¿Por qué debemos reírnos de Trump?

Risa/resistencia: los tiranos no aguantan que se rían de ellos

Para los autoritarios, el sentido del humor suele ser incómodo, sobre todo cuando el objeto del chiste es el tirano o el régimen que encabeza. Días antes de asumir la Presidencia de Estados Unidos, Donald Trump dio su primera conferencia de prensa después de las elecciones. En la rueda, el ahora presidente tocó algunas de sus promesas de campaña más polémicas. El sábado siguiente, el elenco de Saturday Night Live hizo una caricatura del evento. Como ha sucedido desde hace meses, el actor Alec Baldwin encarnó el personaje de Trump. Horas después, The Donald publicó un tuit criticando –con cierto aire de rabieta– el contenido de la serie y la actuación de Baldwin.

¿Cómo leer la reacción del imitado, en tanto él es ahora el mandatario del país más poderoso del mundo? Definitivamente, una reacción así merece nuestra observación. ¿La razón? Un cargo público –más si se trata de la presidencia de E.E.U.U. — siempre acarrea distintos niveles y formatos de crítica. El humor, como la sátira, es uno de esos formatos. La historia moderna atestigua casos de comediantes políticos que, en su tentativa de mermar el efecto del autoritarismo, no se han detenido en su quehacer. Es cierto: un chiste, en sí mismo, es incapaz de derrocar un régimen. Sin embargo, en alguna medida puede afectarlo.

Conferencia/chiste/pataleta

Fue días antes de que asumiera la presidencia. Trump dio su primera conferencia después de las elecciones. El entonces presidente electo llegó al podio cargando con la expectativa de ciertas preguntas incómodas. De acuerdo con un reportaje, Obama y Trump recibieron documentos con acusaciones de que agentes rusos aseguran tener información financiera y personal sobre Donald Trump. Las acusaciones deambulan entre la agencia del gobierno ruso en las elecciones estadounidenses de 2016, como en supuestos encuentros que Trump sostuvo con prostitutas rusas. Se dice que a ellas se les solicitó que se orinaran encima. En la conferencia, además, Trump reiteró que construirá el muro fronterizo con México –promesa que ya ha adquirido realidad– y dijo que no revelaría su declaración de impuestos.

El sábado siguiente, Saturday Night Live presentó un sketch parodiando la conferencia de Donald Trump. Como ha sucedido desde hace ya varios meses, Alec Baldwin interpretó al nuevo presidente de Estados Unidos.

El programa hizo chistes sobre el supuesto hackeo ruso en las elecciones de 2016 y, claro está, sobre la cuestión de las fiestas con prostitutas rusas. Al abrir su discurso paródico, Trump/Baldwin dijo: “quiero empezar por contestar lo que está en la cabeza de todos: sí, esto es real, esto realmente está pasando. El 20 de enero, yo, Donald J. Trump me convertiré en el presidente 45 de Estados Unidos y dos meses después Mike Pence se convertirá en el 46.” Después, Baldwin y el equipo de Saturday Night Live hicieron una serie de chistes sobre prostitutas y orina. Trump ficticio mencionó que “no, no hablo acerca de la ‘lluvia dorada’, pues eso nunca pasó y no fue tan cool como suena”.

Trump, tan irascible como siempre, no tardó mucho en mostrar su desaprobación. En su cuenta personal de Twitter, el ahora presidente dijo que “@NBCNews es mala, pero Saturday Night Live es lo peor de NBC. No son graciosos, el elenco es terrible. ¡Realmente televisión muy mala!”. Su actitud no es nueva: cuando es criticado por algún personaje de la farándula –ya no digamos intelectuales o analistas políticos–, Trump brinca en Twitter.

Hoy por hoy, durante los primeros días de su administración, Trump ha efectuado algunas medidas radicales: declaró formalmente que Estados Unidos no se unirá al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés); la restauración de la Mexico City Policy, norma que prohíbe a organizaciones no gubernamentales (ONG’s) utilicen fondos federales estadounidenses para gestar, en el extranjero, actividades en pro de la salud reproductiva de las mujeres; la firma de la orden ejecutiva para levantar el muro fronterizo con México. El autoritarismo de Trump, que durante su campaña llegó a pensarse como fantasía, comienza adquirir –a paso veloz– un tono de realidad que preocupa. Y, como hemos visto en numerosas ocasiones, el poder de los tiranos es especialmente intolerante –sensible– al sentido del humor, sobre todo cuando este toma por objeto de la broma a la tiranía misma.

