanda, en Francia, en Alemania y, quizá, en Italia y en España. El problema, en el horizonte de la post-verdad, yace en el reciente afianzamiento de ideas y posturas ultraconservadoras entre muchos funcionarios y ciudadanos de esos países.

¿Cuáles son las condiciones para la inoculación y propagación de post-verdades?

Eric Alterman, que hizo una revisión del concepto para estudiarlo políticamente, tomó como ejemplo la manipulación que hizo el gobierno de George W. Bush a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001: una sociedad en situación de vulnerabilidad y psicosis es un nicho idóneo para propagar supuestas verdades en aras de legitimar una guerra. Este tipo de nociones, falaces pero efectivas, son particularmente poderosas en tiempos de crisis.

¿Hay una vía específica para la propagación de post-verdades, de mentiras hechas para asumirse como verdad y tener efectos en los votantes? Muchos lo han señalado: en gran medida, esto se debe a una propagación inusual de noticias falsas, como a una lectura acrítica y sin cuestionamientos por parte de sus lectores.

Noticia falsa

Esta fotografía tomada en París, Francia el 2 de diciembre de 2016 muestra una historia de USA Daily News 24, un sitio de noticias falsas registrado en Veles, Macedonia. AMBAS HISTORIAS MOSTRADAS EN LA IMAGEN SON FALSAS.
Esta fotografía tomada en París, Francia el 2 de diciembre de 2016 muestra una historia de USA Daily News 24, un sitio de noticias falsas registrado en Veles, Macedonia. AMBAS HISTORIAS MOSTRADAS EN LA IMAGEN SON FALSAS. (AP Photo/Raphael Satter)​

Esta fotografía tomada en París, Francia el 2 de diciembre de 2016 muestra una historia de USA Daily News 24, un sitio de noticias falsas registrado en Veles, Macedonia. AMBAS HISTORIAS MOSTRADAS EN LA IMAGEN SON FALSAS. (AP Photo/Raphael Satter)​

En días recientes, se dio a conocer una noticia sin precedentes: Alemania será el primer lugar en que Facebook implemente herramientas para marcar e identificar noticias sospechosas de ser falsas. Lo anterior está en consonancia con la presión que Angela Merkel ha ejercido sobre la red social, pues este año se llevarán a cabo las elecciones en ese país. Facebook hizo el anuncio durante la conferencia DLD celebrada en Múnich. Lo anterior obedece a un fenómeno que constituye uno de los puntos medulares de la era post-verdad: la difusión y asimilación acrítica de noticias falsas. ¿Qué está pasando en este sentido?

Una investigación del Pew Centre indica que el 62% de los adultos estadounidenses reciben noticias a través de las redes sociales, ello significa que cada vez es más probable que estemos viendo –y creyendo, si no nos cuidamos– información inexacta y, a veces, completamente inventada. ¿Por qué se inventan noticias falsas, por qué se difunden? Porque es rentable, porque da dinero. De acuerdo con un artículo de BBC, los sitios de noticias falsas pueden ser muy lucrativos. En ese caso, los administradores de dichas páginas abandonan la noticia satírica, evidentemente falsa, por otros encabezados también falsos pero más creíbles y, por lo tanto, más plausibles de difundirse. Snopes es uno de los sitios más importantes de chequeo y verificación de información en red. Brooke Binkowski, una de sus integrantes, explica que el daño potencial de las noticias falsas incrementa conforme pasa el tiempo.

Binkowski menciona que “hay mucho sesgo de confirmación: mucha gente queriendo probar que su visión del mundo es la apropiada y la correcta”. Y es que, finalmente, de eso se nutren los bolsillos de los que administran dichos sitios: de reforzar las creencias y confirmar con mentiras los prejuicios de los votantes. Así pues, como elector, uno estaría dispuesto a asimilar sin críticas una nota que, aunque falsa, confirma de alguna forma lo que se desea creer. El lector obtiene afianzamiento sobre sus creencias, esas que no puede ni quiere abandonar, mientras el sitio obtiene ganancias.

