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Piedras filosofales y dónde encontrarlas: De Frankenstein a Zuckerberg

20 años de Harry Potter

Si eres de aquellos que nunca tuvieron la inclinación de leer un libro de Harry Potter pero que siempre has sido tentado por una pizca de curiosidad, entonces debes tomar en cuenta la siguiente recomendación.

Con motivo del vigésimo aniversario de la publicación de Harry Potter y la piedra filosofal, la editorial Bloomsbury lanzó una edición especial forrada con una hermosa cubierta y adornada con una serie de detalles inéditos (aunque menores) que seguro los fanáticos de Harry Potter ya agregaron a su colección. La edición cuenta con cuatro diseños de portada distintos, cada uno con el escudo de las distintas casas que conforman el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería (Gryffindor, Ravenclaw, Slytherin y… la otra).

Incluso si ya tuviste la oportunidad de ver la película, como nuevo lector quedarás atrapado bajo los ganchos narrativos que emplea J.K. Rowling. En seguida nos vamos a enfocar en uno de estos. Al mezclar elementos fantásticos conocidos por todos (trolls, duendes, centauros, varitas mágicas, etc) con la vida cotidiana de la niñez (escuelas, bullys, exámenes, aventuras) la autora construyó el punto de acceso ideal para que una nueva generación de lectores descubriera, y disculpa el cliché, un mundo de magia que se remonta en los clásicos para ofrecer una trama novedosa y divertida (otra disculpa, esta edición solo está disponible en inglés, aunque este detalle no debería ser percibido como un obstáculo).

Rowling no solo se apoyó en elementos clásicos del folclore fantástico para contar sus historias sobre hechiceros y brujas precoces. La piedra filosofal, parte fundamental de la primera aventura de Harry Potter y sus amigos, es uno de estos artefactos arraigados en el mundo de la ficción que, dado el poder que tiene para alumbrar la ambición de los hombres, ha coqueteado en numerosas ocasiones de la historia con cruzar el portal que conecta con nuestro mundo. Así como el Santo Grial, el Necronomicón o la ciudad perdida de El Dorado, la piedra filosofal ha inspirado una búsqueda interminable que, a lo largo del tiempo, nos ha dejado historias, inventos y descubrimientos que dan fe del poder de la imaginación.

Pero volvamos a Hogwarts.

En el capítulo 13 de la primera novela, Harry descubre la identidad del misterioso Nicolas Flamel. Resulta que era un alquimista de 665 años de edad, que descubrió (junto a su esposa, Perenelle) la formula secreta para hacer la piedra filosofal, y que fue un compañero de laboratorio de Albus Dumbledore. A este último le encomendó la tarea de guardar la piedra en un lugar muy seguro, digamos, bajo la protección de un Can Cerbero y varios hechizos. Verás, la codiciada piedra es capaz de transformar metales bases en oro o plata, y por si fuera poco, de la piedra se puede extraer el elixir de la vida, sustancia mítica capaz de rejuvenecer y dar vida eterna al que la consuma. En estos inicios de la saga de Harry Potter, “aquél cuyo nombre aún no podíamos mencionar” (Lord Voldemort, pues) había emprendido una búsqueda desesperada de dicha sustancia, su único método para escapar de la antesala de la muerte.

Así como muchos autores antes de ella, Rowling aprovechó la figura de Nicolas Flamel para darle un toque de realismo a una historia fantástica, no obstante la ignorancia del joven lector. Imagina su sorpresa cuando descubra que Flamel es un personaje de la vida real. ¿Pero qué tanto es ficción y qué tanto es realidad? Obviamente el dato de que Flamel fuera un compañero de Dumbledore se lo podemos atribuir a la imaginación de la escritora, pero todos los demás datos biográficos compartidos por Hermione son una mezcla de leyenda e historia verídica, tal como verás a continuación…

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(http://wellcomeimages.org/indexplus/obf_images/fe/14/3a137375c5598c4f28aeaaa3acce.jpgGallery: http://wellcomeimages.org/indexplus/image/V0001935.html, CC BY 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=36396039)

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¿Quién fue Nicolas Flamel?

Esto es lo que puede confirmar Wikipedia. Sabemos que era un escribano y copista burgués del siglo XIV, que era relativamente pobre hasta que se casó con Perenelle, que era un amante de la ópera y de las artes, y que tuvo más de un par de propiedades en París, algunas de las cuales siguen de pie en la actualidad. Y claro, su muerte quedó documentada en 1418, más o menos a los 80 años de edad (ya de por sí una edad extraordinario en aquellos años) y hasta mandó a hacer su propia lápida.

