Migrantes haitianos: el éxodo americano De Brasil a Estados Unidos (pasando por México)

Haití, el país más pobre de América, no puede recuperarse. Primero, en 2010, la violenta fuerza de la tierra los sacudió con un terremoto de 7,0 (Mw) y dejó tras su presencia 316,000 muertos y al menos 1,500,000 de damnificados en la isla. Seis años después el huracán Matthew llegó a la isla y arrasó con lo poco que habían conseguido levantar. Después de los cataclismos, la pesadilla no terminó para este pequeño país americano.

Sumado a esto, los brotes de cólera y las precarias condiciones en servicios de vivienda han orillado a los habitantes de este país a dejar atrás su historia constitutiva para intentar conseguir una vida digna.

La esperada llegada de los Juegos Olímpicos 2016, que se celebrarían en Río de Janeiro, fue para 50,000 mil haitianos una luz al final del túnel de desolación en el que vivían. Brasil era la tierra prometida en donde el trabajo nunca se acabaría hasta que se acabó. A pesar de la profunda recesión económica en la que se encontraba el país sudamericano los juegos fueron una realidad, en gran medida, gracias al trabajo en la construcción de la infraestructura olímpica en la que participaron muchas manos haitianas.

(Photo by Joe Raedle/Getty Images)

El pleno desarrollo de las olimpiadas endeudó al país anfitrión de una manera indescriptible. En septiembre del 2015 el presupuesto otorgado por el Comité Olímpico Internacional había rebasado por 70 millones de dólareslo acordado y faltaba casi un año para la inauguración. Los ajustes en el presupuesto comenzaron a aparecer, muchos perdieron su visado de trabajo, muchos eran remunerados con salarios ridículos. La promesa de una vida mejor en Brasil desapareció pero sus sueños no: la mirada estaba puesta en el norte, Estados Unidos sería el lugar.

A través de Latinoamérica

(Photo by Spencer Platt/Getty Images)

El movimiento migratorio haitiano se produjo en masa a principios de este año, la pobreza y la violencia que azotan al pequeño país son las principales razones para abandonarlo y, aunque el camino no es fácil, al menos está trazado.

Cruzar el territorio sudamericano desde Brasil por la selva pudo llevar a algunos hasta Colombia pero la verdad es que ésta representa la ruta más peligrosa. Los que andan con cautela y a pie atraviesan los ríos brasileños para llegar hasta Perú. Los relatos de quienes logran llegar hasta ahí son desgarradores: desde personas arrastradas por la fuerte corriente de las aguas hasta cuerpos desmembrados al interior de la selva y aunque estas escenas son perturbadoras los caminantes no se dan por vencidos y se empeñan en llegar hasta su destino también por los que no pudieron continuar.

Ecuador es la siguiente parada y una especie de descanso para los migrantes gracias a la flexibilidad de sus políticas del libre tránsito aunque en el extremo con Colombia las cosas se vuelven a complicar. Algunos deciden quedarse en Quito, la capital ecuatoriana, que a pesar de que también enfrenta un fuerte crisis económica, al menos representa estabilidad.

Los que persisten buscan vías para cruzar la frontera con Colombia, en lancha, por la selva, antes que ser deportados, caminar días enteros entre la espesa naturaleza siempre es mejor opción que regresar a Haití. Hasta este punto del mapa las dinámicas para sobrevivir han sido duras: robos, asaltos, violaciones, extorsiones, secuestros, prostitución (…)

El camino sigue por Panamá y Costa Rica en donde miles de inmigrantes han quedado atrapados. Las políticas migratorias en la frontera sur con Nicaragua se endurecieron después de que a principios de este año una migración voluminosa de cubanos se asentaron en las costas del país.

En el Triángulo del Norte (Salvador, Guatemala y Honduras) los migrantes sufren del efecto de cuello de botella y es una de las regiones más violentas en la ruta. La presencia de grupos de delincuencia organizada, el paso ilegal de drogas y el abuso de coyotes deja a los indocumentados en una situación de extrema vulnerabilidad.

Ya en México, si el viaje es a pie, la ruta Tapachula-Tijuana representa un camino más largo pero también representa mayor seguridad pues es bien sabido por todo el mundo que Veracruz y Tamaulipas (la ruta más corta hacia Tijuana) son dos de los estados más peligrosos del país.

