maltrato animal, crueldad animal, delito grave, medio ambiente

¿Por qué la crueldad contra los animales no es un “delito grave”?

SAN LUIS POTOSÍ

A mediados de julio, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) atendió una denuncia ciudadana y terminó por asegurar un jaguar en un domicilio de San Luis Potosí. Al ser una especie amenazada (panthera onca), los propietarios tendrían que mostrar a las autoridades los permisos correspondientes de la Semarnat, al igual que un plan de manejo para cuidar al felino.

Por supuesto, los dueños no contaban con ninguno de estos documentos. ¿Para qué? Si nunca se han molestado en conocer los riesgos que conlleva el cuidado de un animal salvaje en cautiverio, la idea de que haya trámites burocráticos tal vez ni siquiera pasó por sus mentes. Si no necesitas un permiso del gobierno para comprar un gato, ¿por qué tener un jaguar sería distinto?

El animal -llamado Kaín- actualmente se encuentra en el Gran Santuario Mexicano Jaguar Negro Tigre Blanco, y existe la posibilidad de que regrese con sus dueños si estos logran resolver su problema administrativo.

Rescatan a jaguar que tenían como mascota en un domicilio de San Luis Potosí. (Profepa)

Lee también:

La posesión de animales -especialmente si estos se encuentran en peligro de extinción- ha simbolizado el dominio de poder desde la historia antigua, cuando reyes y emperadores tenían tigres, osos y elefantes encadenados en sus jardines. Tales tradiciones han perdurado con el paso de los siglos, por lo que no es raro escuchar de familias adineradas con sus propios zoológicos, un gusto peculiar que comparten muchos líderes de la política, el espectáculo, la iniciativa privada y el crimen organizado.

CIUDAD DE MÉXICO

Desde que el maltrato animal empezó a ser considerado un delito dentro del Código Penal del Distrito Federal, cierta práctica empezó surgir entre las denuncias y cada vez con más frecuencia; una práctica que en tiempos pasados, la gente prefería asumir que no estaba ocurriendo. Esto es la zoofilia.

También conocido como bestialismo, la zoofilia es una parafilia que consiste en un acto sexual entre un ser humano y una especie animal. Así como todos los fetiches, la gente que padece este comportamiento atípico halló un refugio en internet, donde es más fácil encontrarse con otros fetichistas, así como intercambiar fotos, videos e información sobre cómo satisfacer personalmente sus deseos sexuales.

En la Ciudad de México, el bestialismo está prohibido por ley; sin embargo, recolectar pruebas para acreditar el delito es particularmente difícil. Las delegaciones de Iztapalapa y Cuauhtémoc son las entidades que presentan el mayor número de casos de zoofilia en la capital del país, pero tal como señala el Frente Ciudadano Pro Derecho Animal (Frecda), hasta levantar una denuncia se convierte en una tarea ardua.

maltrato animal, crueldad animal, delito grave, medio ambiente
“Leda y el Cisne” de Miguel Ángel (dominio público)

maltrato animal, crueldad animal, delito grave, medio ambiente

En primer lugar, está el hecho de que los llamados “zoos” se mueven sigilosamente en círculos anónimos y cerrados de internet, sino es que la deep web. Luego está el tipo de evidencia que se debe presentar para que el caso no sea turnado al juzgado cívico. Por ejemplo, si el ministerio público no ve una lesión grave sobre el cuerpo del animal, será difícil que apliquen una acción de tipo penal.

Aunque la gente no tiene control para escoger la parafilia que le toca, el bestialismo es ante todo un acto de crueldad contra un animal, ya que es una forma de imponerse por la fuerza sobre otro ser viviente con fines placenteros. Y claro, más que la cárcel, los zoófilos necesitan ayuda para estar conscientes de que hay líneas que no se pueden cruzar de acuerdo a un respeto que debería haber entre todas las especies.

VERACRUZ

Si las peleas de perros están prohibidas -y hasta cuentan con su propio apartado en el Código Penal Federal (artículo 419 Bis)- uno pensaría que las peleas de gallos serían ya un recuerdo ignominioso de las tradiciones populares. Pero como dice aquel lema de Rebelión en la granja:

Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

Bajo el argumento de la pérdida de “500 mil empleos directos e indirectos” vinculados a la industria de criadores de animales de combate, el pleno del congreso de Veracruz aprobó la despenalización de las peleas de gallos y las vaquilladas. Estas actividades se reincorporan a la realización de espectáculos de tauromaquia, las carreras de caballos y demás actividades en el estado relacionados a la charrería.

