Migrante, Migrantes, Dreamer, Anthony Quinn, Actor, Dreamers

La increíble historia del niño migrante que conquistó Hollywood

“Mi madre solía contarme que los primeros dolores de parto comenzaron cuando se encontraba detrás de la piedra de molino moliendo maíz (…)

‘¿No me odias por decirte que nací detrás de una cocina?’

(…)

‘Ojalá pudiera decirte que nací en una gran cama con dosel, rodeada de hermosas enfermeras vestidas de blanco y con un padre que me tomaba en brazos y me sonreía…’”

Así comienza la historia del gran Anthony Quinn, el mítico actor que ganó dos veces el Oscar, que conquistó Hollywood, que vivió en la gloria del mundo más privilegiado.

Ésta es la historia de un hombre que, antes de ser Anthony Quinn, el gran intérprete pendenciero de Hollywood, fue un niño que se llamaba Antonio Rodolfo Quinn Oaxaca; una historia que se remonta a la más profunda miseria del México revolucionario.

Ésta es la historia de un hombre que nació en los callejones traseros de un norte violento, que nació del amor entre las tropas de Villa y que se convirtió en un ícono generacional americano.

Ésta es la historia de un migrante mexicano que se cubrió de gloria en la cumbre de la cultura americana.

Ésta es una historia de México y de Estados Unidos, dos países vecinos, hermanos, unidos por la sangre, la cercanía, el amor… y la guerra.

 

Orígenes de la bella Nellie

La madre de Anthony Quinn se llamaba Manuela Oaxaca, pero todos le decían Nellie. Ella nació detrás de una cocina, junto a la piedra en la que se molía el maíz. Era hija ilegítima de un joven adinerado y, después de nacer, su familia tuvo que huír a la sierra para vivir con los tarahumaras. Su exilio era necesario: el padre no la reconocía y la existencia misma de una hija ilegítima era una vergüenza para la familia adinerada.

A pesar de las trágicas circunstancias de un exilio vergonzoso, la vida en la Sierra Tarahumara fue feliz para Nellie. Era una vida sencilla y despreocupada y la infancia transcurría entre naturaleza y la comunidad silenciosa de quienes no compartían su lengua.

Era alrededor de 1910 y los ánimos se caldeaban.

Por el aire circulaban nombres destinados a la leyenda, nombres que infundían esperanza y miedo. La gente hablaba de pertenencia y las canciones de guerra encontraban a sus referentes: Orozco, Villa, Madero…

Así hablaba Nellie de esas épocas turbulentas de calma antes de la tormenta:

“Nadie sabía nada acerca de Madero, pero si tenía el coraje de enfrentarse a Díaz, pensamos que debía ser un macho”

En el aire flotaban los gritos de guerra y la expectativa de los fusiles.

El ambiente olía a impaciencia y a ganas de pólvora.

Ahora todo el mundo se sentía lleno de valor. Había aflorado todo el resentimiento que habían estado tragando durante años. Las cosas podían cambiar. Quizás la ley de Dios no dijese que unos deben morirse de hambre mientras otros viven en la abundancia. Quizás el hombre que plantaba la lechuga también podía comerse la ensalada.” Decía Nellie.

Un tío abuelo de Quinn, de esa familia que exiló a su madre, perdió riquezas y hacienda con la revolución. Así que un día, sin sed de venganza, se presentó con Pancho Villa para luchar por el pueblo. Se sentía valeroso como todos y pensó que no iba a importar su origen privilegiado. Era un hacendado que creía en la justicia revolucionaria… pero resultó que la justicia de esos tiempos era otra de la que pensaba:

“Pancho lo vió, escupió al suelo y dijo: ‘No confío en hijos de rameras. Fusílenlo.’ Y lo fusilaron en el acto.”

La triple ejecución de Francisco Rojas, Juan Aguilar y José Moreno el 15 de enero 1916 en la Estación de Trenes del Norte en Ciudad Juárez, México. (Wikimedia / CC)

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El gallardo de Francisco

Entre muerte, júbilo y confusión, llegó la adinerada familia Quinn a Chihuahua. A la cabeza de la familia estaba una dama hermosa, digna y orgullosa. También, vino con ella un hijo alto y bien parecido. En cuanto llegó, el joven hombre comenzó a rondar por el pueblo, siguiendo a Nellie, la madre de Quinn, buscándola en las esquinas.

