Opinión: Trump, entre la narrativa y la realidad

Táctica o no, Trump ha infundado temor en el mundo entero. Sus declaraciones y tuits han seguido a tono con la personalidad que ha mostrado desde que iniciara el movimiento de los birthers al cuestionar la nacionalidad de Obama: cínico, desafiante y soberbio. Pasar de la humildad de Obama a la arrogancia de Trump es ciertamente un gran salto. Ante los ojos de millones, los ocho años de la política de smart power de Obama parecieran estar al borde del precipicio con un Trump que públicamente ha cuestionado, sin fundamente lógico y racional alguno, algunas de las políticas de Obama, como la reforma al sistema de salud, así como el papel de Estados Unidos en el mundo.

El lema de campaña de Trump, Make America Great Again (hacer grande a Estados Unidos nuevamente), tendrá que ser (re)examinado cuidadosamente por él mismo antes de hacer lo que ha prometido en su campaña. ¿Qué es lo que ha hecho grande a Estados Unidos tanto a nivel interno como externo? La grandeza estadounidense se construyó principalmente a lo largo del siglo XX. Fue la influencia comercial y cultural –y en ocasiones hasta la ocupación territorial–, así como su voluntad de ser el policía del mundo, lo que ha llevado a ese país a ser la nación más poderosa del planeta. No hay hegemonía mundial sin voluntad de serlo y sin recursos de diversos tipos.

No fue el proteccionismo comercial ni el abandono de sus aliados, socios y amigos lo que ha llevado a Estados Unidos a la bonanza económica ni a jugar un papel de líder mundial. El mundo actual es interdependiente y globalizado. A lo largo de sus diferentes gobiernos, Estados Unidos nos ha recordado estas características, y la crisis de 2008 dejó claro que la afectación de un miembro del círculo virtuoso puede generar un efecto dominó y tener impacto en el mundo entero. Así, Obama tuvo a bien notar y reconocer que Estados Unidos no es un actor solo en el mundo y necesita al resto.

Hoy, ante la supuesta intención de Trump de deportar a indocumentados mexicanos y de renegociar el TLCAN, seguramente su equipo de trabajo y diversos actores con interés en mantener las cosas como están o en no cambiarlas tanto pondrán a Trump a replantear sus propuestas. Muchos republicanos y no republicanos se han visto beneficiados con los servicios que los inmigrantes indocumentados prestan en los sectores agrícola y de la construcción, así como en trabajos domésticos, cuyos salarios, además, es menor que el que recibiría un ciudadano estadounidense blanco. Para muestra, esta semana, y con intención de evitar el impacto mediático, Wilbur Ross, el nominado por Trump para convertirse en Secretario de Comercio, despidió a uno de sus empleados domésticos por ser inmigrante indocumentado y, además, será deportado. Llama la atención que Ross le había contratado desde 2009, y solo recientemente examinó el estatus migratorio de sus empleados domésticos. Por otro lado, en el ámbito comercial, México es el segundo socio de Estados Unidos y 6 millones de empleos en aquel país dependen de la existencia del TLCAN. De igual modo, somos el destino número uno de las exportaciones de Arizona, California y Texas, y el segundo de las exportaciones de otra veintena de estados. Y qué decir de las numerosas empresas estadounidenses que tienen negocios e intereses en nuestro país.

Desde la narrativa, Trump parece buscar complacer a su base electoral, particularmente a todos aquellos estadounidenses blancos que se sienten abandonados por “el sistema”. Sin embargo, ante los números y la dinámica local, regional y mundial, seguramente su estrategia cambiará de rumbo. No hay que olvidar que es un empresario y que, como tal, su visión de las cosas seguramente tendrá un sentido ciertamente pragmático y negociará con quien no tenga miedo a ponerse a la altura en una negociación y a utilizar los recursos con que cuente para maximizar las ganancias para ambas partes. Quien lo vea desde esta perspectiva y no caiga en sus provocaciones, seguramente, tendrá un margen mayor de oportunidad para negociar con él y convertirse en un potencial aliado.

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