Putin gabinete Trump

Todo lo que debes saber sobre la influencia de Rusia en el gabinete de Trump

En 1953, murieron ejecutados los Rosenberg en una cárcel: era una pareja, nacida en Estados Unidos, que fue acusada de espionaje soviético. En 1962, la crisis de los misiles en Cuba estuvo a punto de causar la tercera -y posiblemente última- guerra mundial. En 1989 cayó el muro de Berlín y, dos años después, tras la renuncia de Gorbatchev, se desintegró la Unión Soviética.

Ahora, en el 2017, toda la guerra fría parece lejana. Atrás quedaron los conflictos de las superpotencias por el dominio mundial, atrás quedaron las relaciones de tensión inquebrantable entre Estados Unidos y Rusia… ¿O no?

Hace más de un año comenzaron los rumores de ataques cibernéticos rusos a instituciones políticas americanas. No se trataba del robo de secretos nucleares, ni de ataques coordinados para apagar la infraestructura eléctrica o defensiva de los Estados Unidos.

No, lo que los hackers rusos hicieron fue infiltrarse profundamente en las estructuras internas del partido demócrata y, cuando reunieron suficiente información sensible, la liberaron estratégicamente para influenciar la percepción del público.

En realidad, no se sabe las intenciones de los rusos al coordinar estos ataques -que se relacionan, íntimamente, con la estructura del FSB, la agencia de inteligencia que sustituyó a la KGB en Moscú-. Sin embargo, intervenciones tan coordinadas, tan precisas, tan dirigidas, comenzaron a levantar sospecha hacia la inclinación de Putin por el presidente Trump.

Estas sospechas se encontraron con viejas investigaciones. Porque la relación de Trump con Rusia da, ciertamente, de qué hablar. Pero las viejas relaciones del nuevo presidente americano con Moscú pueden resultar no ser tan viejas. Y el mundo tiene derecho a preocuparse.

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El ataque a los demócratas:

Poco tiempo después de las pasadas elecciones, el director de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), Michael S. Rogers, habló de los ataques cibernéticos que sufrió el partido demócrata durante ciertos momentos estratégicos de las elecciones primarias y de la campaña presidencial:

“No debe existir ninguna duda en cabeza de nadie. Eso no fue algo hecho por casualidad, esto no fue algo hecho por suerte, esto no fue un blanco elegido arbitrariamente. Esto fue un esfuerzo consciente por parte de un estado nación para lograr un cierto efecto.”

A pesar de que existe todavía mucha polémica sobre cuáles eran las intenciones de los hackers que atacaron al partido demócrata, se sabe que el ataque fue coordinado y altamente eficaz. Se sabe también que estos ataques pudieron ser evitados.

En septiembre de 2015, un agente del FBI intentó contactar a las oficinas del partido demócrata (D.N.C) para advertirles que uno o varias de sus cuentas de correo electrónico habían sido vulneradas. Pero la alerta del FBI cayó en oídos vacíos. Un analista de seguridad digital trató de rastrear la brecha pero no encontró nada.

El Agente Especial Hawkins siguió tratando de comunicarse, cayendo constantemente en un buzón de voz. Finalmente, en noviembre, Hawkings consiguió informar al D.N.C que se estaba filtrando información hacia un servidor en Rusia y que este ataque podía ser un ataque de estado.

Trump gabinete Putin
Parte del archivo de investigación en torno a los ataques digitales por parte de Rusia al D.N.C (AP Photo/Jon Elswick)

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Para marzo del 2016, el jefe de seguridad cibernética del D.N.C ya se había reunido con el FBI. Aún así, parece bastante sorprendente que el FBI supiera de ataques rusos, posiblemente ligados al Kremlin, y que su acercamiento haya sido tan tentativo y tibio. Así lo dijo el ex agente Shawn Henry que trabajó en la división de ciberseguridad del buró de inteligencia:

“El ataque no es a una tienda de salchichonería o a una librería local. Se trata de una pieza clave en la infraestructura de los Estados Unidos porque se relaciona con nuestro proceso electoral, nuestros oficiales elegidos, nuestro proceso ejecutivo. Para mí éste es un asunto de alto nivel, un asunto serio, y si, después de unos cuantos meses, no ves ningún resultado, alguien debió prevenir a una instancia superior.”

