Syd Barrett, Pink Floyd

El inesperado y trágico destino de Syd Barrett, el genio fundador de Pink Floyd

En 1975, Pink Floyd estaba en el estudio de grabación. Era un momento solemne de creatividad: el disco Wish You Were Here buscaba revivir el espectro del fundador desaparecido.

Porque el genio detrás de Pink Floyd, Syd Barrett, joven delgado, hermoso, de largo cabello y actitud desenfrenada, se había esfumado, años antes, después de componer diez de las once canciones del disco debut de la banda. El grupo escribió Wish You Were Here pensando en Barrett; recordando cuánto lo admiraban y necesitaban… y cuánto lo extrañaban.

De pronto, mientras grababan Shine on you Crazy Diamond, se apareció un hombre con la cabeza y las cejas rasuradas. Tenía los ojos inyectados de sangre y actuaba ansiosamente.

Nadie lo reconoció.

Sin anunciarse había entrado, después de años, el mismísimo Syd Barrett al estudio de grabación. Había regresado a su antiguo nombre, Roger y el encanto de la juventud estaba roto. El brillante diamante se había convertido al carbón más básico y, después de brillar con locura, se consumía ahora en paciente brasa.

Ésta es parte de su historia y ésta es una playlist para acompañarla.

Los años hermosos

 

Syd Barrett, Pink Floyd
Pink Floyd con Syd Barrett (Wikimedia)

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Roger Barrett nació en una familia acomodada de clase media en Cambridge, Inglaterra.

Cambridge es una ciudad medieval, tradicionalmente universitaria, en donde se enseñaba la vieja escolástica. Tiene un río y sus habitantes se desplazan en pintorescas bicicletas con canastas de mimbre al frente.

Roger nació nueve meses después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Era un baby boomer, un producto de la emoción del fin de la guerra, del duelo y del horror.

Roger nació con la nueva esperanza de un mundo mejor.

Sus padres le regalaron un ukelele a los nueve años. Luego tuvo un banjo y, finalmente, una guitarra acústica. Pero a Roger no le interesaba particularmente la música. Sus inclinaciones artísticas iban por otro lado: era un pintor dotado desde pequeño.

Competencia de remo en Cambridge. 1946. (AP Photo)

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Siguiendo su evidente camino, entró a estudiar una carrera en arte. Pintaba enormes dibujos completamente figurativos, sin ninguna abstracción. Mientras, escuchaba con sus amigos a los dotados bluseros americanos que llegaban, por recopilaciones, a Inglaterra y disfrutaba del expresionismo de Chaim Soutine.

En su cuarto sonaba el demente innovador Bo Diddley, la voz ronca de Howlin Wolf, el inigualable temple de Muddy Waters….

Tres amigos inseparables se conocieron en esa época. Roger Barrett, Roger Waters y David Gilmour. Habían crecido en la misma época, eran más o menos de la misma edad, corrían los mismos parajes. Tenían una pequeña tropa que gustaba de fumar marihuana, beber y pasear en bicicleta por el pueblo.

Tenían entre 15 y 18 años, eran carismáticos y bellos, tenían novias juveniles, de amor fácil, de celos inexistentes. Bromeaban con sus pesados acentos del sur y, por momentos, trataban de emular alguna nueva canción de los Beatles, de los Stones, de The Ventures. Todos admiraban la forma única de contar historias que mostraba ya el nuevo ídolo del folk americano, Bob Dylan.

El grupo se desplazaba a Londres, cincuenta millas al norte, para comprar marihuana o alcohol barato. También conseguían sus todavía inocente drogas recreativas de los soldados americanos apostados en una base cercana. A los soldados les gustaba ir a un bar de mala muerte de Cambridge, llamado el Criterion, en donde los jóvenes del grupo rondaban para cazar el intercambio. Unos discos, algo de dinero, les conseguía cigarros, alcohol y hierba.

Crearon una vibra intelectual alrededor de ellos. Jóvenes, carismáticos, leyendo a Kerouac mientras escuchaban algo de be bop, a Dizzie Gillespie o algún clásico de Nueva Orleans. Pasaban por ahí también Coltrane o a Davis intercalados con algo de R&B y Soul. La música negra y los beatniks habían llegado a esta provincia para instalarse.

Y Barrett se convirtió en un modelo del grupo, un verdadero líder carismático. Así lo narra Julián Palacios:

Barrett encarnaba el espíritu bohemio, paseándose alrededor del centro de Cambridge tarareando una canción con una guitarra bajo el brazo, un cuaderno de dibujo y unos cigarros, apretado en un abrigo de cuero negro, con pantalones de mezclilla negros y una sweter polo de cuello. Esto en una época en donde los jóvenes no salían de casa sin camisa y corbata”

También lo describió William Pryor, un amigo de la época:

Syd era extremadamente guapo, bien formado y con una disposición alegre, luminosa, jovial. Querido por todos, las mujeres lo consideraban inmensamente atractivo. Ingenioso e interesado en el arte y el rock and roll, Syd era impactante. La ropa que portaba cuando no vestía el uniforme escolar eran extremadamente icónicas del estilo beatnik y bohemio.”