Casos hay muchos.

Zarganar, los militares de Birmania

(AP Photo/Khin Maung Win)

(AP Photo/Khin Maung Win)

Hacer comedia ha sido motivo para ir a la cárcel. Este es el caso de Maung Thura “Zarganar”, comediante birmano que también ha trabajado como director y actor de cine. En numerosas ocasiones, Zarganar fue preso político del régimen militar de Birmania. Desde 1988, cuando ocurrieron las protestas masivas contra el gobierno birmano, el comediante entró y salió de la cárcel varias veces. En aquella ocasión, Zarganar fue acusado de instigador. Después de entrar y salir de prisión más de una vez, fue liberado en 1994. Fue entonces que le prohibieron actuar en escenarios, pero le permitieron seguir trabajando en piezas audiovisuales. No obstante, dicho material fue muy vigilado por la censura de los militares. ¿Qué ocurría en Birmania que la actividad de Zarganar fue tan poco tolerada?

Desde 1962, en Birmania se instauró un régimen militar dirigido por el general Ne Win. Hacia 1988, estalló una revuelta masiva que se conoce como Levantamiento 8888, aquel acontecimiento en que Zarganar fue arrestado por primera vez. El movimiento, lamentablemente, tuvo como consecuencia la formación de una junta militar en Birmania. Al año siguiente, el gobierno cambió el nombre del país por el de Unión de Myanmar.

Zarganar fue detenido por última vez en 2008. Ese año, el ciclón Nargis arrasó el territorio birmano, dejando un estimado de 22 mil muertos y 41 mil desaparecidos. Ante medios internacionales, el comediante criticó la falta de atención del gobierno para hacerse cargo del problema y de los daños. Además, lideró una asociación de artistas que se organizó y proporcionó ayuda a los damnificados. Por ello, fue sentenciado a 59 años de prisión. Sin embargo, gracias a las apelaciones de sus allegados, la condena se redujo a 35 años. El comediante fue liberado en 2011, después de una amnistía masiva para prisioneros políticos. Al salir, según dijo, se sintió sorprendido, pero no feliz: muchos amigos y compañeros suyos estaban aún en la cárcel.

La junta militar fue disuelta en 2011. En marzo de 2016, el Parlamento de Myanmar eligió a Htin Kyaw como nuevo presidente del país. El acontecimiento fue el fin formal del gobierno militar. El caso de Zanganar es paradigmático en el sentido que abordamos aquí: según él mismo, la razón de sus encarcelamientos fue, casi siempre, contar chistes. El humor político puede resultar peligroso para los tiranos cuando ellos se vuelven el objeto de la risa. Finalmente, un chiste también puede ser un artefacto crítico.

Por lo tanto, aun cuando no hay dictadura como tal, el humor también sirve para poner los puntos sobre las íes.

Micky Vainilla: fascismo para entretener

Diego Capusotto es un brillante actor y comediante argentino. Desde hace años, realiza el programa de televisión Peter Capusotto y sus videos, junto al escritor y productor Pedro Saborido. Se trata de un show en que Capusotto hace gala de varios personajes. Uno de los más populares es Micky Vainilla, un peculiar cantante de pop que, en el fondo, no puede dejar de mostrar su adscripción a la extrema derecha.

Vainilla está caracterizado como una especie de derivación de Hitler. Sus canciones y productos hacen gala de una discriminación evidente: no le gustan los pobres, ni los morenos, ni los inmigrantes, ni los enfermos ni las mujeres gordas. No obstante, cuando se le pregunta por la peligrosidad de su mensaje, finge no entender de qué le están hablando. Micky Vainilla, además, parece estar tan cerca del nazismo como de las clases altas: le gustan los clubes campestres y los barrios finos. Por si fuera poco, hace tiempo compró un concepto mexicano para adecuarlo a sus propósitos.

Conversando con conocidos, me he dado cuenta de que entre algunos de ellos surge una pregunta: ¿un chiste como Micky Vainilla no promueve, él mismo, un acto de discriminación? La pregunta, me parece, es dónde radica el objeto de la burla: no se trata de los inmigrantes ni de los pobres, sino del discurso que promueve su segregación. De acuerdo con Diego Capusotto, Vainilla es una especie de capital simbólico del macrismo. En una entrevista para Vamos a Volver, el comediante dijo que “[Micky Vainilla] está en todos los ministerios. Es como un capital simbólico. De todas maneras esto es bastante más problemático que un programa de ficción. Hay algo que replica de lo que dice Micky Vainilla con lo que dicen estos muchachos [Macri, su equipo]. Pero lo de estos muchachos es como más complicado. Estamos hablando en el plano de lo real donde empieza a quedar gente afuera. […] La gente está siendo desplazada. Esa es la manera que tienen ellos de hacer política. Y su política también funciona en la medida en que tengan gente afuera.”

