La tensa pero potencial relación entre México y China

A 45 años del inicio de sus relaciones diplomáticas, ¿cómo pueden cooperar ambos países?

Las situaciones críticas exigen soluciones hábiles. La llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense significó, desde sus primeros días, una crisis diplomática con el gobierno de México: la construcción y el financiamiento del muro fronterizo, como una supuesta renegociación del Tratado de Libre Comercio, ha obligado al equipo de Enrique Peña Nieto a re considerar la relación bilateral con Estados Unidos en sus aspectos políticos y económicos. Los analistas son claros: es necesario que México fomente sus relaciones comerciales y culturales con otros países y bloques. En este sentido, China aparece como una opción que hay que evaluar.

Las relaciones diplomáticas entre la República Popular China y nuestro país están cumpliendo 45 años. China, ese país que a los ojos de Trump también significa un enemigo, ha sostenido una relación interesante y competitiva con México. En ocasiones y desde sus inicios ha habido tensiones. No obstante, China puede significar una oportunidad de inversión y trabajo.

¿Qué nos enseñan estos 45 años?

Países en crisis, relaciones difíciles

Las relaciones diplomáticas actuales ente China y México se fundaron en 1972, pero mucho antes hubo nexos y comunicaciones que hay que observar. Los primeros tratos oficiales se remontan a 1899, cuando se suscribió el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre México y el Imperio Chino. Hacia 1904, México estableció su primera legación en Pekín. Después vino la revolución encabezada por Sun Yat-sen y la proclamación de la República China en 1912. La legación mexicana recibió indicaciones de continuar la representación frente al nuevo gobierno, pero la invasión japonesa obligó a la dependencia de nuestro país a trasladar su sede a las ciudades de Nanking y Shangai. En 1941, gracias a la intervención nipona, la sede cerró sus puertas. No obstante, la legación continuó funcionando. En 1942, México restableció la sede de su dependencia en Chongqing y, un año más tarde, los dos gobiernos decidieron elevar sus legaciones a nivel de Embajada. Así, en 1945, el General Heliodoro Escalante se presentó ante el presidente Chiang Kai-shek como el primer embajador mexicano en China. Desde 1949 y hasta 1971, México sostuvo relaciones con el gobierno de Kuomintang, pero no se dispuso representación diplomática mexicana en China durante ese periodo, pues se facultó al embajador mexicano en Japón como concurrente.

Fue en noviembre de 1971 cuando México votó a favor del ingreso de la República Popular China a la Organización de las Naciones Unidas como único representante de esa nación, dando así reconocimiento a su indivisibilidad territorial. Después, el 14 de febrero de 1972, la República Popular China y los Estados Unidos Mexicanos establecieron formalmente las relaciones diplomáticas que sostienen hasta hoy. Han pasado 45 años. El acuerdo implicó la instalación de embajadas en las capitales de cada país. La relación se fundamenta en el respeto a la no intervención, la coexistencia pacífica, la cooperación en mutuo beneficio, la soberanía y la integridad territorial.

Desde la inauguración de sus relaciones diplomáticas, México ha tenido a doce embajadores en China: Eugenio Anguiano Roch (1972 – 1976), Omar Martínez Legorreta (1976 – 1978), Víctor Manzanilla Schaffer (1980 – 1982), Eugenio Anguiano Roch (segundo período: 1982- 1987), Fausto Zapata Loredo (1987 – 1988), Jorge E. Navarrete López (1989 – 1993), Manuel Rodríguez Arriaga (1993 – 1994) Luis Wybo Alfaro (1995 – 1999), Cecilio Garza Limón (1999 – 2001), Sergio Ley López (2001 – 2006), Jorge E. Guajardo González (2007 – 2013) y Julián Ventura Valero (2013 – ). Asimismo, todos los presidentes mexicanos desde Luis Echeverría han hecho visitas de Estado a China.

Cuando China y México establecieron sus relaciones en 1972, el país amigo pasaba por una época turbulenta. El Partido Comunista de China (PCCh) llegó al poder en 1942. Desde entonces, su gobierno ha conducido al país. En 1966, Mao Tse-Tung emprendió la Gran Revolución Cultural Proletaria, proceso que terminó en 1976, a la muerte del líder. Mao ejerció una serie de campañas ideológicas que buscaban hacer del marxismo el horizonte de vida y, por lo tanto, depurar la vida de China de cualquier residuo de cultura burguesa. Hubo una persecución arbitraria de funcionarios, académicos y militares supuestamente reaccionarios. Todos eran sospechosos de capitalismo, se quemaron libros, templos y obras de arte. Después de la muerte de Mao, el Comité Central del Partido condenó la Revolución Cultural como desviacionismo. En 1978 se llevó a cabo la Reforma Económica China, una serie de medidas que cambiaron sustancialmente las tesis marxistas que prevalecían en el país. Ello tuvo repercusiones importantes en la economía china y en sus relaciones financieras con México.