Curiosamente, la historia no lo retrata como alquimista porque no hay evidencia de que Flamel fuera un estudioso de este ramo de la tradición esoterista. No fue sino hasta un par de siglos después de su muerte que empezaron a surgir documentos, supuestamente redactados por nuestro escribano estrella, que dan constancia sobre su trabajo en la alquimia y su máxima proeza: el descubrimiento de la piedra filosofal. Cuenta la leyenda que gracias a este hallazgo, Flamel y su esposa se adueñaron de una considerable fortuna (porque si vas a vivir para siempre, más vale vivir en la opulencia), aunque es de notar que la pareja prefirió optar por la clandestinidad. En la Edad Media, los alquimistas que no trabajaban en el servicio de algún monarca eran denunciados ante la Iglesia como herejes, paganos o brujos y castigados por la Inquisición.

Por supuesto, los historiadores de la ciencia no titubean al señalar que estos documentos eran invenciones de editores que simplemente buscaban vender libros. Ya desde el siglo XVII, la industria literaria sabía cómo explotar el gusto morboso de los lectores que consumían historias insólitas que mezclaban la fantasía con la realidad. Historias de este estilo son la base de cualquier creencia religiosa.

No obstante las críticas de los especialistas, el daño estaba hecho y Flamel se volvió famoso, cientos de años después de su muerte y por una hazaña que nunca logró (probablemente ni intentó). De cualquier forma, al burlarse de la muerte, este hombre se convirtió en un Cristo menor del Renacimiento y personaje/referencia en las historias de varios autores, desde Victor Hugo hasta J.K. Rowling. De una manera simbólica, Flamel alcanzó la vida eterna, no en el plano de los mortales, sino en las páginas de la literatura fantástica y otros medios narrativos, historias que nos han mantenido entretenidos hasta el tiempo presente.

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Nicolas Flamel (Michael Maier – Atalanta Fugiens, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3442035)

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A causa de la fama poco merecida que las artes le han brindado a Nicolas Flamel, otros hombres que indagaron el terreno de la alquimia quedaron relativamente eclipsados. Alquimistas auténticos como Enrique Cornelio Agripa, Arnau de Vilanova, Alberto Magno, Paracelso, Edward Kelley y el doctor John Dee sí se empeñaron en buscar la piedra filosofal, pero como sus experimentos se vieron limitados por las realidades de un laboratorio, sus investigaciones no alcanzaron el éxito deseado (mientras que aquellos que clamaban lo contrario sin prueba alguna, como Kelley, eran tachados de charlatanes).

Dato peculiar: Así como Cristobal Colón descubrió otro continente en su intento por encontrar un pasaje más rápido para llegar a las Indias, los alquimistas sí descubrieron un elixir, aunque distinto al de su objetivo: el aguardiente. A raíz de los experimentos con artefactos árabes como el alambique, los alquimistas españoles de la Edad Media fueron los primeros en extraer la esencia de una sustancia orgánica, produciendo un líquido incoloro, o sea el destilado de un fermentado alcohólico. Al experimentar la euforia que causaba el consumo de esta sustancia, los alquimistas creyeron haber descubierto el elixir de la vida, bautizado así como aqua vitae.

Irónicamente, algunos alquimistas perdieron la vida, intoxicados por el elevado contenido alcohólico de los primeros destilados. Resulta que la maravillosa aqua vitae acortaba la vida, no la alargaba. Tuvieron que pasar varios siglos para que diversas empresas pudieran elaborar bebidas espirituosas que no afectaran la salud del consumidor y solo así, comercializar dichos productos alcohólicos para consumo humano, apartando a la Iglesia de su control. Estos días, nuestras versiones rebajadas del elixir de la vida son conocidas en el mercado bajo nombres como mezcal, whiskey, brandy, ron, vodka… Fin de dato peculiar.

Aparte de los miles de productos que podemos encontrar en tiendas de vinos y licores que no existirían si no fuera por los experimentos en una “pseudociencia”, la búsqueda de la piedra filosofal también nos brindó un símbolo que fortalece uno de los pilares de la ética científica. La piedra vino a representar los límites que los seres humanos estamos o no dispuestos a cruzar en nuestro afán por resolver todos los misterios de la vida y acercarnos progresivamente a Dios.