El caso es que nadie lo hizo. Y un nuevo equipo de hackers rusos empezó a atacar al D.N.C y a demócratas específicos con mails de phishing. Estos correos simulan ser notificaciones de Google, por ejemplo, urgiendo al destinatario que cambie su contraseña porque su cuenta ha sido vulnerada. Cuando el usuario cambia su contraseña le da, automáticamente, acceso a los hackers.

Eso sucedió con muchos asesores de la campaña de Clinton hasta que los atacantes llegaron al blanco más jugoso: John Podesta, el director de la campaña de Hillary Clinton. Cuando un asistente de Podesta cambió la contraseña de su correo en uno de estos mails nocivos, se filtraron más de 60.000 correos electrónicos personales que incluían confesiones de la candidata y conversaciones privadas en torno a ella.

Había un correo, por ejemplo, en el que Clinton admitía estar desconectada de la clase media por haber vivido tanto tiempo en la absoluta opulencia de la fortuna de su esposo. En otro mensaje, Neera Tanden, una partidaria clave de Clinton, admitió que los reflejos de la candidata eran “subóptimos”.

Siete meses después del primer ataque cibernético, el D.N.C instaló, por fin, un servicio de seguridad electrónica más robusto. Pero era demasiado tarde: para entonces, los hackers ya había accedido a la computadora central del partido.

Captura de pantalla del sitio del grupo de espionaje digital ruso “Fancy Bears”, uno de los responsables del hackeo al D.N.C (AP Photo/Alexander Zemlianichenko)

Las revelaciones coordinadas:

Obama supo de estos ataques a través de los informes de seguridad que se le proporcionaban regularmente. Aún así, por las tensiones políticas en Medio Oriente, por causas de diplomacia mayor o por algún acuerdo con el presidente ruso, no dijo absolutamente nada.

Posteriormente, el ahora ex presidente, se arrepentiría de esa decisión: para cuando los demócratas salieron a decir que los rusos habían atacado una institución americana, el daño ya estaba hecho y la campaña de Clinton se encontraba en la espiral mediática que resultaría, finalmente, en el triunfo de Donald Trump.

Los rusos trataron de esconder su identidad a través de un usuario individual de Twitter que se adjudicó el ataque y dijo ser rumano. Sin embargo, toda la evidencia apuntaba a que los documentos que este individuo comenzó a filtrar, habían sido recibidos en un formato de word… configurado en ruso. Pronto, los 60.000 correos de Podesta y otros documentos llegaron a las manos de WikiLeaks.

John Podesta Putin Gabinete Trump
John Podesta (AP Photo/Matt Rourke)

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Aquí, el asunto se pone sospechoso. Sea por decisión editorial, sea por una intención ulterior, la organización de Julian Assange comenzó a publicar los documentos de manera altamente estratégica. Primero liberó cerca de 60.000 documentos en los que se mostraba, por ejemplo, cómo elementos clave del D.N.C apoyaban a Clinton sobre su más cercano oponente interno, Bernie Sanders. Y esto se hizo tres días antes de que se votara en las primarias.

Después, regularmente, hasta el final de la campaña, WikiLeaks liberaba documentos cada mes o cada semana. Había información nueva a cada entrega y el efecto fue durable: la campaña de Clinton parecía revelarse poco a poco, por pequeñas dosis letales, frente al mundo.

Evidentemente, Assange negó que apoyara a algún candidato y afirmó que la forma en que eran liberados estos documentos correspondía únicamente a una cuestión editorial. Sea como sea, los rastros digitales que dejaron los hackers apuntaban todos, con insistencia, hacia una misma institución en Moscú: la FSB, es decir, el servicio de inteligencia ruso.

Como bien señala un iluminador artículo del New York Times que cuenta todas las especificidades de estos ataques, no es posible saber, a ciencia cierta, si lo que los rusos buscaron aquí atacar la democracia estadounidense, mostrar una cierta vulnerabilidad del próximo presidente (si hubiera ganado Hillary, después de esas filtraciones, su legitimidad quedaba por el suelo) o simplemente intentar llevar a Trump al poder -como, de hecho, ya ha sugerido la CIA-.

En todo caso, el resultado es el mismo: estas intervenciones ayudaron a Trump a ganar la carrera presidencial al disminuir la credibilidad de una candidata que, de por sí, fue singularmente débil. Este resultado cierto comenzó a causar incomodidad en diferentes sectores. Porque ésta no es la primera relación sospechosa de Trump con Rusia. Ni será la última.

