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Los 5 problemas más urgentes que el próximo alcalde de la CDMX debe enfrentar

De las seis personas que han ocupado la silla del Jefe de Gobierno del Distrito Federal, ninguna ha logrado dar el brinco a la presidencia del país. La noción de que el puesto más importante en la administración local es un trampolín a la cabeza del gobierno federal hasta ahora no ha producido el resultado anhelado.

Por tal motivo, ser elegido alcalde de la Ciudad de México no es una chamba de preparación ni tránsito político. Una de las ciudades más pobladas del mundo exige una administración que esté totalmente comprometida con las obligaciones y las responsabilidades que le conciernen.

Los problemas que aquejan al pueblo capitalino son tan numerosos como diversos y los próximos candidatos que figuren en las campañas del año próximo tendrán que presentar sus propuestas para lidiar con los más graves y urgentes. Es por eso que en seguida hacemos un listado de los 5 problemas más apremiantes en el escenario actual.

(AP Photo/Rebecca Blackwell)

1. INSEGURIDAD

En los últimos diez años, la Ciudad de México había corrido con la fortuna de verse poco afectada por la violencia inherente a la guerra contra el crimen organizado. Esta burbuja invisible que rodeaba a la capital permitía a sus habitantes ver los terribles sucesos en el interior del país con la misma distancia que uno lee sobre la guerra en Siria o en Afganistán.

En otras palabras, el Distrito Federal nunca ha estado exento de actos criminales, pero era inconcebible que viéramos decapitados en la vía pública o sicarios colgando de un puente peatonal. Los órganos locales de seguridad habían hecho un buen trabajo en lo que respecta al freno de la penetración flagrante del crimen organizado. Lo más importante, después de todo, era la percepción de una ciudad “segura”. Léase “segura” en contraste a Acapulco, la Tierra Caliente, o todo el estado de Tamaulipas.

Estos días, sin embargo, ni siquiera podemos presumir de tal percepción. Hoy parece que la Ciudad de México se encuentra sitiada por los cárteles del narcotráfico, los asaltos están a la orden del día en el transporte público, las extorsiones son cosa común en los negocios del Centro Histórico y la Roma-Condesa, la venta de droga se hace a plena luz del día en Ciudad Universitaria, y las calles en delegaciones como Tláhuac son controladas por grupos delictivos coludidos con las autoridades.

Una vez más, esto es la percepción, o mejor dicho, el miedo evidente en la población. De acuerdo a los datos más recientes de la INEGI a través de su Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU-Junio 2017), la percepción de inseguridad se encuentra a niveles alarmantes en ciertas regiones del país y la Ciudad de México está a la cabeza. De cada 100 capitalinos, 86.6 no se sienten seguros en la zona donde viven, principalmente en las delegaciones septentrionales. Ese dato solo es superado por Uruapan (87.6), Chilpancingo (94.1), Ecatepec (94.6) y Villahermosa (96.6).

Una población con miedo es una población petrificada. En el peor de los casos, no hay inversión, no hay comercio, no hay vida nocturna, no hay “capital en movimiento”. ¿Qué puede hacer el próximo alcalde para revertir dicha tendencia y recuperar una semblanza de serenidad? Son varias las voces que exigen más policías en las calles, más cámaras de seguridad, leyes más estrictas y sentencias más severas para los delincuentes. Pero las medidas que exclusivamente le otorgan más poder a la seguridad pública y a su burocracia difícilmente implican mayor seguridad en las calles.

La implementación en la CDMX del nuevo sistema de justicia penal acusatorio es un paso en la dirección adecuada pero reducir los índices de criminalidad (o aunque sea la percepción de inseguridad) debe venir acompañado de varios programas diseñados con la meta a largo plazo de prevención de delito. Algunos de estos programas existen, pero la queja suele ser que carecen del presupuesto adecuado para hacerle frente a la magnitud del reto que tienen por delante.

(AP Photo/Eduardo Verdugo)

2. INFORMALIDAD

Dentro de las estrategias diseñadas para atacar el problema de la inseguridad desde la raíz están las medidas para solucionar otro problema igual de grave: el desempleo. La lógica dicta que una persona ocupada en alguna labor no tiene tiempo ni motivo para recurrir a una opción tan riesgosa como el crimen, esto con el fin de sobrevivir, salir adelante y proveer lo necesario para la subsistencia de su familia. No obstante el peligro, el escenario está puesto en la Ciudad de México para que más gente, particularmente jóvenes, presten sus servicios al crimen organizado a falta de otra opción viable.