“Un día, el muchacho, que se llamaba Francisco, se me acercó. Era un sábado en la tarde y me dijo:

Me voy a incorporar al ejército y quiero que tú seas mi soldadera.

Por supuesto que me quedé atónita. ¡Imagínate la frescura!

¿Por qué? – pregunté

Porque creo en la revolución y en Pancho Villa

No – dije – ¿Por qué quieres que sea tu soldadera? Apenas me conoces

Te he visto por ahí y me gustas y bueno… – aparté la vista y se quedó mirando a la distancia como si estuviese molesto porque yo quería una explicación – Sea como sea, decidí que si me unía a la lucha, querría tenerte conmigo. Eso es todo.

Es curioso, pero había algo en la forma en que lo dijo que parecía expresar mucho más… y era hermoso.”

El General Emilio Campa y sus cinco guardaespaldas en Chihuahua 1914. (Wikimedia / CC)

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Y así, una mañana, como si fuera una decisión pasajera, Nellie se fue a la guerra con un joven alto y apuesto del que sólo sabía el nombre. Se sentía segura de su decisión pero no sabía que cambiaría para siempre su vida. Este hombre, convencido revolucionario y tozudo macho antiguo, este hombre llamado Francisco Quinn, sería el padre de sus hijos, el origen de su miseria y el dueño de sus felicidades.

Juntos se subieron a un vagón de tren en la mañana. El tren estaba repleto de los revolucionarios y sus mujeres. Se dirigían a Durango, a la lucha, con el general José Doroteo Arango, mejor conocido como El Caudillo del Norte, Pancho Villa.

El tren se detuvo en el desierto y Nellie se tuvo que bajar a cumplir con su labor como mujer en el frente. Así que cocinó, por primera vez, junto a las otras mujeres, para su hombre. Los tacos le quedaron bien buenos y Francisco invitó, incluso, a otros hombres para que los probaran.

Todos celebraron la cocina de Nellie.

Sonó una canción dulce y las luces comenzaron a apagarse en el frío del desierto. Los hombres abrazaban a sus mujeres debajo de las cobijas extendidas al azar en el desierto entre las lámparas de keroseno.

Nellie no sabía qué hacer. Tenía frío pero no podía pedirle cobijas a Francisco. ¿Qué podía hacer? No iba a acostarse junto a un hombre que acababa de conocer… por más alto y guapo que fuera.

Tendría que acostarme junto a este muchacho a quien apenas conocía, este muchacho que nunca me había dicho cosas bonitas y que, sencillamente, lo había dado por sentado.

Me vio tiritar de frío.

Ven, métete debajo de la frazada.
No puedo dormir contigo – dije
Esto es una locura. No te voy a tocar. Sólo te pido que te metas debajo de las mantas, hace frío.

Sacudí la cabeza en forma negativa.

¿Crees que la gente puede dormir junto sólo cuando está casada? – se río
Por supuesto – dije, sabiendo que no era verdad.

En el otro extremo del vagón iba un sacerdote. Francisco lo llamó.

Padre, acérquese. Esta chica y yo queremos casarnos antes de morir.

Lo primero que dijo Francisco después de la sencilla ceremonia fue: ‘Muy bien, métete debajo de la manta’”

Tren de carga con revolucionarios y provisiones en la Ciudad de México. 1927. (AP Photo)

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A partir de ahí, Nellie durmió bajo las cobijas con su nuevo esposo. Por las mañanas, él se iba a la guerra; ella lo esperaba. Francisco subía colinas para enfrentarse a los disparos de las fuerzas federales.

Nunca volteó la cabeza para despedirse de su mujer… pero siempre regresó con ella.

La batalla empezó a gustarle a Francisco, y la guerra continuó. Alrededor, la pólvora se hacía cada vez más real y la muerte los seguía a cada paso. El romance de la revolución comenzaba entonces a perder sus encantos.

Esas primeras batallas cambiaron las ideas infantiles que yo tenía sobre el amor. No éramos personajes en un cuento de hadas. No estaba esperando que mi caballero apareciera en un corcel blanco. vivía con el temor constante de que el próximo corcel fuese negro y llevase a mi hombre.”