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(AP Photo/Darko Vojinovic)

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Torres, inversiones y los asociados desgraciados:

Trump ha insistido en varias ocasiones que no tiene ninguna relación con Rusia. Al decir esto, claro, está afirmando que no tiene ninguna relación política con Rusia pero que tampoco tendría ningún conflicto de interés por alguna relación comercial con Rusia.

Sin embargo, como la revista TIME ha notado oportunamente, la verdad es otra: desde que los bancos de Estados Unidos han dejado de prestarle dinero a Trump (por sus múltiples bancarrotas), el magnate ha volteado a ver otras instituciones financieras para conseguir apoyos económicos y créditos. Y sí, muchas de estas instituciones fuera del espectro tradicional, tienen lazos directos con Rusia (y esto lo admiten, incluso, los periodistas más conservadores).

Una demanda del 2010 asegura que una de las compañías que financió múltiples proyectos inmobiliarios de Trump, Bayrock Group, estaba sostenida por dinero obtenido ilegalmente. Y ese dinero pertenecía, principalmente, a empresarios rusos como Tevfik Arif y Felix Satter.

En 2013, Trump se vio envuelto en una demanda por la construcción de lujosos hoteles en Toronto. Los desarrolladores de estos edificios eran, vaya sorpresa, empresarios ruso-canadienses: Val Levitan y Alex Shnaider.

(AP Photo/Mary Altaffer)

Además, numerosos allegados a Trump mantienen relaciones cercanas con Rusia. Primero que nada, Paul Manafort, el ex jefe de campaña de Trump, tuvo que renunciar a su cargo después de que se hiciera pública cierta conexión incómoda: el consejero de Trump había sido un consultor extremadamente cercano, por mucho tiempo, a Viktor Yanukovich, el presidente prorruso y leal a Putin de Ucrania que fue depuesto por su pueblo en 2014.

Pero eso no es todo, según un reporte, Manafort hizo una enorme fortuna por sus contactos con la Ucrania pro Putin y Rusia. Específicamente, 12.7 millones de dólares a través de financiamientos turbios.

Por otro lado, Carter Page, el que fuera uno de los consultores de Trump en cuestiones de política internacional, parece tener relaciones absolutamente extrañas con Rusia: fue un vice presidente de Merrill Lynch en Moscú y pudo tener conexión con Gazprom, la enorme petrolera rusa del estado.

El General Michael Flynn (que se vio recientemente envuelto en el último escándalo ruso de Trump) viajó a Moscú, mucho antes de la victoria de magnate, para participar en un banquete de celebración de la cadena estatal de televisión Russia Today. Se sentó en una mesa cerca de Putin y se le pagó generosamente por el viaje.

Y las relaciones de Trump con Rusia no son nada más indirectas.

Se conoce la insistencia de Trump en querer construir una torre en Moscú, se conocen sus vínculos con los concursos de Miss América que se organizaron en Rusia, se sabe de sus visitas a la madre patria, su intento de mercadear la marca “Trump” en 1996 y sus primeros negocios con la entonces unión soviética en 1987. Y todos estos hilos apuntan, ahora, a acusaciones mucho más preocupantes.

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(Win McNamee/Getty Images)

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El gabinete de Trump baila con Rusia:

Todas las relaciones pasadas de Trump con Moscú importan muy poco frente a las más recientes revelaciones. Porque todo parece indicar que los asociados más cercanos a Trump dentro del nuevo gabinete presidencial han estado en permanentemente contacto con instituciones de seguridad rusas.

Pero, antes de llegar a los casos más recientes, falta comentar el sonado caso del General Flynn. Michael Flynn ya había sido asesor de defensa para la administración de Obama. De ese puesto también fue despedido después de insubordinarse. Flynn, en ese momento, dijo que se trataba de un intento para desacreditarlo por tener una visión más severa hacia el Islam que la del presidente.

En cualquier caso, recientemente, The Washington Post reveló que Flynn mantuvo una conversación con el embajador ruso, Sergey Kislyak, antes de que Trump fuera elegido como mandatario. Esto, en sí, no es ningún crimen: los embajadores tienen, como misión, hablar con toda clase de funcionarios y exfuncionarios.