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Mary Shelley (Samuel John Stump National Portrait Gallery: NPG 1719, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6371034)

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La tragedia de la sabiduría del ser humano

Hace 200 años (así es, la primera edición de Frankenstein fue publicada en 1818), Mary Wollstonecraft Shelley vio en el mito de Prometeo la figura metafórica del hombre de ciencia, el racionalista empeñado en desafiar a los dioses con el fin de beneficiar a la raza humana a costa de su propia suerte. Fue en una noche fría y lluviosa, durante una ronda de cuentos de terror entre Lord Byron y Percy Bysshe Shelley, que la esposa de este último sorprendió a los poetas con un relato que trascendió la historia.

Así fue como Mary Shelley nos presentó a un joven y apasionado estudiante de las filosofías naturales determinado en erradicar los males que afligen a la raza humana, luego de ser testigo de la muerte de su madre por una enfermedad. Con este impulso, Victor Frankenstein se dedica a devorar las obras de Agripa, Magno y Parecelso con tal de aprender de sus errores y triunfar donde ellos fracasaron: el descubrimiento de los secretos del mundo físico, cuya llave es el elixir de la vida.

Frankenstein comprende que este elemento no es el fin, sino el medio para alcanzar lo inalcanzable por meros mortales. Y por tal motivo, el estudiante (en la novela original no es un doctor aún) se apoya en la ciencia del siglo XIX para darle forma material a su máximo anhelo: la creación de vida inteligente. “¿De dónde procede el principio de la vida?” se pregunta Frankenstein. “Para examinar las causas de la vida, primero tenemos que recurrir a la muerte.”

¡Está vivo! ¡Está vivo!”

Resulta curioso cómo es que la frase más popular derivada de la historia de Frankenstein no sea producto de la novela de Shelley sino fuera extraída de la clásica película de James Whale de 1931. Todavía hasta la fecha, la imagen de Boris Karloff como “el monstruo” es la representación que primero viene en la mente cuando pensamos en Frankenstein, con su par de tuercas incrustadas en el cuello y su enorme frente rectangular (fue Jack Kirby quien se inspiró en este look para darle su rostro al Increíble Hulk de Marvel Comics).

A estas alturas debemos preguntarnos, ¿a qué se debe la inmensa popularidad de Frankenstein en la cultura pop, una creación del siglo XIX hay que agregar?

Desde el punto de vista de la crítica literaria, la obra más famosa de Shelley comete varios pecados narrativos: el ritmo de la novela es lento, la estructura es torpe y confusa, los personajes son bastante planos, y un largo etcétera de defectos técnicos. Aunque el Frankenstein de Shelley carece de los encantos del Dracula de Bram Stoker o el impacto del Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, la autora pudo construir para su monstruo una base filosófica que ha permitido que el personaje trascienda los siglos. De acuerdo al conteo de Robert Holmes, Frankenstein ha producido más de 300 ediciones de la novela original, más de 650 historietas y tiras cómicas, arriba de 150 ficciones derivadas y parodias, cerca de 80 adaptaciones teatrales y por lo menos 90 películas, sin contar la cinta biográfica en la que Elle Fanning interpreta a Mary Shelley y que tendrá su estreno en algún punto del año entrante.

¿Cuál es esta postura filosófica que tanto le ha rendido a la criatura?

Otras historias similares como El golem juegan con la idea del hombre que siembra la vida en un objeto inanimado, pero el monstruo de Frankenstein no es una figura de piedra o arcilla, sino un cadáver (o los fragmentos de varios cadáveres, mejor dicho). Frankenstein tampoco es la historia de Jesús que revive a Lázaro porque Jesús es el hijo de Dios, una entidad con poderes sobrehumanos y fuera de las limitaciones de la Naturaleza. No, Victor Frankenstein es uno de los nuestros, un mero mortal que se atreve a robarle una vida que ya le pertenecía a la muerte, apoyado por las herramientas y los conocimientos de la ciencia. Visto así, la ciencia es el escalón imperfecto entre el ser humano y Dios.

Para Victor Frankenstein, el elixir de la vida no es un líquido sino una poderosa descarga eléctrica hurtada de los cielos. Mary Shelley prácticamente inspiró a los creadores del desfibrilador con el uso de la electricidad para reanimar el organismo humano con una explosión de nueva energía. Aunque la autora no aborda a detalle el método científico que emplea Frankenstein, la resucitación no implica el retorno de la conciencia perdida, sino la producción de un nuevo ser en un cuerpo podrido. Cuando la criatura despierta, ésta resulta incapaz del habla, pero busca la protección y el cariño de su creador, como un bebé que busca por instinto a su madre. Como ya sabemos, Frankenstein rechaza con horror a este “demonio” y se da a la fuga. Confundido y enojado, la criatura lucha por encontrar un nuevo propósito.

