¿Quién escribió el diario de Ana Frank?

¿Quién escribió el diario de Ana Frank?

A las seis de la mañana del 12 de junio de 1942 Ana Frank tenía los ojos abiertos, pero seguía recostada en su cama. A pesar de que era su cumpleaños número 13, tuvo que esperar hasta las 6:45 para poder salir del cuarto y revisar en la mesa qué regalos habían dejado para celebrarla. Entre otras cosas, encontró un diario que ella misma vio a sus padres comprar. Pocos días después, con la ocupación alemana, la familia Frank se vio obligada a esconderse en los pisos superiores de un edificio situado en el canal Prinsengracht, número 263, donde solía estar la empresa del padre de Ana.

“Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo” fueron las palabras que Ana eligió para iniciar su diario.

Al principio, Ana comenzó a escribir sin la intención de ser leída por nadie más, pero poco antes de que el lugar donde se refugiaba con su familia de la persecución antisemita fuera descubierto, el ministro de educación holandés dio un discurso por la radio inglesa, donde invitaba a la gente a guardar una memoria de lo que estaba ocurriendo. Tras escuchar esas palabras, la adolescente decidió que, cuando todo terminara, escribiría una novela con base en sus diarios. Juntó todo el material que tenía y comenzó a pulir y reescribir algunas partes. No por ello dejó de alimentar su diario con lo que pasaba en su vida.

La labor editorial de Ana se terminó el 4 de agosto de 1944, cuando los alemanes entraron a la casa y se llevaron a todos. Ese mismo día, Miep Gies y Bep Voskuijl, que ayudaron a los perseguidos durante todo el tiempo que estuvieron escondidos, rescataron los papeles de Ana y los guardaron.

En 1945 Otto Frank logró liberarse y comenzó a buscar desesperadamente a su familia. Su esposa y sus hijas habían muerto, tras haber pasado por los campos de concentración en Westerbork, Auschwitz y Bergen-Belsen. Tras confirmar que ninguna de las mujeres de la casa regresaría, Miep Gies le entregó el diario y los papeles guardados a Otto.

Dedicatoria a Miep Gies (AP Photo/Evert Elzinga)

Dedicatoria a Miep Gies (AP Photo/Evert Elzinga)

El padre de Ana leyó cuidadosamente el trabajo de su hija, lo editó, y compiló algunas partes con el afán de cumplir el deseo de difusión que obsesionaba a la pequeña antes de morir. Para logar la publicación, Otto recibió gran ayuda de los historiadores holandeses Jan Romein y Annie Romein-Verschoor, que tenían fuerte interés en dar a conocer las palabras y los pensamientos de Ana.

El 3 de abril de 1946, Jan publicó una reseña del diario en el periódico Het Parool. Inmediatamente, varias editoriales mostraron su interés por el texto. De entre todas las ofertas, Otto eligió la editorial Contact, con sede en Ámsterdam. Para la primera edición se hicieron varias modificaciones del texto: por un lado, se eliminaron partes donde Ana escribía abiertamente sobre su sexualidad; por otro, se cambió ligeramente la redacción. Finalmente, el 25 de junio de 1947 se publicaron 3 mil ejemplares del diario, bajo el título: La casa de atrás. Diario en forma de cartas, 14 de junio de 1942 al 1 de agosto de 1944. Para formar el libro que se publicó, Otto tomó en cuenta dos versiones del diario de su hija:

  • La primera incluía entradas típicas de un diario y, a partir, de septiembre de 1942, algunas cartas dirigidas a un grupo de amigas, entre las que sobresale una llamada Kitty. El 5 de diciembre del mismo año, como ya casi no le quedaban hojas libres al regalo de cumpleaños, Ana continuó sus escritos en dos cuadernos escolares: uno va del 22 de diciembre de 1943 al 17 de abril de 1944. Debido al extraño silencio entre el último mes de 1942 y los finales del 43 puede suponerse que hay varios cuadernos perdidos. El otro cuaderno conservado va del 17 de abril de 1944 al 1 de agosto del mismo año.
  • La segunda comienza después de que la pequeña Frank escuchara el mensaje del ministro de educación. A partir del 20 de mayo de 1944 Ana empezó la redacción de su novela basada en los diarios que llevó durante más de dos años. En solo diez semanas, rescribió 324 hojas sueltas. En esta versión sí están registrados los hechos que ocurrieron entre diciembre de 1942 y diciembre de 1943. A la par, la joven escribió algunos cuentos y anotó cuidadosamente sus citas favoritas, tomadas de otros libros.

