¿Qué hemos aprendido del caso de Andrea Noel?

A un año de su agresión, necesitamos feminismo más que nunca

Sucedió hace un año: Andrea Noel, periodista estadounidense, fue agredida sexualmente en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Ella caminaba por la calle y, a plena luz del día, un sujeto la alcanzó por la espalda, le levantó la falda y le bajó la ropa interior. Él se dio a la fuga y ella se echó al suelo. Instantes después, Noel se levantó y siguió su camino. El hecho quedó registrado por una de las cámaras de vigilancia de un edificio cercano. Noel obtuvo el video y lo difundió en sus redes. Lo ocurrido no tardó en viralizarse: en cuestión de horas, ciudadanos, políticos y periodistas habían visto y difundido la imagen.

El caso dice mucho de nosotros: México padece un grave problema de violencia de género. Dicha violencia posee múltiples formas de manifestación: desde el acoso callejero hasta el feminicidio con saña. De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística (INEGI), un 72% de las mujeres que viven en la Ciudad de México han sufrido algún tipo de violencia sexual. En el caso de las mujeres entre 20 y 29 años, la cifra es de 78 de cada 100 de ellas.

Y en nuestro país, hacer una denuncia puede significar un tortuoso proceso de revictimización: ellas deben soportar burocracias torpes, como la sospecha injusta de que tal vez la víctima fue la culpable de su agresión.

Sin embargo, hay una lucha que no se detiene, la lucha que vive y desmonta nociones y prácticas de violencia e injusticia contra las mujeres: la lucha feminista, más viva y necesaria que nunca. México, lo hemos visto, se ha convertido en un escenario efervescente de feminismos.

El caso de Andrea Noel

Cortesía de Andrea Noel

Cortesía de Andrea Noel

El video no da lugar a dudas, Noel sufrió un ataque con alevosía y ventaja: por la espalda, sin previo aviso, a la vista de los transeúntes. Se trata, pues, de un acto de dominio arbitrario e impositivo: puedo hacer con tu cuerpo lo que me plazca, mujer. En la imagen, después de la agresión, el hombre corre y desaparece de cuadro. El hecho dura menos de medio minuto y, como apunta Nayeli García, se trata de una de las agresiones más comunes que las mujeres sufren en la Ciudad de México: el acoso callejero. Dicho acoso forma parte de un circuito de violencia de género que posee otras manifestaciones: mirada lasciva, comentarios sobre el cuerpo o la apariencia, invasión del espacio personal, tocamientos impuestos, violaciones, feminicidios. Además, dice García, hacer una jerarquización de los casos podría conllevar la banalización del asunto. Andrea Noel vivió una agresión que, en efecto, no es la más violenta, pero no por ello deja de ser indignante. Ella dijo a El País que:

Junto a mí había chicas llorando. Me pareció muy absurdo que dedicaran tanto tiempo y tantas personas en atenderme cuando había otras con problemas más serios. Lo mío había sido de lo más frívolo, pero había tenido éxito en las redes sociales.

Es que, cuando acudió a denunciar, Noel cayó en cuenta de la dificultad para presentar el cargo (se exige, para proceder, una prueba psicológica que “determine el daño” en la víctima) y de la cualidad de los casos que había allí mismo, frente a ella, sin ser atendidos. Andrea se negó a tomar dicho examen psicológico: yo no estoy traumada, estoy enojada, dijo. Ella pretendió que las autoridades le diesen los videos del C4 de la CDMX para identificar a su agresor, pero no se los dieron. Además, como su caso fue difundido en Twitter por diputados y periodistas como Julio Astillero, la Procuraduría General de Justicia reaccionó de inmediato. Ello provocó que la Fiscalía Especializada en Crímenes Sexuales priorizara su caso sobre los de otras víctimas. Esto arroja una verdad preocupante sobre nuestro sistema de impartición de justicia: en el papel, todos tenemos los mismos derechos, pero la identificación social de la víctima (clase, educación, poder adquisitivo, color de piel) influye determinantemente en la forma en que es atendida.

La agresión contra Andrea Noel no terminó en lo que podemos ver en la imagen. Ella fue víctima de un acoso muy violento después del ataque. Una noche, por ejemplo, mientras trabajaba en su departamento, sintió un láser en la frente. Al descubrir aquello, miró por la ventana y vio un coche BMW con varias personas en su interior. Le estaban apuntando desde allí. En otra ocasión, desayunando en Coyoacán, un usuario de Twitter la amenazó de muerte y le envió una fotografía con la ubicación de la propia Noel. Además, ella recibió mensajes intimidatorios a través de la red. Por ejemplo:

Lo que te hicieron lo mereces por ser mujer, eres una perra, una puta que cualquier hombre puede tomar cuando le plazca. Para la otra espero que te sodomicen por puta.