¿Cuál es el propósito de la vida animal? ¿Cuál es el propósito de una ardilla, de una planta, de un organismo unicelular? Simple. Reproducirse y asegurar la supervivencia de la especie. La programación no exige más de los seres de la Naturaleza y no parece importarles otra cosa.

Ahora bien, ¿cuál es el propósito de una vida capaz de razonamiento? Aquello de la reproducción y la supervivencia de la especie no suena mal, pero… ¿no hay algo más?

¿En qué pensaba Victor Frankenstein cuando le inyectó inteligencia a una fuerza en movimiento? ¿No se le ocurrió que su creación sería capaz de pensamiento independiente y, por lo tanto, que tuviera sus propios deseos y necesidades? En otras palabras… ¿que tuviera un alma? Esta inquietante interrogante también es explorada por Kazuo Ishiguro en su novela Nunca me abandones. Muchos dirán que el debate ético sobre los derechos de clones, androides o de sistemas programados con inteligencia artificial es un debate que todavía pertenece en las novelas de ciencia ficción… ¿pero tienen razón? El argumento es que no vale la pena quebrarse la cabeza sobre cuestiones éticas que aún no forman parte del entorno social.

Pero los conflictos de la ciencia ficción no suelen ser reflejos de la realidad moderna, sino metáforas de los problemas que hoy nos aquejan. Sí, como la piedra filosofal.

Volvamos a Shelley.

Como toda buena novela de ciencia ficción (no obstante sus fallas), Frankenstein es una advertencia. El conflicto narrativo del hombre contra la tecnología nos remite al conflicto del hombre contra Dios, solo que ahora los papeles están invertidos. Armado con su complejo de inferioridad, destrucción y creación van de la mano en el trayecto del hombre por alcanzar la divinidad.

Ante el rechazo de su creador, el Monstruo acumula información y experiencia, y en su anhelo por ser amado y comprendido, adquiere humanidad. Esto conlleva un nuevo propósito: la venganza. Si Frankenstein no está dispuesto a brindarle lo que anhela (la creación de una pareja), entonces destruirá a cada uno de los seres queridos de su creador hasta que permanezca tan solo en el mundo como él. Mientras el hombre fracasa como Ícaro en su ambición de acercarse a Dios (y siempre debe fracasar), el Monstruo, es decir, la máquina, sueña con caminar entre los hombres, ser uno de ellos. Si triunfa o fracasa ya depende de la postura del autor.

Homo Ex Machina

Nadie pone en duda los beneficios de una máquina que puede levantar objetos que pesan varias toneladas, o de máquinas que son capaces de hacer millones de cálculos por segundo, o de máquinas que pueden tostar pan. ¿Pero qué debemos pensar de las máquinas que son capaces de escribir historias? Cuando incluso la imaginación puede ser automatizada, ¿qué es lo que nos queda como seres humanos?

La realidad de los llamados ‘bots’ que pueden escribir historias originales a partir de un algoritmo no es ninguna novedad. Recordemos la nota de hace un año sobre un programa de inteligencia artificial que CASI conquista un premio literario de Japón. Los jueces nunca supieron que una de sus novelas finalistas fue escrita por una computadora hasta que se dio a conocer el ganador.

Pero hace poco me tomó por sorpresa la creación de una cuenta de Twitter operada por un bot: @shelley_ai. Es algo fascinante. Diseñada por ingenieros de MIT, el bot es (o era) capaz de interactuar con usuarios humanos de esta red social para crear historias exclusivamente de terror. ¿Pero por qué escogieron a Mary Shelley en particular como el rostro de su bot y no a una figura como Poe o Lovecraft? Podría ser mera casualidad o también podría ser el sentido del humor irónico de los diseñadores. Shelley, quien dio inteligencia a un cadáver resucitado en el mundo de la ficción ahora revive ella misma en la forma de un programa con inteligencia artificial en las redes sociales del siglo XXI. La creadora se convierte en creación.

Lee más: Estos son los robots que aprendieron a escribir

¿Dónde está la piedra filosofal ahora? ¿Quiénes son los alquimistas de hoy?