De México a Estados Unidos: más problemas

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Tijuana es la última parada antes de llegar a la tierra prometida pero la realidad a la que se enfrentan los migrantes haitianos en territorio mexicano no es para nada esperanzadora.

Hasta el pasado 21 de septiembre, Estados Unidos había abierto sus puertas a los ciudadanos haitianos tras la destrucción de su país por el terremoto del 2010, los migrantes tenían acceso gracias a una visa humanitaria que les daba la oportunidad de regularizar su estancia en ese país, muchos apuntaban su destino hacia Miami, otros (menos) a Nueva York.

Gracias a las visas humanitarias alrededor de 4 mil haitianos lograron cruzar y establecerse legalmente en Estados Unidos entre los meses de mayo y hasta principios de septiembre pero la suerte para los que venían en camino cambió tras un análisis de la situación del país caribeño por parte del Departamento de Seguridad Nacional norteamericano.

Para el 22 de septiembre el Secretario del Departamento Jeh Charles Johnson anunció la suspensión de las visas para migrantes haitianos. En el statement del Departamento se argumentó que Haití se había recuperado lo suficiente tras los desastres naturales que lo azotaron por lo que los ciudadanos haitianos que buscaban ingresar a Norteamérica tendrían que ser deportados.

Este cambio en el flujo de política migratoria dejó a la deriva a quienes cruzaron más de 9 países para llegar a Estados Unidos pero dicen que la esperanza siempre es lo que muere al último. Muchos de los migrantes que siguen en Tijuana no saben de la modificación de la política y los que saben se niegan a renunciar a la posibilidad de obtener un pase de salida.

El proceso para solicitar el pase que les permitiría cruzar la frontera comenzaba en una interminable fila en la que los esperaba un la solicitud para el pase que les permitiría el libre tránsito en territorio norteamericano por tres años para legalizar su estancia. Las oficinas administrativas que hacen este trámite muy pronto comenzaron a verse rebasadas por la creciente demanda y arribo de migrantes. Ciento diez fichas al día (el promedio de atención antes de la crisis) no eran suficientes y esta situación obligaba a los haitianos a permanecer en las calles de Tijuana en espera de su turno.

Aquellos que corrieron con la suerte de no ser saqueados y guardaron algo de dinero tienen la posibilidad de pagar un hotel para esperar ser atendidos, los que dejaron su dinero en manos de coyotes o extorsionadores recurren a los albergues pero tampoco pueden acogerlos a todos. Otros todavía menos afortunados duermen en las banquetas, lamentablemente también expuestos a robos.

Esperar el día en el que pueden recoger el pase es casi tan agotador como solicitarlo. Concretar este proceso puede tardar meses y en la situación que mueve a estos migrantes la sensación es desesperante. Aquellos que ya tienen fecha para cruzar la garita internacional de San Ysidro cruzan con la ilusión de asentarse y comenzar de nuevo, muchos incluso con toda la familia pero la realidad que los espera del otro lado de la frontera — y de la que ellos no tienen noticia — es que al pisar territorio norteamericano inmediatamente serán detenidos y comenzará su proceso de deportación. Los que no tiran la toalla permanecen en la fila ahora en busca de asilo político pero su destino no es diferente

REUTERS/Edgard Garrido

Cualquier lugar es mejor para los haitianos que regresar a su país y muchos ven a México como opción para comenzar de cero, los que no se arriesgan a ser rechazados por Estados Unidos han comenzado a buscar trabajo en Tijuana o Mexicali y esta situación preocupa al gobierno mexicano pues no está preparado para enfrentar esta masiva crisis migratoria.

El problema que enfrentan los gobiernos con fuerte presencia de migrantes es enorme. La violencia y pobreza de sus países son la principal razón por la que salen huyendo mujeres, hombres y niños. Deportarlos no sólo significa cortar las alas de su esperanza sino hundirlos en una situación sin salida. En 2015, México deportó a 30,000 niños y adolescentes centroamericanos que viajaban sin compañía o que perdieron a su familia en el trayecto.

Instituciones como la Coalición Pro-Defensa del Migrante y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos han propuesto medidas cautelares para la protección de los migrantes que recorren nuestro territorio pero este movimiento masivo de migrantes necesita de ayuda internacional.

La tierra prometida nunca fue real.

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