El humor de Capusotto es, en una gran medida, político. Sin embargo, él reconoce que un programa de tele no es suficiente. De acuerdo con su postura, “la movilidad territorial es mucho más intensa, combativa y con resultados más próximos que un programa de televisión”. Entonces, ¿cuál puede ser el alcance del show? En un lugar afortunado, cierta empatía con el otro. Empatía con esa gente que sufre despidos, desempleo, entre otros problemas.

Y es cierto: la administración de Macri no es, en absoluto, una dictadura militar. Sin embargo, el viraje de su política tiende a un discurso que ya no nos es ajeno. Hace unos días, su gobierno emitió un decreto para agilizar los trámites de expulsión a inmigrantes o residentes de otro país que violen el Código Penal. Se busca, con ello, reducir a dos meses el procedimiento de deportación. En palabras del mismo Mauricio Macri, el punto es “decirle a alguien que tiene antecedentes en su país que no es bienvenido”. Ello vendrá acompañado de un endurecimiento de los controles migratorios en aeropuertos y fronteras terrestres.

Y bueno, vale la pena recordarlo: Capusotto no es el primero que se ríe de los nazis.

El gran dictador

(AP Photo/HO/Columbia Pictures)

(AP Photo/HO/Columbia Pictures)

Apareció en 1940, cuando la guerra no había acabado aún y el fascismo se prometía a sí mismo conquistar el mundo. Charlie Chaplin hizo El gran dictador, el primero de sus filmes sonoros, pensando en Hitler y en la amenaza que suponía. Esa película sería la última en mostrar al personaje clásico de Chaplin: Charlot, el vago, ese icónico señorcito de sombrero, bastón y bigote muy –pero muy– peculiar.

Muchos conocen el argumento de la cinta: un pequeño barbero judío, actualización sonora de Charlot, pelea en nombre de la nación de Tomania durante la Primera Guerra Mundial. Después de salvar al oficial Schultz, tiene un accidente de avión que le hace perder la memoria. Su país pierde la guerra. Durante veinte años, el barbero permanece recluido en un hospital, sin recuperar el recuerdo. Escapa, vuelve a casa, y cae en cuenta de que el ghetto judío en que vivía ha caído en manos del fascismo, del odio a su gente. Ahora, la presencia de guardias violentos es algo cotidiano. El nuevo régimen está encabezado por Adenoid Hynkel: una sátira de Hitler protagonizada por el mismo Chaplin. Lo que viene es una historia que combina el gag más dulce con la amenaza más severa, más cruel.

Chaplin fue uno de los primeros en detectar la amenaza real del fascismo y la lógica concentracionaria. André Bazin, crítico de cine, dijo que cuando uno se llama Adolf Hitler debe poner un poco de atención a su bigote y sus cabellos. Así, el perpetrador de la solución final se puso en manos de Chaplin al robarse el bigote típico de Charlot. Dice Bazin que:

Primer asalto: Hitler le quita a Charlot su bigote. Segundo asalto: Charlot recupera su bigote, pero este bigote no es ya sólo un bigote a lo Charlot, con el tiempo se ha convertido en un bigote a lo Hitler. Recobrándolo Charlot consigue una hipoteca sobre la misma existencia de Hitler. Y con ella arrasa esa existencia, de la que dispone a su antojo. Y crea a Hinkel.

Para seguir con Bazin, reírse de Hitler –como reírse de Trump– no nos libera del miedo ni del compromiso. No obstante, El gran dictador sí funciona en un punto específico: nos recuerda que el proyecto totalitario, aunque falible, es capaz de engendrar gran daño, gran dolor.

Trump

La verdad sea dicha: ni Saturday Night Live, ni Alec Baldwin, van a acabar con el autoritarismo de Donald Trump. El sentido del humor nunca es una vía suficiente a la desactivación del poder. Sin embargo, un chiste sí puede hacer algo de combate: en un terreno afortunado, puede mostrar lo ridículo de un tirano que, por su propia condición de tirano, busca ser total, solemne y eterno.

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