En la novela de Shelley, Victor Frankenstein era ridiculizado por miembros de la Academia por estudiar la obra de Agripa y Paracelso. No tanto porque sus teorías fueran una pérdida de tiempo, sino por el miedo que inspiraban sus metas originales: ¿La vida eterna? ¿El triunfo sobre la muerte? ¿La transmutación del alma? Vale la pena reiterar este punto, la piedra filosofal representa la llave universal que nos permite cruzar una puerta tras otra del laberinto que nos acerca a Dios.

Toda innovación científica y tecnológica que altera nuestra concepción original de la vida reduce la estatura del Todopoderoso a nuestro nivel (avances en clonación, fecundación in vitro, investigación de células madre, medicamentos que prolongan la vida, alteraciones del código genético, inteligencia artificial, hasta los nuevos avances en relaciones sexuales con robots puede entrar bajo este debate ético). Es el triunfo del racionalismo progresista sobre la moralidad espiritual.

Y bien, ¿todo esto es bueno o malo? Depende de a quién le preguntes…

Uno de los “alquimistas modernos” más populares que impulsa diversos proyectos que empujan los límites de la IA es Mark Zuckerberg. Hace un año, el jefe de Facebook introdujo al mundo su asistente de voz inteligente para el hogar. Y como es incapaz de una idea original, le puso “Jarvis”, el mismo nombre que lleva el asistente de voz inteligente de Tony Stark en las películas de Iron Man.

Bueno, Jarvis es básicamente un mayordomo virtual que está conectado a todas las aplicaciones de la casa. Es capaz de reconocer la voz de los residentes del inmueble y cuenta con reconocimiento facial, ideal para identificar a tus visitas. Según tus indicaciones, Jarvis controla las luces, prende la tele, pone la música, y claro, tuesta el pan. Y hace todo esto con la voz reconfortante de Morgan Freeman. Impresionante.

Para el mercado consumidor, Jarvis es una maravilla. ¿A quién no le gustaría tener su propio mayordomo virtual? (y si a esas vamos, ya no estamos tan lejos de Joi, el holograma inteligente de Blade Runner 2049). Solo los más alarmistas ven el peligro potencial de una casa “embrujada” o las fallas que podría desatar un programa defectivo como un incendio accidental.

Pero cuando corrió la noticia en julio de que Facebook tuvo que desactivar un proyecto de IA cuando los bots desarrollaron entre ellos un idioma incomprensible, fue entonces que los medios revivieron y explotaron los temores que asociamos con Skynet o la Matrix: un futuro distópico en el que la máquina reemplaza al ser humano como la inteligencia superior del planeta.

Para visionarios como Stephen Hawking o Elon Musk, este futuro hipotético no es una fantasía inverosímil extraída de un guion de ciencia ficción. Para el director general de Tesla Motors, los proyectos que experimentan con inteligencia artificial de manera irresponsable son una caja de Pandora, es decir, un peligro que debe tomarse muy en serio. Musk no titubea en criticar a empresarios como Zuckerberg por jugar con tecnología que nunca podrían comprender.

Podemos sintetizar el temor de Musk sobre los avances en IA de acuerdo a la ley de Moore, ley que establece que todos los avances sucesivos de un campo tecnológico son exponenciales. Y cuando se trata del campo de la inteligencia artificial, su potencial es aterrador:

El ritmo del progreso en la inteligencia artificial (no me refiero a la IA estrecha) es increíblemente rápido. A menos que tengas una exposición directa a grupos como Deepmind, no tienes idea de lo rápido que está creciendo y a un ritmo cercano al exponencial. El riesgo de que algo muy peligroso ocurra está en el plazo de cinco años. Diez años como máximo.

Al final de la novela de Shelley, Frankenstein le dice al explorador Robert Walton que otros científicos retomarán su camino, así como él retomó el camino de los alquimistas y avanzó un poco más hacia la metal final. Mientras una persona con la ambición de Zuckerberg se ve así mismo (sin tener conciencia de ello, probablemente) como un eslabón más en la búsqueda de la piedra filosofal, otra persona como Musk prefiere descifrar las señas escondidas entre las palabras de pensadores como Mary Shelley:

Este camino que nos acerca a Dios es un camino obstaculizado por la soledad, la locura y la muerte. Pero si la humanidad insiste en desafiar aquello que nunca podrá concebir, tal vez merezca ser reemplazada.

Ilustración principal: @esepe1 y @ponchobot

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