Sin embargo, el contenido de estas discusiones es lo que parece aquí poner en apuros al General. Según las nueve entrevistas que realizó el Post a altos funcionarios que presenciaron la reunión, Flynn discutió de las sanciones económicas que Obama impuso a Rusia después de que la nación europea violara protocolos internacionales con la invasión a Crimea. Y una persona con ningún lazo institucional no puede discutir asuntos de estado con un diplómata extranjero.

Además, al parecer, Flynn habló de renegociar estas sanciones en un momento de tensión entre Rusia y Estados Unidos en los últimos días de la administración de Obama. Y esto pudo influenciar en las posturas diplomáticas del Kremlin.

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(AP Photo/Evan Vucci)

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De todas maneras, Flynn le aseguró al vicepresidente Pence que esas conversaciones nunca tuvieron lugar. Cuando se reveló que, en efecto, habían ocurrido, Pence ya había salido a defender a Flynn en televisión. Y a Pence no le gustó nada quedar en ridículo: 24 días después de haber sido designado como Secretario de Seguridad Nacional, Flynn se vio obligado a renunciar de su cargo. Así, es el único funcionario que ha sido despedido por dos presidentes de diferente partido.

El pasado 14 de Febrero, el New York Times publicó un nuevo artículo en el que asegura que, fuera de las relaciones de Flynn con el embajador ruso, varios miembros del equipo de Trump -así como algunos asociados del magnate- mantuvieron conversaciones con oficiales de inteligencia y miembros del gobierno ruso durante la campaña presidencial.

Estas acusaciones son particularmente graves porque, al parecer, la relación entre partidarios de Trump y oficiales rusos tuvieron lugar al mismo tiempo que sucedían los hackeos al D.N.C y el candidato republicano hablaba maravillas de Putin. Y, claro, toda esta investigación comenzó cuando las agencias de inteligencia americana comenzaron a indagar en las líneas de comunicación entre Rusia y Estados Unidos a partir de los hackeos al partido demócrata.

A pesar de no revelar los nombres de los allegados a Trump que están involucrados en este nuevo escándalo, los oficiales de inteligencia que hablaron con el NYT señalaron que uno de los implicados es Paul Manaford. ¿Recuerdan que hablamos de sus conexiones en Ucrania? Pues bien, cuando le preguntaron sobre esta nueva investigación, por teléfono, Manaford dio una respuesta que parece aún más comprometedora que la acusación misma:

“Esto es absurdo. No tengo idea de qué hablan. Nunca he hablado con oficiales rusos de inteligencia y nunca he estado involucrado en nada que tenga que ver con el gobierno ruso o la administración de Putin o nada de lo que ahora se investiga. Y, además, no es como si todas esas personas fueran por el mundo portando placas que dicen “soy de la inteligencia rusa”

El hecho de que las investigaciones sean confidenciales no permitió al NYT revelar sus fuentes ni aclarar, por el momento, si hubo una coalición maliciosa entre el presidente electo y los servicios de espionaje ruso para inclinar la elección. Sin embargo, la sospecha de una intervención rusa a este grado de alianza comprometedora es sumamente perturbador.

REUTERS/Joshua Roberts

Putin ha querido tener de su lado a los estadounidenses desde hace buen tiempo y, ahora, con las relaciones de Steve Bannon (que alaba ideológicamente el tradicionalismo de Putin) con Trump, con las pasadas conexiones del presidente en Rusia y con las implicaciones de su gabinete y allegados, todo parece apuntar a que el sueño del presidente ruso podría cumplirse.

Ahora que se deciden elecciones en Alemania, Francia y Holanda, parece que Putin está aprendiendo a influir en la designación de mandatarios extranjeros que se amolden a sus necesidades. Con esto, vemos una extraordinaria muestra de poder por parte de Moscú que podría llevar a consecuencias serias: la desintegración de la Unión Europea, la desestabilización del Medio Oriente, el auge del nacionalismo tradicionalista y una larga lista de etcéteras.

Sabemos que Donald Trump es una figura preocupante para México y para el mundo. ¿Queremos, además, suponer que puede ser influenciado por uno de los presidentes más autoritarios y déspotas del mundo?

Y sí, siento decepcionarlos, pero no hay una respuesta tranquilizadora a esta pregunta.

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