Noel dejó la Ciudad de México y volvió a Estados Unidos durante marzo. No obstante, hacia abril, Noel y sus abogados dijeron estar seguros de la identidad del agresor: Andoni Echave, conductor de un programa de bromas callejeras transmitido por Telehit. Noel volvió al país y Echave negó categóricamente su participación en el asunto, así que no quiso reconocer la responsabilidad y disculparse públicamente. En mayo, sin embargo, Noel y sus abogados reconocieron la inocencia de Echave. El conductor se las arregló para conseguir otras grabaciones de edificios aledaños al lugar el ataque. Echave se hizo de uno de esos videos y lo hizo analizar por un amigo para darle la resolución necesaria. La Procuraduría contaba con dicho material desde hacía mes y medio, pero no tenía la tecnología suficiente para analizarlo. En entrevista para Radio Fórmula, Noel dijo que “es increíblemente patético que individuos o ciudadanos comunes tengan más capacidad de investigación que la Procuraduría”. A la fecha, el culpable sigue por las calles.

Nayeli García me hizo notar algo importante: prácticamente ningún medio se detuvo a comentar el trabajo de Noel. Basta leer algunos de sus artículos para caer en cuenta de que se trata de una periodista valiente: uno de ellos, innegablemente crítico, habla de cómo el gobierno de Estados Unidos ayudó a armar al Chapo mediante la operación Rápido y Furioso; otro relata los placeres frágiles de los capos más peligrosos del país, es decir, el mismo Chapo, la Tuta, Omar Treviño Morales, entre otros. En México, tratar estos temas es peligroso: la Federación Internacional de Periodistas ubica a nuestro país en el tercer lugar mundial de periodistas asesinados. A ello hay que sumar los datos de violencia de género que tenemos.

  • De acuerdo con cifras del INEGI, un 72% de las mujeres de la CDMX denuncian haber sufrido algún tipo de violencia sexual. En mujeres de entre 20 y 29 años, la cifra sube hasta 78 de cada 100.
  • Un informe de feminicidios de ONU Mujeres dice que, entre 1985 y 2010, se acumulan 36 mil 606 muertes femeninas por presunto homicidio en todo México.
  • De acuerdo con el Observatorio Ciudadano Nacional de Feminicidio, sólo en el Estado de México se registraron, entre 2011 y 2013, 840 asesinatos e mujeres.
  • De acuerdo con una recopilación de datos hecha por Horizontal, buena parte de los asesinatos de mujeres están acompañados de algún tipo de violencia sexual.

En muchas ocasiones, los ejecutores de dicha violencia han sido las parejas de esas mujeres. Así pues, el caso de Noel pone de manifiesto un problema importante: una mujer periodista es, en México, un blanco de vulnerabilidad doble. Además, padecemos un sistema de justicia que expone a las mujeres violentadas a una burocracia torpe y a una ineficiencia grave.

¿Qué dice esto del gobierno de la Ciudad de México, ciudad de vanguardia?

¿La víctima es la responsable?

En esta foto, dos mujeres en una protesta sostienen un letrero donde que dice que los violadores son la razón de las violaciones. (Photo by Scott Olson/Getty Images)

(Photo by Scott Olson/Getty Images)

Durante la década de los 70, el feminismo de la segunda ola acuñó el término “cultura de la violación”: la violación y el acoso son problemas sociales pero, a su vez, se aceptan y normalizan gracias a las nociones que se tienen sobre el género y la sexualidad. Así, el ataque sexual se trivializa y se acepta como un hecho cotidiano. Cuando la policía se muestra renuente a hacerse cargo del hecho, o se culpa a la víctima de su propio ataque, se manda un mensaje específico: el cuerpo de la mujer está siempre disponible, sin importar su consentimiento o autorización. Y es que culpar a la víctima es una de las características esenciales a este fenómeno, se atribuye la responsabilidad de la vejación a quien la ha sufrido: ¿lo provocaste, cómo ibas vestida, habías bebido, coqueteaste? O bien: sabes que, en el fondo, esto es tu responsabilidad.

Los ataques cibernéticos sufridos por Andrea Noel dan cuenta de lo anterior: se le insultó y se le dijo que era su culpa, por ser mujer y por llevar falda. Se le deseó una violación. Vale la pena rescatar un pasaje del brillante artículo que Valeria Ríos escribió sobre el caso: ¿debería dejarlo pasar con el riesgo de quedarme con esta impotencia y permitir que se lo haga a otra mujer? ¿o debería hacer algo aunque esto me someta a un proceso humillante y agotador? El coste de la denuncia (una cuestionable tentativa de determinar daños) es humillante y poco esperanzador.