En medio de la devastación, Nellie sintió nueva vida en su interior: estaba embarazada. Cuando un sargento se dió cuenta del embarazo, la mandó de regreso a Chihuahua: no había lugar en el frente para una mujer embarazada.

A Francisco no le importó: los hombres parecían demasiado preocupados con las balas. Pero Nellie no tenía nada. ¿A dónde iba a ir una mujer sola y pobre en medio de una guerra despiadada?

El nacimiento de un elefante

Al llegar a la ciudad, Nellie no pudo encontrar a su familia. Todos habían partido y la madre de Francisco no quería saber nada de ella. De pronto se quedó completamente sola, con un embarazo avanzado, un marido en la guerra y un par de bolsillos sin dinero.

Una señora le ofreció un cuarto para parir y una bruja le ofreció un geranio. El geranio todavía no florecía y la bruja le dijo que, si la flor salía blanca, sería una niña y que, si la flor resultaba roja, sería un niño.

Al comenzar las labores de parto, Nellie rasgó el capullo del geranio con una mano furiosa. Estaba gimiendo del dolor en ese pequeño cuarto miserable, completamente sola y abandonada en el mundo. Antes de desmayarse pudo ver la flor… y era roja como la sangre.

Había nacido, en las circunstancias más miserables, la leyenda de masculinidad, vida y locura que fue Anthony Quinn.

Nellie tenía que ganarse la vida y, con un niño en brazos, comenzó a lavar ropa por unos cuantos centavos. Francisco seguía en la guerra y, en realidad, no tenía a nadie más en el mundo.

Mientras, la revolución cambiaba todas las semanas: nuevos enemigos, como Huerta, aparecían constantemente. Regresaban los federales con venganza, los combates se recrudecían. Un día, dos analfabetas se dieron la mano, encontrándose como el pueblo alzado: Zapata y Villa, por fin, se habían conocido.

Francisco regresó, herido, para quedarse en casa de su madre. No ayudaba en nada a Nellie. Pero se enojaba si ella trabajaba lavando la ropa de las prostitutas por la mañana. Jugaba con el hijo que ya empezaba a parecérsele: grande, fuerte y bello.

Él lo llamaba, con cariño, “Mi Elefante”.

El martirio de la santa Nellie

Los federales se acercaban cada vez más a Chihuahua y la madre de Francisco temió que lo enrolaran para el otro bando… o lo mataran. Así que, sin avisar, huyó con su hijo hacia el norte, a Juárez, esa ciudad gemela al sur de El Paso Texas.

Desesperada, Nellie volvió a quedarse absolutamente sola y con un niño pequeño. Sin saber qué hacer, recogió sus cosas y se fue, nuevamente, a perseguir a un hombre imposible.

Vendió lo que no podía transportar, juntó todo el dinero que pudo y, con esos centavos, llegó a la estación de trenes. Un hombre bondadoso decidió llevarla al norte, escondida con su niño entre las montañas de carbón de la locomotora.

“Una noche fuimos rodeados por un grupo de jinetes que disparaba al convoy. Podíamos escucharlos gritar: ‘¡Viva Orozco!’

El ingeniero se volvió hacia mí y me dijo:

Le advertí que se podía poner peligroso.

Pensé para mis adentros: ‘Que sea lo que tiene que ser. Quizá la muerte sea la única solución para mí y para mi hijo.’

Los soldados que viajaban en el tren comenzaron a devolver los disparos. Muy pronto escuchamos a uno de los asaltantes que gritaba:

No disparen. Sólo estábamos bromeando. No nos importa si son villistas u orozquistas, so carajos.

Supongo que la gente empezaba a cansarse de la revolución”

Nellie llegó con el joven Antonio a Ciudad Juárez, aterrados y llenos de tizne, para buscar al padre perdido. Pero nunca lo encontraron.

Así que cruzaron, con dos centavos, el puente que separaba a Juárez de El Paso, Texas. No se necesitaba nada más que dos centavos para entrar a Estados Unidos: era una frontera relajada, sin gran vigilancia, que se cruzaba diariamente como si fuera cualquier cosa.