La amistad entre Waters, Gilmour y Barrett se convirtió en algo absolutamente sólido. Como bien explica Palacios, parece que Roger Waters nunca quiso y admiró a alguien como lo hizo con Barrett. Frente a él siempre se admitió deudor; frente a él siempre se sintió, humildemente, como un alumno.

Gilmour también relató la admiración que sentía por Barrett en esa época:

Aprendimos mucho juntos. Fuimos amigos primero. Luego tomamos unas guitarras. Yo ya estaba tocando profesionalmente en algunos grupos antes que Syd. Así que, técnicamente hablando, era mejor que Syd cuando estábamos en la universidad. Nos sentábamos a aprender canciones de los Beatles, de los Rolling Stones, de R&B y de blues. (…) Escuchábamos la misma música y nuestras influencias eran las mismas. (…) Aprendimos juntos. Yo era mejor aprendiendo como loro lo que producían otros. La guitarra no era lo que mejor sabía hacer, su estilo era tieso. Siempre pensé que yo era mejor guitarrista. Pero él era muy inteligente, muy listo, un artista en todos los sentidos de la palabra. Daba miedo su talento con las palabras, con la lírica. Todo le salía natural.”

Con Gilmour, Syd recorrió la costa francesa en una Land Rover. Acabaron en la cárcel por tocar sin permiso en la calle. Con sus guitarras interpretaban versiones dilanescas de los Beatles. Fueron a buscar a Brigitte Bardot en St Tropez. Huyeron a París para recorrer corriendo el museo del Louvre como en aquella película de Godard. Contrabandearon libros prohibidos en Inglaterra como Naked Lunch de Burroughs y The Story of O.

Pasaron veranos mágicos… y toda una vida se les fue demasiado rápido. Pronto, llegaría la fama.

El nacimiento de Pink Floyd

En 1963, Roger Waters convenció a sus amigos Richard Wright y Nick Mason de formar una banda. La llamaron Stigma 6. Y el nombre cambió drásticamente con los años. Pasó a ser Tea Set, Megadeaths, Spectrum 5, Screaming Abdabs y, finalmente, Abdabs.

Syd se unió al grupo como una evidencia. Era más joven que ellos, no era tan buen músico y no conocía de técnica; pero era un genio en potencia, lleno de fantasía infantil y ganas de contar historias inspiradas en Lewis Carroll y Tolkien. Además, Barrett componía con una compleja mente sinestésica, porque veía la música en tonos de color.

Fue él quien, finalmente, nombró a la banda The Pink Floyd. “El nombre Pink Floyd viene de dos cantantes de blues de Georgia, USA – Pink Anderson y Floyd Council”, admitió Barrett. Y, como The Pink Floyd, la banda comenzó a tocar todo lo que podía. Cobraba 10 libras y recorrían la zona buscando cualquier lugar que los aceptara.

La primera guitarra de Syd Barrett, expuesta en el Hard Rock de Nueva Orleans. (Wikimedia)

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Comenzaron a volverse buenos y a formar parte de la escena underground psicodélica de Londres entre el 66 y el 67. En sus conciertos, artistas de video con ilusiones pioneras proyectaban imágenes alucinantes. Los músicos llevaban el proceso de locura a sus últimas consecuencias. El mundo se desvanecía en las evocadoras imágenes que pintaba Barrett con su espeso acento del sur de Inglaterra y su guitarra rasgada con un encendedor de metal.

Pronto, firmaron para EMI y sacaron su primer disco, esa maravilla alucinante que es The Piper at the Gates of Dawn. Barrett compuso casi todas las canciones. Las letras hablan de espantapájaros, de viajes en bicicleta por pueblos medievales, de niñas jugando, de transexuales robando ropa, de gnomos y seres mágicos. El impacto del disco fue inmediato en las listas de popularidad inglesas y Pink Floyd se encaminaba a la fama.

El viajero de comprensión cósmica

Algún tiempo antes de grabar el primer disco de la banda, Syd probó por primera vez el LSD con sus amigos de Cambridge. Eran los años salvajes de la psicodelia, nadie sabía muy bien cómo funcionaban las dosis ni los efectos que les esperaban. Las cantidades de ácido lisérgico que consumieron era increíble.

Así lo cuenta su amigo David Gale:

Habiendo dejado la escuela y platicando con Syd, surgió en el horizonte el espectro del LSD. En ese tiempo, toda la gente en Cambridge empezó a moverse a Londres. Habíamos leído sobre las experiencias con LSD con gran emoción. Syd y yo estábamos en plenas conversaciones sobre los valores del LSD. Cuando el LSD llegó a Cambridge, era imperativo consumir ácido, quisieras o no. Las dosis eran fuertes. Timothy Leary y sus seguidores nos hicieron creer que 500 microgramos era una dosis promedio cuando 250 o menos eran totalmente adecuados. Con 500 microgramos, surge una irresistible y poderosa compulsión para soltar el ego y meterte hasta el fondo de tu inconsciente en un mundo de alucinaciones.”