Juan González García, académico de la Facultad de Economía de la Universidad de Colima, escribió un artículo resumiendo cuatro décadas de relaciones y tensiones entre México y China. Durante los años setenta, nuestro país fue el más vinculado a ella entre todos los de Latinoamérica. Entre 1974 y 1987, China envió a sus estudiantes a México para estudiar español y así formar cuadros hispanoparlantes para su gobierno. Además, China recurría a mercados internacionales cuando necesitaba alimento para su gente, por lo que gestó una relación comercial con México.

Durante los ochenta, México sufrió los estragos de la caída de los precios del petróleo y cayó en una gran crisis económica. Por lo tanto, nuestro país sustituyó su modelo de desarrollo económico de industralización por sustitución de importaciones por otro basado en el mecanismo de mercado y no tanto en la intervención del Estado. Hubo apertura comercial, liberalización financiera, desregulación de los mercados y mano de obra barata. Por otro lado, la Reforma Económica China trajo apertura externa y gradual a las relaciones económicas internacionales. Ambos países se embarcaron en aventuras económicas que los llevarían a confrontaciones futuras: los dos estaban sentando los cimientos de su desarrollo exportador de materias primas e insumos para procesos agrícolas y de la industria manufacturera. Sus respectivas aperturas internacionales los llevó a competir en mercados externos. México decidió reducir la intervención del Estado en su sector social, industrial, agrícola, comercial y de servicios. China optó por la estrategia gradual del modelo dirigido por el Estado. Cada uno buscaba convertirse en potencia económica y comercial, los dos pretendían encontrar en la economía internacional los mercados y recursos para sostener esos modelos de desarrollo. Los bajos costos salariales determinaron el éxito de ambos modelos, sin embargo, China pudo proveer costos más bajos. Hacia allá se inclinó la balanza. Ambos competían en producción de bienes intensivos de mano de obra y de bajo nivel tecnológico (vestido, plástico, juguetes, cuerpos, entre otros).

Desde 1993, México impuso cuotas compensatorias y aranceles superiores a 1000% a productos que proveían de China, ya que estos desplazaban la producción nacional en el mercado mexicano. Dicho desplazamiento ocasionó la quiebra de micro y pequeñas empresas en nuestro país. Entre 1994 y 1995, México vivió una grave crisis económica que pudo sobrellevar gracias a un crédito emergente de 54 mil millones de dólares otorgado por Estados Unidos. A partir de ese momento, nuestra economía acentuó su dependencia frente a la de ese país. Hacia 2003, China sustituyó a México como segundo abastecedor de importaciones de Estados Unidos y, al mismo tiempo, se convirtió en el segundo socio comercial de México.

En 2011, México retiró sus elevadísimos aranceles a los productos chinos importados, lo que abrió la posibilidad a un mayor comercio entre ambos países. Sin embargo, los últimos años también han visto problemas notables entre las dos naciones.

Los problemas que hay que mirar

(Photo by Cancan Chu/Getty Images)

(Photo by Cancan Chu/Getty Images)

“Estamos listos y preparados para construir el tren de alta velocidad a que unirá la Ciudad de México con Querétaro”, dijo Hu Zhenyi, vicepresidente de China Railway Construction Corporation (CRCC), empresa paraestatal dirigida por integrantes del Partido Comunista. CRCC fabrica trenes suburbanos, ferrocarriles, sistemas de metro. El 15 de octubre de 2014, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) de México recibió varias propuestas de empresas para la construcción de un tren de alta tecnología que conectaría la CDMX con Querétaro. El 3 de noviembre, la SCT informó que la licitación había sido ganada por China Railway y sus socios mexicanos: GIA, Prodemex, GHP y TEYA.

Sin embargo, el 6 de noviembre del mismo año se anunció la cancelación del trato: CRCC no construiría el tren. ¿La razón? Enrique Peña Nieto quería dar claridad al proyecto. Después del nombramiento de la paraestatal china, el costo de la obra había ascendido a 50 mil 820 millones de pesos, es decir, 16.6% más del cálculo original. Ello, aunado al perfil de algunos de los socios mexicanos, alimentó sospechas en cuanto a la designación del contrato. Se dijo, pues, que habían resultado favorecidos círculos cercanos al propio presidente de México.