Antonio fue un dreamer de otros tiempos.

En la ciudad americana tampoco encontraron al padre ausente. Pero encontraron la miseria de los barrios más bajos y Nellie trabajó como nunca para mantener, día a día, el hambre a raya.

Ahí padecieron la miseria, la enfermedad, la más cruda necesidad y se encontraron con la más baja realidad de los barrios migrantes en El Paso. Juntos, madre e hijo, trabajaron cada uno en su tarea: Nellie lavaba ropa y Antonio se mantenía en silencio, intentando no quejarse por el constante crujido de su abandonada tripa.

Un día, finalmente, encontraron al padre en Ciudad Juárez. El encuentro fue efusivo y Nellie quedó nuevamente embarazada. Nada cambió: la familia seguía viviendo en la miseria y el padre sólo se aparecía en ciertas ocasiones para jugar con los niños, cenar un buen plato o enseñarle a su abandonado hogar alguna valiosa lección de vida.

Francisco estaba cerca y Nellie nunca había estado tan sola.

En un momento de máximo abandono, Nellie perdió la casa miserable en donde había dado a luz a su segundo hijo: una epidemia de viruela estaba diezmando al barrio migrante. Sin casa, desamparada y con dos hijos, Nellie se fue a vivir debajo de un árbol en las afueras de la ciudad.

Habían llegado al fondo de la miseria

En esta misma época, Francisco comenzó a soñar en grande. Alguien le dijo de una oportunidad en California, una oportunidad muy bien pagada, de trabajo duro, casi imposible, pero trabajo, finalmente.

Era 1918 y la familia llegó a Glamis, un pequeño pueblo abandonado, para trabajar en la construcción de una vía de ferrocarril. Un hombre tenía que sostener los clavos con unas pinzas mientras dos otros martillaban, rítmicamente, con inmensas masas.

Trabajo tedioso, trabajo rítmico, trabajo inhóspito bajo el sol del desierto californiano.

En pocas semanas, todos los hombres se habían ido. Pero Francisco y su primo Glafiro decidieron quedarse. Mientras, Nellie cuidaba a los hijos junto a la madre de Francisco y la esposa de Glafiro.

Su suegra ya no era la mujer altiva y orgullosa que había conocido: la revolución los había hecho a todos iguales.

Faltaban hombres para el trabajo: para completar a las tres personas necesarias para construir, paso a paso, la vía de tren, Nellie remplazó a uno de los hombres sosteniendo las pinzas.

Y así se fueron los días y los meses bajo el inhóspito sol de un paraje abandonado en un país vacío. Mujeres y hombres trabajando para sobrevivir a las condiciones más inhóspitas.

Mientras, el pequeño Anthony crecía en un pequeño vagón de tren miserable.

La ciudad de los ángeles

Era un día cualquiera de trabajo cuando sucedió el accidente. Francisco quiso acomodar el calvo que se había enchuecado y Glafiro no pudo frenar el peso del martillo. El clavo perforó la mano de Francisco que empezó a perder sangre rápidamente. Frenaron el sangrado pero comenzó la gangrena.

Todos pensaron que Francisco moriría ahí, en medio de la nada.

De pronto, se escuchó el silbido de un tren lejano. Corrieron, cargando a Francisco, para subirlo al tren. El tren no se detenía ahí y la estación más cercana estaba a más de veinticinco millas al oeste. Así que no les quedó más remedio que pararse en medio de la vía para tratar de frenar al gigante de acero. El maquinista aceptó llevar a Francisco con un especialista e hizo todo para que el padre de Anthony Quinn no perdiera la mano. Pero les prohibió abordar el tren a las mujeres y al niño.

No había especialistas en ninguno de los poblados cercanos así que Francisco llegó, por un accidente azaroso, a la ciudad de Los Ángeles. Pasaron días en los que Nellie y su suegra lloraban por la suerte de Francisco: nadie sabía en dónde estaba; nadie sabía si seguía vivo o muerto.

Un tren en marcha lanzó, un día, una nota amarrada a un pedazo de carbón. La nota sólo decía:

Su marido se encuentra bien. Está en un hospital de Los Ángeles, en la calle Washington con Central Avenue.”