De acuerdo a datos publicados por la Secretaría de Desarrollo Económico en lo referente al primer trimestre del 2017, la Ciudad de México tiene una tasa de desempleo de 3.77%. Esto quiere decir que actualmente hay 162 mil personas (económicamente activas) en las calles sin trabajo. A esto hay que sumarle el 12.3% de la población ocupada cuyos ingresos mensuales son inferiores al salario mínimo o que trabaja 48 horas semanales ganando hasta dos salarios mínimos. Estamos hablando de 509,719 “esclavos modernos”, básicamente. Y todavía valdría la pena agregar 1,191,829 de trabajadores (28.76%) bajo la tasa de ocupación en el sector informal.

En la Ciudad de México hay casi 2 millones de personas que ya sea no tienen derecho a prestaciones de ley, o no tienen ingresos suficientes para vivir dignamente, o no tienen trabajo del todo. En otras palabras, son 2 millones de personas que yacen a los márgenes de un sistema supuestamente construido para garantizar el bienestar de todos los mexicanos, lo que incluye acceso a servicios médicos gratuitos, una jubilación digna y el crédito apropiado para una vivienda propia.

Ante nosotros tenemos una proporción sustancial de la ciudadanía capitalina que debe “arreglárselas como Dios disponga” en la economía actual. Muchos tendrán éxito como emprendedores independientes y ganando por honorarios, pero el sector informal sigue siendo terreno fértil para grupos criminales que buscan mano de obra barata en actividades ilícitas como la piratería, la prostitución, la explotación laboral clandestina, y un largo etcétera.

Como Jefe de Gobierno, el próximo alcalde puede hacer poco para influir directamente las políticas de recursos humanos de la iniciativa privada, pero sí puede sentar las bases para el desarrollo de una cultura que valore el concepto de “un salario digno por un trabajo bien hecho”. También debe resaltar la importancia y los beneficios de una fuerza de trabajo inscrita a los programas básicos de bienestar social, incluyendo un seguro de desempleo que sirva de última defensa para los que tengan la espalda contra la pared. A final de cuentas, el crimen nunca debe ser una opción viable ni para los más desesperados.

(AP Photo/Dario Lopez-Mills)

3. INFRAESTRUCTURA

El mismo gobierno de la ciudad, sus entidades subordinadas y las delegaciones cuentan con las fuentes de trabajo más grandes de la metrópolis. Nada más en la construcción y mantenimiento de caminos se emplean a miles de trabajadores, y como todo conductor sabe, la capital del país es como una ciudad en obra perpetua. Pero más allá de las oportunidad laborales que generan los proyectos de desarrollo urbano, la infraestructura en sí es otro de los graves problemas que tendrá que enfrentar el próximo alcalde, un reto que crece cada año de acuerdo al tamaño de la población.

Somos muchos. De eso no hay duda. De hecho, somos demasiados. En la Ciudad de México hay 5,967 personas por kilómetro cuadrado (INEGI, 2015); a nivel nacional, la densidad de población es de 61. En otras palabras, no cabemos en este valle y la interminable construcción de segundos pisos, distribuidores viales y líneas de metrobús son un reflejo de esta realidad. Pero ya que no hay indicio alguno de un éxodo masivo al interior de la república, el gobierno de la ciudad tiene que acomodar a las 20 millones de personas que se transportan a diario por las arterias que conectan a la Ciudad de México con la zona metropolitana.

A todo esto, no ayuda la percepción negativa que los usuarios del transporte público tienen del metro, del metrobús, del trolebús, de los RTPs, y del tren ligero. Aunque los aumentos de las tarifas son casi inevitables, el gobierno debe hacer un mejor trabajo de vendernos estos aumentos en lugar de simplemente imponer los nuevos precios. La gran mayoría de usuarios siempre está dispuesta a pagar un poco más por el transporte, siempre y cuando esto implique una mejoría notable del servicio. Sin embargo, son numerosos los casos de fallas, accidentes, personal mal capacitado, retrasos, interrupciones de servicio, y por supuesto, inseguridad.

La remodelación de estaciones, la introducción de tarjetas electrónicas, o la habilitación de medidas para la gente incapacitada son proyectos bienvenidos, incluso los metrobuses de doble piso. Pero a final de cuentas, los usuarios del transporte público solo exigen un medio que los pueda llevar de punto A a punto B en un lapso de tiempo razonable y por un precio que -como dirán los vagoneros- no afecte su economía personal. Nadie asume que esto es una tarea fácil ni sencilla, pero por eso hay elecciones. Si alguien quiere asumir el reto de encontrarle pies y cabeza a este monstruo, ponga su nombre en la boleta, de lo contrario, busque una diputación plurinominal y viva tranquilo del erario.

