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El ateo que creó la identidad nacional mexicana en el arte

México tiene grandes artistas pero quizá uno de los más importantes en toda su historia haya sido Diego Rivera, conocido en todo el mundo por haber desarrollado una plástica que le dio toda una identidad a la nación que lo vio nacer. Aunque muy pocos recuerdan que era un ferviente ateo.

Una anécdota: de cuando católicos protestaron contra Rivera

“Yo soy ateo y considero que las religiones son una forma de neurosis colectiva”
Diego Rivera

En el ahora desaparecido Hotel del Prado, Rivera, el artista mexicano de mayor renombre internacional, pintó un mural titulado Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (mismo que ahora está en el Museo Mural Diego Rivera, en la misma Alameda que ahí está representada).

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Actualmente el mural se encuentra en un pequeño museo que se encuentra frente a la Alameda Central de la Ciudad de México. (Segob.mx)

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En dicho mural, Rivera se pintó como un niño que va de la mano de La Catrina, misma que viste una golilla de plumas que evoca al dios Quetzalcóatl. La Catrina también va de la mano de su creador: José Guadalupe Posada y detrás de ella está Frida Kahlo, esposa del pintor, quien lleva en las manos el símbolo del yin y el yang.

Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central de Diego Rivera

El mural es muy rico en simbolismos. Pero hay uno en especial que disparó la furia de los sectores más conservadores del país. Del lado izquierdo junto a Hernán Cortés, Fray Juan de Zumárraga, Sor Juana Inés de la Cruz, el emperador Maximiliano, la emperatriz Carlota, justo debajo del benemérito de las Américas, Benito Juárez, Diego Rivera pintó una figura no tan popular pero muy importante de la época de la Reforma mexicana: Ignacio Ramírez, el Nigromante. La polémica surgió porque este mexicano estaba pintado con una de sus frases más famosas:

“No hay Dios”

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Actualmente el texto que sostiene Ignacio Ramírez, El Nigromante, dice: “Conferencia en la Academia de Letrán del año de 1836” (Wikimedia Commons)

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El Nigromante fue uno de los más importantes ideólogos, filósofos, literatos y políticos liberales del país. Es reconocido por haber participado activamente en la aplicación de las Leyes de Reforma (la separación entre la Iglesia y Estado, la abolición de los fueros militar y del clero, la libertad de expresión y de imprenta, la libertad de culto, etcétera) no solo en los debates del Congreso Constituyente de 1857 sino también en toda su carrera como servidor público.

En el siglo XIX no era muy común en México que hubiera ateos confesos, pero El Nigromante era uno de ellos y los sectores más conservadores le temían y lo odiaban (hay muchas anécdotas alrededor suyo, una cuenta que cuando recibió su excomunión del Vaticano la mandó a sus oficinas con la leyenda “archívese donde no estorbe”).

Pero, quizá, la anécdota más famosa, sea la de su discurso (cuando aún era muy joven) para entrar a la Academia de Letrán. El escritor Hilarión Frías y Soto dice al respecto:

La tesis de Ramírez versaba sobre este principio: No hay Dios; los seres de la Naturaleza se sostienen por sí mismos […] He aquí el lema con que se anunció Ramírez ante una sociedad retardataria, poco ilustrada, fanatizada por el imperio secular de España.

Si cualquier otro hubiera lanzado ese grito de guerra que atentaba contra un Dios, contra las creencias de una era y contra la filosofía precedida por Roma, la divina y la inefable, habría sido tomado como un jactancioso demente […] México sintió el calosfrío del presentimiento, porque en aquel blasfemo principio se translucía una revolución social, que removería desde sus cimientos la sociedad vieja de construcción gótica para darle la forma que exigía el progreso humano[…]

El escritor Carlos Monsiváis también explica la razón de lo poderoso que fue el discurso del Nigromante para el México de esa época:

Así, la frase lapidaria: No hay Dios, no sólo permite intuir, a través de un individuo, a todos los que ya comparten su actitud sin atreverse a expresarla; también, de manera fundamental, anticipa la nueva cultura urbana, hasta entonces protegida del radicalismo por la coraza de inhibiciones. Por sí sola, la frase “No hay Dios” de Ramírez (todavía herética en 1948, como lo sabe Diego Rivera que la incluye en su mural Un domingo en la Alameda sólo para borrarla luego de un gran escándalo), permite vislumbrar a la mentalidad la ciudad misma, que a los seres excepecionales les proporciona el acceso al pensamiento radical de Europa y la energía suficiente para decir lo que piensan, al menos sobre algunos temas.