No obstante, la noticia falsa no es una explicación suficiente sobre el fenómeno de la post-verdad. Más que su difusión rentable, el reto periodístico y político se focaliza en todos los factores que intervienen en su asimilación. Por otra parte, no toda la opinión pública abraza el concepto de post-verdad: hay quienes, en él, diagnostican una nostalgia neoliberal que evidencia otro tipo de dominación padecida desde hace tiempo.

Post-verdad, nostalgias sospechosas

Desmantelamiento del muro de Berlín en 1989.
Desmantelamiento del muro de Berlín en 1989. (AP Photo/Lionel Cironneau)

Desmantelamiento del muro de Berlín en 1989. (AP Photo/Lionel Cironneau)

¿La irrupción de la era de la post-verdad indica, necesariamente, que hubo un tiempo en el que los hechos importaban? En su artículo “La falacia de la post-verdad”, Rune Moller Stahl y Bue Rübner Hansen hacen algunas valiosas contribuciones a dicha pregunta. De acuerdo con ellos, el pánico reaccionario y la histeria colectiva han estado entre nosotros desde hace mucho tiempo. No es que de pronto hayamos ingresado en un terreno enteramente post-factual. Según el artículo, la nostalgia liberal por la política de los hechos enmascara la propia relación tensa de los liberales con la verdad: no es que se busque un panorama completo de los hechos, sino que se selecciona un cúmulo conveniente de ellos.

Después de la caída del Muro de Berlín, las élites del mundo se despojaron de cuestionamientos y debates político-ideológicos. A partir de ese momento, los valores económicos liberales –derecho a la propiedad privada, libertad sin igualdad material– se erigieron como la forma de buen gobierno y como una descripción adecuada de la naturaleza humana. El conflicto social fue desplazado hacia el terreno de lo no-factual, el terreno de los valores. Discutir sobre dominación y explotación adquirió un matiz alejado de la discusión del hecho. Después llegó 2001 y, con él, el atentado del 11 de septiembre en Estados Unidos. El ala de derecha, conformada por Fox News, los teóricos de la conspiración y los telepredicadores permanecieron en los márgenes hasta entonces. Los ataques terroristas provocaron entre los estadounidenses un estado de histeria patriótica que supo conducir al conflicto armado.

La llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos quiso ser leída por muchos como un retorno a la racionalidad. No obstante, la realidad vino a poner en cuestión las verdades liberales: la crisis económica de 2008, como los brotes cada vez más frecuentes de violencia y racismo en las calles de Norteamérica, señalan los problemas estructurales de dicho liberalismo. La primacía de los hechos, esa época previa a la post-verdad, también puede leerse como un período convenientemente selectivo con aquello que se concibe como hecho y verdad.

Los autores finalizan con un juicio claro y contundente: no es posible reducir la política a las estadísticas correctas. La victoria de Trump no prueba que los electores odien la verdad, sino que señala que ellos prefieren elegir a un mentiroso que a un status-quo que establece y explica los hechos a su conveniencia. La clase política liberal, por otra parte, desperdició la confianza de la gente al dejar de lado sus intereses fundamentales. Un retorno a la verdad liberal no va a combatir la demagogia trumpiana, por lo tanto, es preciso una ola netamente democrática. Un movimiento de ese tipo podría comenzar a mirar las verdades más incómodas tanto para conservadores como para liberales: la gente sufre y lucha por vidas mejores, no puede haber libertad sin igualdad.

(Photo by Chip Somodevilla/Getty Images)

(Photo by Chip Somodevilla/Getty Images)

Es aquí que podemos agregar otra pregunta sobre la configuración del concepto de post-verdad. Hemos visto que la palabra refiere los casos en que una “verdad aparente”, del orden del sentimiento y la emoción, es más influyente que una verdad apoyada en la realidad, en los hechos objetivos. Sin embargo, esa dicotomía parece implicar que la realidad proviene de esos datos objetivos, hechos concretos.

Lo real no se reduce a esto, también involucra la agencia de esas verdades sentidas, emocionales, y los efectos de dicha agencia en la realidad misma.

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