Impulsada por los legisladores del Partido Acción Nacional, esta reforma a la Ley de la Protección de los Animales le da marcha atrás a una iniciativa que se había aprobado hace un año, precisamente para prohibir las peleas de gallos. Pero ya que Veracruz es el principal productor de aves de combate en el país, los intereses económicos triunfaron sobre las intenciones de extinguir la crueldad animal en los palenques.

crueldad animal, maltrato animal, delito grave, justicia penal
(AP Photo/Hobbs News-Sun, Vange Perryman)

crueldad animal, maltrato animal, delito grave, justicia penal

Un diputado local que aprobó la ley incluso tachó a los opositores de “ignorantes”, ya que no se pueden eliminar miles de empleos que dependen de los galleros en medio de una crisis económica. Bajo esta lógica, si la industria de la violencia animal es una fuente tan grande de trabajo, ¿qué nos previene legalizar las peleas de perros? ¿O instaurar los combates con otras especies salvajes? Solo basta decir que se trata de nuevos “usos y costumbres” y así de fácil se podría resolver el problema del desempleo en el país.

CRUELDAD ANIMAL: DELITO… ¿NO GRAVE?

Mucha gente cuestiona el concepto de crueldad animal como un delito grave. De hecho, hay gente que cuestiona que el maltrato debería considerarse un delito del todo, tal como se consigna en el nuevo sistema de justicia penal acusatorio. Esta percepción en realidad radica en un punto de vista progresista sobre la explotación de recursos naturales, alentado por posturas tanto religiosas como utilitarias.

Por un lado, se dice que solo el ser humano tiene derecho a entrar al reino de Dios. Ya que los animales y las plantas carecen de alma, no hay promesa del paraíso eterno para estos seres, y esta visión del mundo los coloca en un plano inferior relativo al hombre.

Y por otro lado, la conservación de las especies (y el medio ambiente en general) carece de un valor que contribuya sustancialmente (y a corto plazo) a la riqueza capital de una sociedad. ¿Para qué establecer una reserva natural cuando en el mismo terreno podemos construir fraccionamientos de lujo, centros comerciales, enormes estacionamientos y un campo de golf. Think of the profits, man!

maltrato animal, crueldad animal, delito grave, medio ambiente
(AP Photo/Shizuo Kambayashi)

Nuestro lugar en la cadena alimenticia justifica la matanza de otras especies porque así está escrito en las leyes de la naturaleza: Uno debe comer para sobrevivir. Igualmente, la matanza de otras especies de acuerdo a las necesidades de abrigo obedece a la misma lógica. Sin embargo, el ser humano no ha vencido las tentaciones de inclinarse hacia los extremos de la gula, la vanidad y la codicia. Queremos zapatos de piel de cocodrilo que no necesitamos, buscamos afrodisiacos inexistentes en la vejiga de la totoaba, realizamos experimentos sobre conejos para fabricar cosméticos inútiles, o nos comemos diez hot dogs todos los días hasta que la diabetes nos mate.

Pero más allá de eso, el ser humano ha demostrado ser la única especie que es capaz de matar a otra por el simple placer que provoca el acto homicida. Aunque la caza y la pesca por deporte no diezman los ecosistemas como la destrucción de los hábitats en nombre del progreso (zonas industriales, minas, campos de cultivo, etc), estas actividades simbolizan tanto el egoísmo del hombre como el nulo respeto que conservamos por las demás especies, condenadas a compartir este planeta con nosotros. La tauromaquia, las peleas de perros, los espectáculos circenses y las tradiciones populares que involucran la tortura de una criatura, entre otros, son más ejemplos de la poca consideración que tenemos de nuestra responsabilidad en el orden natural.

¿Cómo podemos inculcar una cultura de respeto en la sociedad mexicana hacia el medio ambiente? ¿Más años de cárcel por maltrato animal? ¿Mejores programas de educación? ¿La creación de otro órgano policiaco?

La indignación que despierta en redes sociales casos como los descritos arriba, o el de los pitbulls asesinados en Coyoacán, son muestras de que buena parte de la población mexicana es capaz de sentir empatía, coraje o lástima por las condiciones de otras especies. Son menos los que están dispuestos a transformar estos sentimientos en acciones; aquellos que valientemente luchan por los derechos de los animales en organizaciones, generan conciencia sobre especies en peligro a través de sus fotografías y reportajes, o le dan voz a los reclamos de la fauna en los órganos legislativos.

Pero sería imposible e irrealista esperar que toda la sociedad se movilizara para salvar a la Tierra. Lo que sí podemos pedir es cambiar la percepción que tenemos de la fauna. Para empezar, debemos comprender que los animales son geniales porque no exigen ni esperan nada de la raza humana. No buscan fama, ni prestigio, no están interesados en fronteras políticas, en celebraciones populares, ni en los problemas sociales que nos aquejan. Tampoco les importa si un país le declara la guerra a otro o si el crimen ha rebasado los índices del año anterior.

El ser humano no podía pedir compañeros más nobles en este planeta, indiferentes a nuestros caprichos. Pero sí hay que tener algo en mente: más allá de ser una fuente de entretenimiento, nuestra ropa y nuestra comida, los animales son seres vivos, capaces de sentir dolor y hambre, y al igual que nosotros, el propósito de cada animal consiste en asegurar la supervivencia de su especie. Si podemos comprender eso, entonces podremos respetar su derecho a existir.

Lee también:

comentarios