No sabían cómo responder a esa nota, no sabían si debían irse a Los Ángeles a buscarlo o si debían permanecer junto a la vía del tren a esperarlo. Así que Nellie y Glafiro y la madre de Francisco se pusieron a trabajar. Día y noche, nuevamente, martillo en mano y acomodando clavos, lograron construir un buen tramo de vía…. y comer de ella.

Poco tiempo después, llegó una nota de Francisco: había logrado que la compañía le pagara pasajes a Los Ángeles a toda la familia a cambio de no demandar por el daño que sufrió mientras trabajaba. La familia llegó con bultos y una cara de absoluta sorpresa a la enorme ciudad californiana.

Nellie se enamoró inmediatamente del lugar en el que crecerían, finalmente, sus hijos:

Si El Paso me había parecido la ciudad más grande del mundo, puedes imaginarte la impresión que tuve al ver Los Ángeles. cuando nos bajamos del tren y vi millas y millas de edificios, me dije a mí misma: “Bueno, aquí estamos, comenzando una nueva aventura.”

Apenas vi la ciudad me enamoré de ella. Supe que quería que mis hijos crecieran allí.

Salimos a la calle. Nunca había visto un tráfico tan intenso. Todo ese ruido, el petardeo de los coches, el estruendo de los tranvías, las bombas de incendios aullando por las calles. Era como una enorme feria.”

Encontraron una casa en Clover Street, cerca de Main: era más de lo que jamás había visto Nellie.

Después de tantas penurias, después de tantas balas, tanta sangre, tantas enfermedades y tantas miserias, habían llegado a un nuevo paraíso. Y la madre de Anthony Quinn no podía creerlo:

Cuando vi la casa, no dudé ni por un instante de que se trataba de una equivocación. Era un palacio. Tenía una habitación grande y dos pequeñas, y estaban pintadas de un bonito color azul. Incluso tenía un sótano y, Tony, ¡luz eléctrica! (…)

La primera noche Sabina y yo no sabíamos dónde dormir. Estábamos tan acostumbradas a vivir en una sola pieza. Tuvimos un ataque de risa histérica porque no podíamos decidir dónde dormir. ¡Imagínate tener ese problema!”

La familia Quinn había llegado, por fin, a Los Ángeles. Ahí, el padre de Anthony encontró trabajo en la industria fílmica: fue gaffer y asistente de cámara. El joven Tony creció y empezó a probar profesiones. Como chico migrante creciendo en el este de Los Ángeles quiso ser, alternativamente, cura y boxeador, arquitecto y actor.

Esta última profesión, por azares consecuentes, terminó por escogerlo.

Y, así, adaptándose a una nueva vida en una ciudad lejana, se comenzó a forjar la carrera de uno de los más grandes actores de su generación.

Anthony Quinn and Lila Kedrova are shown in a scene from “Zorba” in this 1964 photo. (AP Photo)

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Quinn trabajó con directores de la talla de Cecil B. Demile, de Elia Kazan y de Federico Fellini; se relacionó con hermosas actrices como Ingrid Bergman, Carole Lombard y Rita Hayworth; trabajó al lado de Marlon Brando, Kirk Douglas, Alec Guinness, Peter O’Toole, Gregory Peck, Jack Palance, Michael Caine, Charles Dance y un larguísimo etcétera.Este enorme actor, recordado principalmente por su enorme papel en Zorba, the Greek, estuvo en más de 130 películas durante una carrera de seis décadas…

Y, sobre todo, antes de conquistar la meca del cine mundial, Quinn fue un migrante, un hijo de la revolución mexicana, un niño que cruzó la frontera, un norteño desplazado por la guerra y la miseria.

Anthony Quinn actuando en “Seven Servants”  (AP Photo/Boxler)

Quinn es una figura mucho más cercana a nuestro país de lo que imaginamos. Y hay que recordar su vida para celebrar la importancia cultural de los migrantes mexicanos en Estados Unidos.

Todo paisano tiene una historia que contar… y todas esas vidas son, también, historia. Los niños que llegan hoy a Estados Unidos serán las leyendas de mañana. Porque los hijos de México crecen en los dos lados de una frontera que, independientemente de los políticos, siempre se negará a cerrarse.

Por: Nicolás ruiz

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