El caso de Noel, como el de miles de mujeres de la Ciudad de México, obligó la gobierno de Miguel Ángel Mancera a tomar medidas. La primera respuesta fue un silbato, #elpitodeMancera. Sí: en caso de sentirse acosada en la vía pública, la víctima debía sonar su silbato para pedir ayuda. El Jefe de Gobierno dijo que la medida era el primer paso de la Estrategia 30–100, programa para erradicar el acoso en la ciudad. El silbato, que levantó críticas, ocasionó que varias organizaciones feministas de la sociedad civil dieran seguimiento para monitorear dicha estrategia. Surgió, pues, el Observatorio de la Estrategia 30–100, pensando siempre en sus evaluaciones que “los derechos sin políticas públicas adecuadas se quedan en papel”. La estrategia, dicen, tiene problemas desde su inicio: no hay un diagnóstico adecuado del problema; no hay indicadores adecuados medibles, precisos y oportunos vinculados con las acciones; y, sobre todo, la medida pone en las mujeres la responsabilidad de prevenir y detener la violencia: he allí la función del silbato, omitiendo problemas estructurales.

En palabras de Salvador Camarena, el mensaje puede leerse así: somos la ciudad donde el discurso de la vanguardia en cuestión de derechos convive sin mayores ascos con la violencia en contra de las mujeres. Y bueno, cuando el Estado no puede hacerse cargo, la cosa queda en manos de la sociedad civil.

Ellas hablan, marchan

(Photo by Miguel Tovar/LatinContent/Getty Images)

(Photo by Miguel Tovar/LatinContent/Getty Images)

#Miprimeracoso fue todo un fenómeno. El hashtag, creado por Catalina Ruiz-Navarro y Estefanía Vela a partir del #Miprimerasedio brasileño, sirvió para que miles y miles de mujeres pudiesen denunciar la primera ocasión en que sufrieron un acoso sexual. Los datos obtenidos son muy preocupantes: el físico mexicano Adrián Santuario analizó las publicaciones y descubrió que casi todos los incidentes sucedieron cuando la víctima rondaba entre los 6 y los 10 años de edad. La pederastia, pues, apareció como algo mucho más frecuente y normalizado de lo que pensábamos. Los acosadores, además, son casi siempre personas cercanas a las víctimas: jefes, profesores, tíos, padres, maestros.

A la acción en redes se sumó la movilización nacional contra las violencias machistas, con el lema #VivasNosQueremos. Miles de manifestantes llegaron hasta el Ángel de la Independencia en la CDMX para posicionarse contra las violencias diversas contra las mujeres. Entre sus demandas estaba el cese al favoritismo judicial hacia los hombres, oportunidades de empleo digno y seguro para las mujeres y, sobre todo, la exigencia de una reeducación social: que se enseñe a los hombres a no acosar, no abusar, no asesinar ni violar a mujeres y niñas. El cuerpo femenino no es un artículo de consumo. La lucha, pues, busca crear los referentes y códigos para que ellas hablen y sean escuchadas, para aprender a reconocer que las violencias machistas no son normales ni aceptables.

El feminismo es necesario hoy. No sólo eso, sino que está más vivo que nunca. Ante los datos sobre desigualdad y violencia de género que existen en México y el mundo, Catalina Ruiz-Navarro es muy clara: la lucha feminista busca subvertir el patriarcado, que es un sistema de poder también anclado en el registro simbólico. Las cosas que miramos y comprendemos están afectadas por las palabras que les asignamos: un golpe del marido, por ejemplo, llega a significarse (y entenderse) como un gesto de amor, cuando es lo opuesto. El feminismo, pues, busca desmontar las nociones que no sólo no nos dejan ver la desigualdad y la violencia, sino que las justifican. Es que, finalmente, el argumento feminista provoca dificultad y es incómodo porque todos y todas fuimos educados en una cultura de patriarcado, es decir, todos somos susceptibles de repetir estas actitudes. Por lo tanto, habría que buscar cambios reales en la vida cotidiana: desde la forma de tener sexo (con consentimiento) hasta la manera en que tratamos a los que nos rodean. Y, como apunta Ruiz-Navarro, esto no es fácil: hay que reconocer la propia responsabilidad, hay que gestar cambios complejos. Lo importante es comprender cómo opera la discriminación por género pues, una vez que se ha reconocido, ya no es posible dejar de verla.

Ruiz-Navarro nos recuerda que, sin violencia y en un siglo apenas, el feminismo ha logrado derechos de ciudadanía y propiedad para una mitad de la población que antes carecía de ellos. El feminismo es necesario aún en el siglo XXI: para que casos como el de Andrea Noel no vuelvan a darse; para que haya no haya niñas ni mujeres violadas o asesinadas por violencias machistas; para que podamos convenceros de que, si una mujer fue agredida, no fue su culpa, no se lo estaba buscando, no debió irle peor.

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