Enrique Dussel Peters, académico de la UNAM, escribió un artículo titulado “México-China 2016–2018: diagnóstico y propuestas en el ámbito económico (comercio e inversiones)”. En él, Dussel Peters hace un pequeño recuento de lo que, a su parecer, son fallas y carencias recientes en cuanto a la relación bilateral entre los dos países. China no ha invertido significativamente en México, como ha hecho en Argentina, Venezuela y Brasil. ¿Por qué? Las razones son un entramado complejo. México y China han creado instituciones para mejorar sus relaciones: la Comisión Binacional México-China, que existe desde 2004; el Grupo de Alto Nivel, de 2005; el Grupo de Alto Nivel Empresarial y el Grupo de Alto Nivel sobre Inversiones, los dos de 2013. Además, en 2016 la relación bilateral adquirió rango de Asociación Estratégica Integral. Sin embargo, dice Dussel Peters, dichas instituciones se han burocratizado mucho y no han aceptado la participación de académicos, expertos y empresarios relacionados con la temática de China y nuestra relación con ella.

De mejorarse lo anterior, se podría aprovechar un nicho de oportunidad considerable.

Las oportunidades

(Photo by Wang Zhou — Pool/Getty Images)

(Photo by Wang Zhou — Pool/Getty Images)

China ha sido objeto de los vituperios de Donald Trump. El nuevo presidente de Estados Unidos ha definido al país asiático como uno de sus supuestos enemigos. Recordemos, además, que una de las primeras órdenes ejecutivas de Trump fue retirar a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). China, que ya ha comenzado a tomar sus propias medidas, aparece como una de las opciones de México en cuanto a fomento comercial, económico y cultural.

El titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, sostuvo una reunión con senadores del Partido Revolucionario Institucional (PRI). En ella, mencionó que Peña Nieto le indicó iniciar negociaciones de carácter bilateral con Japón, Corea del Sur y China. Videgaray también dijo que “con todo el mundo tenemos oportunidades y vamos a seguir trabajando, hoy más que nunca de manera muy decidida, para representar el interés de México en el exterior”.

Werner Voigt, académico de la Facultad de Comercio Internacional de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, mencionó que México debe aprovechar el momento para asociarse con China e India. Por otro lado, Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), dijo en el Foro de Davos que hay que estrechar lazos comerciales con China para hacer frente a los retos globales de la actualidad. De acuerdo con ella, del año 2000 al 2013, el comercio de bienes entre América Latina y China se multiplicó 23 veces. En efecto, México ha percibido poco de esa inversión, pero ello podría ser un indicador hacia el futuro.

De acuerdo con un artículo publicado por Forbes, titulado “Asia, el gigante ignorado por México”, las empresas chinas están interesadas en el sector de infraestructura y generación de electricidad, y otras están explorando cómo tener mayor presencia en la minería mexicana. Sin embargo, los inversionistas chinos son mucho más cuidadosos en cuanto a sus oportunidades con México después de la cancelación del tren México-Querétaro. Por otra parte, nuestra economía debe encontrar la forma de estar en un punto más justo con China, pues por cada dólar que se cobra por mercancías mexicanas exportadas, se pagan 15 de lo que se compra a China. 

Dussel Peters sugiere un grupo de propuestas para sobrellevar las dificultades económicas entre ambos países. Para lidiar con la creciente atomización y comercialización de la relación bilateral, una institución de alto nivel en México (Presidencia de la República, Secretaría de Relaciones Exteriores, Secretaría de Hacienda y Crédito Público) debe responsabilizarse de la relación mediante esfuerzos a corto, mediano y largo plazo que integren a sectores públicos, privados y académicos. El fin, en ese caso, sería dar cuenta de los retos en la relación entre países como a nivel regional. Por otro lado, México y China deben establecer, a corto plazo, una agenda de desarrollo para el largo plazo y, con ello, sobre llevar las grandes brechas comerciales entre los dos. Además, México debe buscar una entrada más rápida y efectiva de sus productos a China. En palabras de Dussel: “resulta inadmisible que productos como el tequila, la carne de cerdo y otros provenientes del mar tomen más de un lustro para lograr cumplir los requisitos y las diversas barreras no-arancelarias”.

Para estrechar nuevos lazos comerciales y amistosos, México debe comenzar por hacer un ejercicio de auto contemplación: ¿qué nos conviene, qué buscamos, qué debemos cambiar?

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