No era cosa menor. Con la llegada del LSD y las experimentaciones de toda una provincia comenzaron a surgir momentos extraños. Grupos de jóvenes alucinaban ver misas negras que tal vez ocurrían… o tal vez no. Había gente que perdía la cabeza. Unos policías infiltrados acabaron drogadísimos por tomar ponche con LSD y acabaron corriendo desnudos por las calles.

También había momentos oscuros. Syd Barrett desapareció un fin de semana después de grabar el primer disco de Floyd. Y regresó con un ojo completamente muerto. Parecía un problema neurológico, el principio de una lesión o un síntoma de consumo fuerte de alucinógenos. En cualquier caso, durante días Barrett tuvo la mirada perdida y no quiso hablar del asunto.

El comportamiento del músico comenzó a ser cada vez más errático. Empezó a dejar de tocar o a tocar exactamente lo que él quería. Poco a poco, el grupo tuvo que reemplazarlo con delicadeza. Gilmour se convirtió, primero, en un suplente. En poco tiempo se integró completamente a la banda y, desde el segundo disco de Floyd, se fue perdiendo la figura de Barrett en una locura que oscilaba entre las alucinaciones y la esquizofrenia.

Una imagen hermosa de la locura de Barrett se dio, justamente, durante la grabación de A Saucerful of Secrets. Barrett llegó con una canción para el grupo. La canción se llamaba Have you got it Yet? (¿Ya la tienen?) y cada vez que los músicos trataban de tocarla, Barrett cambiaba la melodía y les preguntaba “¿Ya la tienen?”.

Lo hizo una y otra vez hasta volverlos locos.

Pronto, a pesar de todo el cariño que le tenían a su gran mentor, resultó imposible seguir trabajando con él. El grupo se distanció de Barrett. Dejaron de recogerlo para ir a los conciertos y a las prácticas, lo dejaron fuera de las sesiones de grabación, dejaron de hablar con él.

Mientras, Barrett estaba en un lugar oscuro lidiando con su talento, con la posibilidad horrorizante de la fama, con la exclusión de sus compañeros. Y nacieron mitos sobre su persona. Algunos decían que perdía la razón y violentaba a sus amigos; otros que tenían que encerrarlo en un clóset durante sus malos viajes; otros más, que sus compañeros de cuarto lo mantenían permanentemente drogado añadiendo LSD a su café en la mañana.

No se sabe exactamente qué sucedió con el gran genio. Pero, poco a poco, se fue esfumando del panorama musical. En un último ataque de locura, al quedarse sin dinero, Barrett regresó caminando a Cambridge, a casa de su madre. Fue una caminata de 80 kilómetros que hizo solo. Y nunca más volvió a salir de su pueblo natal.

Waters y Gilmour nunca regresaron a Cambridge.

El fin de un loco

Pink Floyd, Earls Court 1973

Barrett murió solo a los 60 años en 2006. Se hicieron homenajes en su nombre y sus viejos compañeros de grupo dijeron palabras de amor en su honor. Todos quisieron a este loco que, poco a poco, se difuminó en los oscuros rincones de la mente.

En sus últimos años, Barrett llevó una vida tranquila. Se volvió un gran aficionado a la jardinería y le gustaban particularmente las flores. También siguió dibujando y pintando, su verdadera pasión de vida.

Nunca volvió a tocar una guitarra.

El legado de Barrett sigue siendo, sin embargo, poderoso. No nada más fue una enorme influencia para el rock psicodélico y el luego decadente progresivo, sino que su rebeldía irreverente y la delirante composición de los álbumes que hizo como solista sirvió para dar nueva vida al punk y al post-punk.

Barrett, en un completo opuesto al rock progresivo de años posteriores, cambió el refinamiento y la complejidad por la actitud y la irreverencia. Le gustaba grabar sus errores, que llamaba, juguetonamente, “Miss-takes” (tomas fallidas). No le importaba dejarlos incluídos en sus grabaciones. Como tampoco le importaba improvisar con tiempos y acordes, con su extraña voz y su potente acento.

Barrett es el hijo de la psicológica que fue, sin quererlo, el padrino del punk agotado por los Pistols y The Clash. Un ente de sombras, de lados B, de errores y de lírica rota. Un hombre que fundó el rock progresivo para abandonarlo a sus pretensiones. Un hombre que exploró los confines del universo, perforó el velo y se escondió, solitario, en la búsqueda de la belleza trascendental en una flor de su patio.

Roger Waters fue el último miembro de Pink Floyd en ver a Barrett. Al parecer, Barrett se encontraba en una tienda cuando, al ver a Waters, corrió desenfrenado a abrazar a su viejo amigo. Waters se alegró y se sorprendió, se dijeron unas palabras y se alejaron para nunca verse de nuevo.

Waters dijo que lo último que vio fue a Barrett recogiendo sus bolsas de compras.

En ellas, sólo había dulces.

James Ensor, El remero, 1883. (Wikimedia)

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