El discurso del Nigromante tuvo que ser bueno, ya que la Academia de Letrán era el núcleo intelectual de México (ahí estaban tanto liberales como conservadores) y sólo se podía entrar por unanimidad y él consiguió estar dentro.

Rotonda - Ignacio Ramirez
La tumba de Ignacio Ramírez se conserva en la Rotonda de las Personas Ilustres de la Ciudad de México. La tumba tiene dos libros y una lechuza (símbolo de Palas Atenea, la diosa de la sabiduría) (Foto: El Sótano de las Quimeras)

La tumba de Ignacio Ramírez se conserva en la Rotonda de las Personas Ilustres de la Ciudad de México (Foto: El Sótano de las Quimeras)

Tal vez haya sido la fuerza de un pensador tan radical como el Nigromante lo que empujó a Rivera a pintarlo (a pesar de que sabía que en México hay sectores muy conservadores que se irían contra suya).

El acto no le cayó en gracia a los católicos. En 1948, poco antes de la inauguración del Hotel del Prado, el arzobispo Luis María Martínez se negó a bendecir el espacio. También un grupo de estudiantes conservadores atentaron contra el mural y rasparon tanto la frase como el rostro de Rivera. La obra tuvo que ser cubierta con biombos y el mural permaneció oculto durante 7 años. Sería sustituida la frase finalmente por la leyenda “Conferencia en la Academia de Letrán de 1836” (ese fue el año en el que el Nigromante sostuvo sus tesis ateístas).

Cuando por fin accedió a quitar la leyenda del librepensador Ramírez, Rivera declaró que:

“Para decir que Dios no existe, no tengo que esconderme detrás de don Ignacio Ramírez; soy un ateo y considero la religión una forma de neurosis colectiva. No soy enemigo de los católicos, así como no soy enemigo de los tuberculosos, los miopes o los paralíticos; uno no puede ser enemigo de alguien enfermo, sólo su buen amigo para ayudarlos a curarse”.

Rivera: el genio ateo

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Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, conocido comúnmente como Diego Rivera, nació el 8 de diciembre de 1886 en la ciudad de Guanajuato.

Estudió en la Academia de San Carlos en la Ciudad de México. Ahí conoció a uno de los grandes artistas del país: José María Velasco. Viajó a España y estudió la obra de Goya y El Greco e ingresó en el taller de Eduardo Chicharro (uno de los retratistas más sobresalientes de Madrid).

Después fue a París donde conoció a la pintora rusa Angelina Beloff. Ahí, en Francia, conoció a Pablo Picasso y se vio envuelto un tiempo en la corriente artística conocida como cubismo aunque en 1917, influido por las pinturas de Paul Cézanne, se introdujo al postimpresionismo. Sus acabados y vivos colores llamaron la atención inmediatamente.

Luego viajó a Italia a estudiar el arte renacentista y por influencia de José Vasconcelos volvería a México para participar en el renacimiento del arte mexicano.

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Diego Rivera junto a Frida Kahlo y Malu Block. (Wikimedia Commons)

Diego Rivera junto a Frida Kahlo y Malu Block. (Wikimedia Commons)

Fue en 1922 que pintaría su primer mural: La creación. El tema central sería la formación de la raza mexicana. Su obra sería tan importante que sería una de las más influyentes en el movimiento muralista mexicano y latinoamericano. Crearía una estética que le daría una identidad a México y sería una carta de presentación del país al mundo.