Por lo tanto, la primera versión está incompleta (por los materiales perdidos) y la segunda, inconclusa (porque el refugio se descubrió). Así que lo que Otto entregó a la imprenta es una combinación de ambos materiales, mecanografiada por dos amigos de la familia (de uno no se conserva el nombre, el otro fue Albert Cauvern). Finalmente, la editorial Contact hizo cambios finales para adaptar el texto al carácter de la casa editora.

Hasta el momento de su muerte, el padre de Ana afirmó que había respetado lo mejor posible las palabras de su hija y que sólo había modificado partes donde la adolescente hablaba de su desarrollo físico o se quejaba de su madre. Sin embargo, ediciones críticas hechas posteriormente mostraron que la intervención de Otto sobre los textos fue mayor. En un estudio sobre las distintas versiones del diario, Laureen Nussbaum señala que:

Por lo visto, [papá Frank] quería conservar para sí y para el lector la imagen de su querida e impetuosa pequeña Ana, no sabiendo muy bien qué hacer con la novel escritora, más objetiva y más autónoma espiritualmente.

La primera edición crítica del texto (es decir, la primera que junta y compara las tres versiones) se publicó en 1986 a cargo del Instituto Neerlandés para Estudios del Holocausto y de Genocidio (INEHG). Hasta ahora, existen cinco ediciones revisadas de Los diarios de Ana Frank. En la última todavía hay una advertencia sobre 24 palabras suprimidas. En 2001 se publicaron Cuentos y sucesos de la casa de atrás. La vida de Cady (con los cuentos y demás textos en prosa de Ana) y el Libro de las frases bonitas, con las citas coleccionadas por Ana durante su refugio.

A pesar de los esfuerzos por reconstruir el discurso original de Ana, la imagen de ella que ha tenido mayor difusión e impacto en la cultura occidental es la que su padre decidió promover. De cualquier manera, los diarios son auténticos porque dan cuenta testimonial de la persecución que sufrieron los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Aún más, la joven escritora se convirtió en símbolo mundial de resistencia, tolerancia y memoria, en gran medida, gracias al trabajo de su padre.

(AP Photo/Joerg Sarbach)

(AP Photo/Joerg Sarbach)

A principios de los años ochenta, el INEHG ordenó un análisis pericial a los materiales conservados para comprobar la autenticidad del testimonio de Ana Frank. Un resumen de las conclusiones se incluyó en la edición crítica del texto:

El informe del laboratorio forense ha demostrado de manera fehaciente que ambas versiones del diario de Ana Frank fueron escritas por ella entre 1942 y 1944. Las falsas imputaciones en el sentido de que fueron confeccionadas por otra persona (antes o después de la guerra) quedan suficientemente rebatidas.

Un par de estudios alemanes (uno realizado en marzo de 1960) y otro ya en la década de los ochenta también concluyeron que “todos los apuntes en los diarios y las hojas sueltas, incluidas todas las correcciones y partes añadidas, eran ‘idénticos’ a la letra manuscrita de Ana”; así mismo, que “todas las clases de papel y de tinta utilizadas se habían fabricado antes de 1950 y que, por lo tanto, podían haberse utilizado durante la guerra”.

Aunque lo que escribió Ana haya pasado por varias manos para llegar al lector actual, su mensaje principal sobrevivió: narrar es una condición para sobrevivir. La escritura del testimonio no sólo ayudó a la niña a sobrellevar la funesta persecución, sino también a legar una memoria íntima de lo que sucedió entre 1939 y 1945. Sin la intervención de su padre, quizás las palabras de Ana hubieran caído en el olvido. Con el paso del tiempo, los diarios se han mostrado como un lugar de encuentro entre los pensamientos de la joven y su padre; y al mismo tiempo, han hecho evidentes las condiciones para la construcción de una verdad histórica, escrita por las víctimas del holocausto:

Es un milagro que todavía no haya renunciado a todas mis esperanzas, porque parecen absurdas e inalcanzables. Sin embargo, sigo aferrándome a ellas, pese a todo porque sigo creyendo en la bondad interna de los hombres. […] Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esta crueldad también acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial (Ana Frank, 15 de julio de 1944).

El árbol de Ana Frank (AP Photo/Peter Dejong)

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