4. MEDIO AMBIENTE

Para solucionar los problemas de movilidad e infraestructura, parece que la solución tiene una respuesta sencilla: la construcción de más carreteras, más estacionamientos, más líneas del metro y más distribuidores viales. Si tan solo fuera así de fácil. La otra cara de la moneda, sin embargo, es que estos proyectos conllevan la destrucción de lo que resto del medio ambiente en la Ciudad de México. Por lo tanto, el Jefe de Gobierno debe encontrar un balance entre las necesidades de desarrollo urbano y los daños al frágil ecosistema de la capital.

Históricamente, el problema del medio ambiente es uno que se suele tomar a la ligera, particularmente en la era actual del progreso desenfrenado. ¿Cuál es el margen de rentabilidad de conservar unos cuantos miles de árboles y especies en peligro de extinción? En contraste a la demanda de nuevos fraccionamientos, rascacielos, gasolineras, centros comerciales y OTRO aeropuerto internacional, la naturaleza en la Ciudad tiene todas las de perder.

A la vista del capitalismo, en la conservación no hay ninguna ganancia sustancial a corto plazo, y los que defienden al medio ambiente, lo deben hacer por razones meramente estéticas. Después de todo, una que otra zona verde cumple su objetivo de embellecer una zona comercial. No queremos una jungla 100% de concreto y asfalto, van a decir.

De hecho, los daños al medio ambiente no reciben su peso adecuado sino hasta que se declara una contingencia ambiental. Los más confiados y cínicos entre nosotros se creen inmunes a la contaminación del aire, o sea, ¿de qué sirve dejar el coche en casa si un poco de smog no hace nada? Pero las consecuencias son reales. De acuerdo a un reporte publicado por el Senado de la República, en 2010 se registraron 20,496 muertes en el país vinculadas a la contaminación por material particulado en el aire, y 15,310 muertes por contaminación por el uso doméstico de combustibles sólidos.

El mejoramiento de la calidad del aire en la Ciudad de México debe ser uno de los principales objetivos de la próxima administración local, no solo para evitar los inconvenientes del “doble no circula”, sino también para evitar tantas muertes prematuras. Ahora bien, el problema del agua es otro asunto que no hay que menospreciar y la destrucción de protecciones naturales contra las inundaciones no es el único peligro que hay que vigilar, como veremos en seguida…

(AP Photo/Marco Ugarte)

5. AGUA

Por más campañas, programas, anuncios, proyectos, carteles y demás que el gobierno expone en la plaza pública… la gente sigue tirando la basura en la calle. Este mal hábito desemboca en el bloqueo de las coladeras y los sistemas de drenaje, lo que provoca que una lluvia moderada inunde grandes porciones de la capital en poco tiempo. En caso de fuertes lluvias, la ciudad simplemente se paraliza en aguas negras por varias horas, lo que no solo afecta al tráfico, también implica el derrumbe de viviendas.

Irónicamente, las inundaciones no representan las dificultades más graves para los ciudadanos con respecto al agua. Al contrario. La escasez perpetua de este recurso se ha exacerbado gracias a estos meses veraniegos anormalmente secos y calurosos (si en años anteriores llovía todos los días de primavera a otoño, hoy con suerte tenemos un par de días a la semana de precipitación). Según reporta The New York Times, esto ha llevado a “una mayor demanda de agua, lo que incrementa la presión de conseguir agua desde zonas de reserva distantes, a costos exorbitantes, o de drenar todavía más los acuíferos subterráneos y acelerar el colapso de la ciudad.”

¿Pero si llueve tanto por qué no podemos reutilizar toda esa agua? Desafortunadamente, La Ciudad de México “no cuenta con la capacidad a gran escala para reciclar aguas negras ni para recolectar agua de lluvia”. Por tal motivo, el drenaje tiene que expulsar más de 700 mil millones de litros de aguas residuales por los desagües. El agua que llega a la ciudad se debe más bien a un “milagro de la ingeniería hidráulica moderna”, pero a pesar de este acto divino, más del 20% de los habitantes siguen sin tener acceso a agua corriente.

Como bien sabemos, el Valle de México se sigue hundiendo y los efectos del calentamiento global aceleran el deterioro. La subsidencia del suelo se debe en parte a la perforación de los lechos de arcilla en busca de más agua en los mantos acuíferos, y también a la corrupción que ha permitido la construcción de varios desarrollos urbanos sobre el suelo volcánico, supuestamente “suelo de conservación” por su naturaleza porosa. Al bloquear el suelo volcánico con cemento, el agua de lluvia no puede ser absorbida por la tierra porosa y depositada en los mantos acuíferos.

El próximo alcalde de la Ciudad de México tendrá que ver más allá de las exigencias comerciales para lograr satisfacer la demanda más esencial de la población: el agua. De lo contrario, se verá con una megalópolis que terminará por colapsarse en sí misma, quizás literalmente.

NOTIMEX/FOTO/GUSTAVO DURAN/GDH/WEA/ CLIMA/NALES/HUR/HURACAN17

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