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Mural: “La creación”. Diego Rivera (Foto: Evgeny Zhivago)

Mural: "La creación". Diego Rivera (Wikimedia Commons)

Además cofundó la Unión de Pintores, Ecultores y Artista Gráficos Revolucionarios y se afilió al Partido Comunista Mexicano. Serían las ideas sociales del comunismo una gran influencia y lo empujarían a hacer un estudio estético de México que se centraría en las figuras de los indígenas, los obreros y los campesinos (todos ellos protagonistas de la Revolución).

En 1927 fue a Moscú ya que había sido invitado a los festejos de los primeros 10 años de la Revolución Rusa. Después sería invitado a Estados Unidos a realizar varias obras que serían muy polémicas por la temática comunista reinante en su estética. Las obras más destacadas en suelo estadounidense se encuentran en el San Francisco Art Institute y en el Instituto de Artes de Detroit.

El mural más polémico sería el que pintó para el millonario Nelson Rockefeller en Nueva York (el Rockefeller Center en la Fifht Avenue). Ahí pintó el mural conocido como El hombre controlador del universo. Ahí, pintaría un retrato de Lenin. Rockefeller no lo toleraría y, en medio del escándalo mediático, ordenaría la destrucción del mural.

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El mural no se perdió por completo. Existe una réplica pintada por el mismo Rivera en el Palacio de Bellas Artes. En el 36 pidió al presidente Lázaro Cárdenas del Río que le diera asilo político a León Trotsky. Fue uno de los miembros fundadores del Colegio Nacional

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El hombre controlador del universo. Diego Rivera (Wikimedia Commons)

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¿Cómo un hombre ateo llegó a tener tanta influencia en un país que presume de ser mayoritariamente católico?

La obra de Rivera es rica y nutre notablemente la cultura nacional. Quizá haya sido su afinidad con los obreros, los campesinos y los indígenas lo que lo haya hecho popular. Pues Rivera cambió los objetos del arte mexicano: el protagonista ahora era el pueblo mexicano.

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Uno de los murales que pintó en Detroit. (Pexels)

Uno de los murales que pintó en Detroit.

Sólo algo así podría explicar como un hombre tan fervientemente ateo podía ser del agrado popular.

La entrevista de un ateo extremo

Rivera no se dejaba nada callado. Lo dejó claro en una entrevista que le dio a la escritora Elena Poniatowska.

Ella lo describió así:

Lento e indulgente accedió a contestar a cuanta pregunta le hiciera, los ojos acuosos, sentado sobre una silla demasiado pequeña, elefante equilibrista y barrigón, barrigón (en el fondo todas las palabras en “on” se hicieron para Diego Rivera: Grandulón, concepción, cabezón, revolución, tragón- él mismo comentó que se echaba de un solo empujón un litro de tequila- contemplación, ojón…

Después de hablar de la felicidad, la infelicidad, la sociedad mexicana y las mujeres, la joven escritora le pregunta:

-¿Usted no cree en Dios?

-Definitivamente no. Porque no se puede creer en una fuerza que está implícita y presente en toda manifestación de energía o materia. No se cree más que cuando no se entiende. Y el concepto de los dioses es una miserable disminución a escala de un mundo en donde todo ser animado necesita asesinar para vivir, un rebajamiento del maravilloso principio vital que todo lo anima, lo mismo lo deseable que lo indeseable que tal vez sea indeseable solamente porque nosotros no lo entendemos claro.

Tras la respuesta de Rivera, Poniatowska le pregunta:

–Pero maestro, ¿qué no le interesan las religiones?

–Yo respeto todas las religiones. Me interesan extraordinariamente en el mismo plano y por análogas razones con que respeto todas las enfermedades y me intereso extraordinariamente en su curación.

–¿Y cuál sería la curación para las enfermedades religiosas?

–La curación es la nueva sociedad socialista en su pleno desarrollo que implicará la muerte del Estado previa la difusión general del máximo conocimiento posible de la existencia universal cuando no haya represiones, autoridades, ignorancia, temor a la muerte, impotencia para evitar el dolor. Cuando se entiendan claro, las fuerzas del universo, no habrá ninguna razón para inventar dioses que nos den lo que no somos capaces de obtener por nuestras propias fuerzas…

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